Iban deambulando por la playa, agarrados de la mano. Estaba atardeciendo, el sol le otorgaba a la arena un tono rojizo que la hacía aún más bonita y brillante. Estaban descalzos, sus huellas quedaban impresas en la arena.
En aquel preciso instante, ella suspiró, él la miró a los ojos, eran marrones pero brillaban cuando estaba a su lado, será el amor lo que hace que estén así. Le pregunto que sucedía y ella le dijo que no quería que acabase jamás aquella tarde.
Continuaron andando, su ritmo era lento pero seguro, llegaron al final de la playa y él decidió besarla.
Fue uno de esos besos, esos que hacen afición, interminable. Ella jugueteaba con él pelo de aquel chico mientras lo besaba, él, por el contrario, la abrazaba fuertemente y trataba de mantenerla lo más cerca posible.
El verano como todo, terminó, y al igual que lo hizo el mar aquella tarde borrando sus huellas en la arena, el tiempo borró aquella historia que un día dejó huella.
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