Uno, dos,
tres. Un sordo pitido inunda la habitación. Un grito roto sale de ella.
Agitación. Enfermeras. Un médico. Intento uno, sin respuesta. Nada que hacer.
Ella, ajena al ruido que procedía del interior del habitáculo, rompió a llorar.
Las 10:22 del 14 de Agosto. Se acabó.
Un buen
día para marcharse, lucía el sol y ni una nube cubría el cielo. Ella inundó de
lágrimas sus pupilas, y se despidió por primera última vez. Había pasado meses
junto a él, las últimas semanas no podía ni hablar, tan sólo era capaz de mover
sus párpados, se estaba apagando lentamente. Aún, había una pequeña esperanza,
cuando hace diez días, él reunió fuerzas, nadie sabe muy bien de dónde, y se
despidió con palabras. No se podía levantar, pero consiguió mascullar un puñado
de palabras, y aferrar su mano fuertemente. Ella lo paró cuando vio que sus
fuerzas flaqueaban de nuevo. Al menos se pudo despedir, no es algo que todo el
mundo pueda hacer antes de desaparecer.
Ella,
volvió a casa, estaba sola de nuevo. Girar, la llave de la puerta de nuevo,
suponía un cambio devastador en su vida. El comienzo de algo diferente, e
irremediablemente nuevo. No es fácil iniciar un cambio, y menos aún de esa
manera tan drástica.
La
despedida fue ciertamente solitaria. Juntos, habían salvado miles de
obstáculos, y apenas una decena de personas acudieron a despedirse. Sólo se
tenían el uno al otro. Tenían un apoyo incondicional siempre, no necesitaban
nada más.
Volvió
sola, no tuvo fuerzas para más. Se metió en la cama y comenzó a llorar. No
podía evitar recordar todas las noches que habían pasado allí. Decidió salir de
la cama e ir a algún sitio perdido en aquella ciudad que no le recordase tanto
a él.
En las
sucesivas semanas, la rabia, el dolor y la ira, se fueron alternando para dejar
paso a la decepción generalizada por la pérdida. Había pasado un mes, y tras
varias visitas, decidió hacer frente a los recuerdos. Limpió su casa de ropa,
de fotos, de papeles y libros. Convirtió su hogar en un espacio diáfano
esterilizado. No encontró nada a modo de despedida.
Tan sólo
guardo una camiseta, su libro favorito, un puñado de fotos y su ordenador. El
resto lo donó, necesitaba saber que no se había acabado todo con aquella
despedida.
Encontró,
en aquel libro unas cuantas anotaciones que hacían referencia a distintos
sitios de internet. Indago en su portátil, lo primero la clave, el nombre de
ella. Encontró una carpeta que, bajo un nombre ciertamente extraño,
coleccionaba centenares de documentos de texto. Todos hablaban de ella. La
había convertido en la mujer perfecta.
“No todos
se van, cuando nos dejan”.
Aquella
tarde, volvió a llorar, no sería la última vez. Al final, supo encontrar a
alguien que la hiciese tan feliz, como él la hizo una vez.
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