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9.3.13

Amarga Mentira


Cogió su mano, ella entrelazó sus dedos con él. Se acercaron el uno al otro, él, estaba nervioso, ella también y tenía las manos heladas. Jugaron apenas unos instantes con sus dedos. Él, separó su mano, se giró un poco, la miró, apartó su pelo con la mano derecha, rozando suavemente su mejilla, después volvió a acariciar su mejilla. A ella le brillaban los ojos, él, no podía dejar de mirarla. Pasaron unos segundos, no quería dejar de mirar aquellos ojos, los cerró un instante, respiró profundamente. Se acercó a ella, estaba pegado a ella, sus labios casi se rozaban, con un suave gesto acercó sus labios al oído de ella. Susurró un “te quiero”. Ella derramó una lágrima, él, resignado, bajó su mano deslizándola por el cuello su hombro y su brazo, terminando en su mano. Ella, en el último segundo, atrapó su mano, la apretó con fuerza. No quería dejarle marchar.
Él, soltó su mano, no dejó que ella dijese nada. Colocó su dedo índice en los labios de ella, giró su cabeza, la miró por última vez y se alejó de ella, cabizbajo, mirando al suelo. Ella, se quedó en el sitio, sin reaccionar, dos lágrimas recorrían sus mejillas. Se fue. No iba a volver jamás.

3.3.13

Autocine


Se sentaron el uno al lado del otro en el metro, ella leía; él, por el contrario, estaba pegado al móvil. Le miró extrañada, iba vestido con un traje negro, una corbata del mismo color y una camisa blanca, los zapatos, eran negros también. Él, era alto, delgado y con unas facciones marcadas, iba perfectamente peinado, engominado totalmente y afeitado. No se veía gente tan bien arreglada en pleno verano. Le acompañaba un maletín de color negro con un cierre numérico metálico. Ella por el contrario, llevaba un atuendo más alegre y extrovertido. Llevaba una falda y una blusa, algo fresco, propio del verano. Tenía los ojos azules, el pelo negro y cortado en una media melena que le enmarcaba el rostro, sonrisa permanente y un cuerpo esbelto, los tacones, aunque no muy altos, siempre le acompañaban y realzaban su figura.
El guardó su teléfono móvil, era viernes, volvía a casa tras una semana de duro trabajo. La miró de manera fugaz, un simple reflejo involuntario. Se levantó para bajarse en aquella parada y sin querer rozó su mano al guardar el teléfono, se le erizó la piel y el vello de las manos, sintió que el mundo se convertía en un lugar mejor y más perfecto. Ella, por el contrario, seguía inmersa en su historia mientras el metro le transportaba hasta la comodidad de su hogar.
Tras un par de paradas ella se bajó del metro. Salió afuera mientras el sol abrasador se ocultaba tras unos árboles y vio una figura conocida entre la multitud. Él también la vio a lo lejos, decidió acercarse y proponerla algún plan, ir al autocine, por ejemplo. Llegó a su lado, y se armó de valor.
- Hola… me, me llamo…-empezó él con el rubor cubriéndole hasta las orejas.
- Hola.- y una enorme sonrisa iluminó su rostro- Tú eres el tipo que estaba a mi lado en el metro, ¿verdad?
- Si, el mismo.
- Encantada, me llamo Mar, ¿cómo me has dicho que te llamabas?
- Bueno en realidad no lo he dicho aún, soy Alex, un placer.
Tras esa breve presentación, él decidió invitarla al autocine, formaban una pareja atípica. Ella tan desinteresada del mundo y el tan encorsetado en aquel traje negro. La película era lo de menos, seguramente una de esas películas antiguas que suelen poner en los cines de verano, apenas le prestaron atención. Preferían pasarse los minutos analizando cada partícula de su cuerpo, memorizándose el uno al otro y estudiándose sin tocarse; ése era, para ellos, un mejor argumento que el que representaban los actores en la gran pantalla de ese cine.
Salieron del cine caminando uno al lado del otro, había refrescado y él, como el galán de la película que habían visto y no visto, le ofreció su chaqueta. Después la acompañó hasta casa mientras sonreía tímidamente con lo que ella le contaba, y, al llegar, le robó un beso. Fue el primero, despreocupado, tímido y sincero; pero también valiente y temeroso. Y, después de aquello, se vieron sin falta cada día hasta el final del verano. Sin embargo, fue un verano que olvidaron con las primeras lluvias; y con ellas desapareció aquella historia…

1.3.13

Lágrimas bajo la Lluvia


Ella estaba llorando, sus ojos verdes derramaban lágrimas. La primera, recorrió su mejilla derecha lentamente, era bonito, estaba guapa cuando lloraba. Sus largos cabellos estaban recogidos con una goma de pelo negro, que se disimulaba entre el pelo del mismo color. Sus facciones eran muy sutiles y sus labios al igual que su nariz eran pequeños.

Él desde lejos, la vio llorar sentada en un banco en mitad de ninguna parte. Supuso que sería extraño que un completo desconocido se acercase a consolar a aquella joven muchacha. Se atrevió. Se acercó al banco donde ella estaba sentada, se sentó a su lado y trato de ignorarla. Pero no podía dejar de mirarla, aunque parecía que él estaba leyendo no le quitaba el ojo de encima, la miraba sutilmente. Una mirada con una mezcla de compasión y ternura.

Se decidió, decidió coger su cara con las manos, levantarla, hacer que mirase al frente, secó sus lágrimas y ella no pudo evitar abrazarlo con todas sus fuerzas.

Comenzó a llover, se levantaron del banco y caminaron hacia la primera parada del autobús, ella le dio un beso en la mejilla, cogió su mano y deseó no soltarle nunca. Aquel beso fue el primero de muchos, el primero de una historia que aún no ha terminado…

Huellas


Iban deambulando por la playa, agarrados de la mano. Estaba atardeciendo, el sol le otorgaba a la arena un tono rojizo que la hacía aún más bonita y brillante. Estaban descalzos, sus huellas quedaban impresas en la arena.

En aquel preciso instante, ella suspiró, él la miró a los ojos, eran marrones pero brillaban cuando estaba a su lado, será el amor lo que hace que estén así. Le pregunto que sucedía y ella le dijo que no quería que acabase jamás aquella tarde.

Continuaron andando, su ritmo era lento pero seguro, llegaron al final de la playa y él decidió besarla.
Fue uno de esos besos, esos que hacen afición, interminable. Ella jugueteaba con él pelo de aquel chico mientras lo besaba, él, por el contrario, la abrazaba fuertemente y trataba de mantenerla lo más cerca posible.

El verano como todo, terminó, y al igual que lo hizo el mar aquella tarde borrando sus huellas en la arena, el tiempo borró aquella historia que un día dejó huella.

Un Instante Eterno


Se acercó a ella sigilosamente, tocó su espalda de abajo arriba, terminando en su cuello. Acercó sus labios al oído de ella, y entonces susurró algo. Algo lleno de emoción, alegría y cariño, quizás fue un te quiero o un no te olvidaré jamás.

Ella se volvió, lo miró fijamente a los ojos, a él le costó mantener la mirada pero aquellos ojos verdes eran capaces de centrar toda su atención y capturarle para sumergirle en un mundo en el que la perfección existía, la perfección era ella.

Él se llenó de valor, la acercó a su cuerpo, apretó contra si lo que pudo, quería sentirse muy cerca de ella, porque podía ser la última vez.

Ella no opuso ninguna resistencia, también quería sentir cerca a aquel chico. Él en un acto de locura irracional decidió robarle un beso, quizás fuese el único, o quizás el primero de muchos otros. Ninguno de los dos lo esperaba, se dejaron llevar…

Tras unos instantes, él, la separó, miró al suelo y se fue. No volvería jamás, pero probó la felicidad de sus labios un instante para la eternidad.