“Sus
frías e intrépidas manos decidieron enfrentarse a los nudos de mi espalda”.
Supongo
que así es como empieza una buena historia de amor, reconstruyendo las
cicatrices del otro, para poder comprenderse, negarse, quererse, y al final del
todo, para olvidar y comenzar a construir de nuevo.
Les
he narrado un par de veces, al menos, lo que significa querer, o construir algo
partiendo de cero con una persona por la que cruzarías el infierno para volver
a verla. Supongo que la perspectiva ideal de amor que tenemos depende del
momento de nuestra vida en el que nos encontremos, del día que tengamos, o de
la compañía. También influye la madurez emocional que tengamos, las
experiencias que hayamos vivido y la capacidad de regular y expresar nuestras
emociones.
Hoy
quizás haya cambiado un poco la perspectiva icónica de amor irracional. Hay que
saber querer con la razón, con la certeza de que es ella y no otra la que
quieres que ocupe todos los días de tu vida.
La inconstancia emocional que
caracteriza a muchas personas, propicia ese vaivén de amor verdadero cada, más
o menos, un par de semanas.
Y
quizás todo derive del clima social que nos acompaña. Estamos rodeados de
concepciones estereotipadas acerca de todo, catalogamos a la gente por su
apariencia o simplemente su forma de vestir y no nos atrevemos a indagar en su
realidad.
Las
personas son sus cicatrices, recuerdos y experiencias. En dos semanas, lamento
decirles que no es nada más allá de un simple divertimento, cosa que no
criticaré, pues me parece lícito que cada uno utilice su libertad de la manera
que considere más conveniente.
¿Es
necesario querer para sentir? Es decir, si sabéis todo lo que necesitáis saber,
os entendéis con una simple mirada, y habéis rellenado en común esos
irremediables malos huecos que dejan las cicatrices… ¿hace falta algo más?
Pueden
tomarlo como una aceptación resignada a la soledad, o como una llamada
desesperada hacia alguien que necesito. O quizás como una conjunción de ambas
cosas. Pero quiero que lo piensen, que mediten acerca de estas palabras. Curar
las cicatrices de otro siempre implica algo más allá. No sé lo que es, y
tampoco sé lo que se siente, pero quizás, puedan decírmelo ustedes.
“Mis
manos, rozaron sus labios”.
Así, es como todo debe acabar.
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