“Para decir con dios a los dos nos
sobran, los motivos” Joaquín Sabina.
Un
mal adiós a destiempo duele mucho menos que un hasta luego con tiempo. Puede
que estas buenas palabras del maestro con las que esto comienza, sean las últimas
primeras letras que escribe para la chica de la sonrisa gris, la de los ojos de
tormenta y lágrimas de cristal. La que besa con los ojos abiertos, esa que
tiene un par de alas descosidas en su espalda. Ella, la de las cicatrices
envueltas en misterio, esa, que de una tormenta hace un baile bajo la lluvia.
Toda ella, eterna, etérea, imborrable, desesperada, esperpéntica, delicada,
caótica, desesperada, deseada, excéntrica, indomable, imperturbable,
despiadada, adorable, odiosa, inesperada, apasionada, fuerte, suave, sensible,
horrible, diosa, niña, princesa, enorme, demasiado pequeña, incomprensible,
arrogante, curiosa, radiante, desafiante, tímida, atrevida. Mujer.
Esa
mujer que ha hecho que más de un ser perdiese la razón, hoy por fin, se va de
sus sueños, deja de ser la causa de sus desvelos, y por supuesto, de sus
anhelos. Ha dejado de soñar(la), y por fin, ha comprendido que enamorarse de la
imagen que alguien da, dista mucho de querer de verdad. Y no, con ello no les
digo que se hubiese enamorado de ella, sino que ha creído su propio engaño
durante demasiado tiempo.
Las
despedidas, siempre son amargas, pero cuando ella se va entre la niebla de una
noche, el humo de un coche y además, le acompañan ese par de tacones lejanos,
que un día clavaron su trepidante ritmo en sus pupilas, todo se ve menos malo.
Quizás
el sitio de la mujer perfecta haya sido ocupado por la extrema sencillez de lo
común, o puede, por el contrario, que deje una huella irremplazable en el
maltrecho metrónomo desacompasado que acompaña a ese pobre idiota que les
escribo.
Y
sí, con su marcha, el pierde esas clavículas que una vez mataron por tenerle a
su lado. Esas piernas de infarto que se desdibujaban mientras caminaban a media
noche por una ciudad dormida.
Todo
acaba y comienza con una mujer, esa que puede darte las alas o quitarte las
ganas.
“Alza
sus pies a un camino inesperado, ya no hay huellas que le acompañen durante la
hastiada senda. La ve allá a lo lejos, no es él, y quizás tampoco ella.
Escribir el destino se volvió complicado, con el ritmo paulatino de la
incomprensión de su reloj, él volvió. Nunca más encontró unos ojos como
aquellos, pero tampoco volvió a mirar a nadie como a ella”.
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