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1.2.15

No todos se van...

Uno, dos, tres. Un sordo pitido inunda la habitación. Un grito roto sale de ella. Agitación. Enfermeras. Un médico. Intento uno, sin respuesta. Nada que hacer. Ella, ajena al ruido que procedía del interior del habitáculo, rompió a llorar. Las 10:22 del 14 de Agosto. Se acabó.

Un buen día para marcharse, lucía el sol y ni una nube cubría el cielo. Ella inundó de lágrimas sus pupilas, y se despidió por primera última vez. Había pasado meses junto a él, las últimas semanas no podía ni hablar, tan sólo era capaz de mover sus párpados, se estaba apagando lentamente. Aún, había una pequeña esperanza, cuando hace diez días, él reunió fuerzas, nadie sabe muy bien de dónde, y se despidió con palabras. No se podía levantar, pero consiguió mascullar un puñado de palabras, y aferrar su mano fuertemente. Ella lo paró cuando vio que sus fuerzas flaqueaban de nuevo. Al menos se pudo despedir, no es algo que todo el mundo pueda hacer antes de desaparecer.

Ella, volvió a casa, estaba sola de nuevo. Girar, la llave de la puerta de nuevo, suponía un cambio devastador en su vida. El comienzo de algo diferente, e irremediablemente nuevo. No es fácil iniciar un cambio, y menos aún de esa manera tan drástica.

La despedida fue ciertamente solitaria. Juntos, habían salvado miles de obstáculos, y apenas una decena de personas acudieron a despedirse. Sólo se tenían el uno al otro. Tenían un apoyo incondicional siempre, no necesitaban nada más.

Volvió sola, no tuvo fuerzas para más. Se metió en la cama y comenzó a llorar. No podía evitar recordar todas las noches que habían pasado allí. Decidió salir de la cama e ir a algún sitio perdido en aquella ciudad que no le recordase tanto a él.

En las sucesivas semanas, la rabia, el dolor y la ira, se fueron alternando para dejar paso a la decepción generalizada por la pérdida. Había pasado un mes, y tras varias visitas, decidió hacer frente a los recuerdos. Limpió su casa de ropa, de fotos, de papeles y libros. Convirtió su hogar en un espacio diáfano esterilizado. No encontró nada a modo de despedida.
Tan sólo guardo una camiseta, su libro favorito, un puñado de fotos y su ordenador. El resto lo donó, necesitaba saber que no se había acabado todo con aquella despedida.

Encontró, en aquel libro unas cuantas anotaciones que hacían referencia a distintos sitios de internet. Indago en su portátil, lo primero la clave, el nombre de ella. Encontró una carpeta que, bajo un nombre ciertamente extraño, coleccionaba centenares de documentos de texto. Todos hablaban de ella. La había convertido en la mujer perfecta.

“No todos se van, cuando nos dejan”.

Aquella tarde, volvió a llorar, no sería la última vez. Al final, supo encontrar a alguien que la hiciese tan feliz, como él la hizo una vez.


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