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12.2.15

FRÍO

Frecuentemente veo los ojos más bonitos del mundo en los rostros invisibles de personas que pasan desapercibidas por nuestras calles.  Es más que probable que muchos de ustedes, que siguen leyéndome (aunque no entiendo el motivo), se hayan cruzado con ellos. Pueden ser verdes, azules, o incluso sin color, por el miedo y la vergüenza que nos causa mirarlos.

Esos ojos, ante los que en demasiadas ocasiones bajamos la cabeza, están llenos de historias, y de cicatrices demasiado profundas como para que puedan sanar. El otro día se cruzaron ante mí unos ojos tremendamente verdes, parecían estar cansados de ver cosas pese a la juventud de su dueña. No tenía ni treinta años, pero su curtido rostro, se revelaba como el de alguien que ha vivido más de la cuenta.

No me molesté en seguir con mi mirada el camino que ella pensaba recorrer, pero no era ni mucho menos una senda repleta de rosas. Iba embozada en un viejo abrigo que apenas era capaz de combatir el frío. Sus mejillas, ya ni se ruborizaban a causa de las lascivas miradas de los hombres, ni tan siquiera a causa del frío. Esos labios, resquebrajados por las inclemencias de la vida y por las frías acometidas de un viento cortante, aparecían secos y sedientos en su rostro.

Era y supongo que sigue siendo, una de las mujeres en las que más belleza he podido apreciar. Seguramente esté demasiado lejos de su casa y de su familia como para poder ser feliz, o tan sólo para poder expresar lo que siente. Supongo que ahora estará vagando por alguna calle lo suficientemente lejana de su hogar, quizá, encontrando calor en una cama ajena que al menos se digne a acogerla durante una noche.

Su nombre seguramente aparezca borrado por el tiempo de alguien a quien ni le interesa, ni tratará de 
poner remedio a sus males. Pero aquí queda ella. La mirada más bella que hay sobre los pocos pasos que he dado. No puedo imaginar ni una pequeña parte del maltrecho camino que ha podido recorrer, pero creo saber que lo que queda es aún peor.

“Un viejo vestido se deslizo hasta acariciar sus tobillos. Jamás había envuelto sus formas en algo tan acogedor. Él la rodeo con sus labios, sus brazos lamieron sus caderas. Y esos labios rotos, esas pupilas cansadas y ese rostro curtido, rejuvenecieron un instante. Sonaba un vals, le recordaba a aquellas calles en las que había nacido. Volvió a sonreír.”


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