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9.3.13

Amarga Mentira


Cogió su mano, ella entrelazó sus dedos con él. Se acercaron el uno al otro, él, estaba nervioso, ella también y tenía las manos heladas. Jugaron apenas unos instantes con sus dedos. Él, separó su mano, se giró un poco, la miró, apartó su pelo con la mano derecha, rozando suavemente su mejilla, después volvió a acariciar su mejilla. A ella le brillaban los ojos, él, no podía dejar de mirarla. Pasaron unos segundos, no quería dejar de mirar aquellos ojos, los cerró un instante, respiró profundamente. Se acercó a ella, estaba pegado a ella, sus labios casi se rozaban, con un suave gesto acercó sus labios al oído de ella. Susurró un “te quiero”. Ella derramó una lágrima, él, resignado, bajó su mano deslizándola por el cuello su hombro y su brazo, terminando en su mano. Ella, en el último segundo, atrapó su mano, la apretó con fuerza. No quería dejarle marchar.
Él, soltó su mano, no dejó que ella dijese nada. Colocó su dedo índice en los labios de ella, giró su cabeza, la miró por última vez y se alejó de ella, cabizbajo, mirando al suelo. Ella, se quedó en el sitio, sin reaccionar, dos lágrimas recorrían sus mejillas. Se fue. No iba a volver jamás.

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