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14.2.15

Vaso a paso

Llenar un vaso de rabia y abandonar la ardua tarea de olvidar lo que significa no poder olvidar(te).

Han pasado demasiados días desde que se fue aquella mujer a la que nunca miré y jamás pude dejar de ver. Quizás, más allá de dónde unos tristes ojos pueden alcanzar. Nunca encontré una mala palabra de esos labios perdidos y rotos por las costuras que deja el olvido.

Amanecí a su lado, boqueando como un pez fuera del agua por besar esas cicatrices que me dejó entrever entre los extremos de sus pechos. Entre los perfiles angulosos de sus caderas encontré un remanso de paz en el que poder colocar mi atormentada cabeza. Y ella, jugando con mis ideas, dibujaba castillos de marfil en suelo azul añil. Nos hicimos mil fotos jugando, besando, queriendo, mirando y odiando. Fotografié en mis retinas la pálida figura que por aquel entonces se gastaba. Una maraña de pelo, su negro pelo, se colaba entre las rendijas de mi alma, que se escapaba a las suaves praderas de su espalda.

Anochecimos acorralados entre sábanas de algodón, que recogieron los miedos de dos miradas sostenidas en un mundo perdido que no se puede encontrar más que entre sus labios. Esos, que daban acceso al cielo o al infierno en función de quién, cómo y dónde se besasen. Apenas recuerdo si se llamaba Sofía, pero tenía un haz de rebeldía que se escapaba por los poros de sus mejillas, esas en las que continuamente se veía resbalar un puñado de lágrimas de sal. Esas lágrimas de unas pupilas rotas, hinchadas por el mal rato de pasar tan sólo un rato. Negros los ojos, como sus cabellos.

Y un atardecer rojizo, como el carmín de sus labios la vi marchar. Contoneando esas caderas a las que más de una noche me aferré, para meter, más miedo que otra cosa, a ese árido corazón que no bombeaba más que un dulce aroma a miel, mezclado con la agria hiel de sus manos. Se marchó, como una de esas mujeres, de buena, o mala vida, según se mire. Sin mirar atrás, sin pararse a respirar por lo que quedaba. Y sin dibujar, por última vez, una tímida sonrisa en su pálida tez.

La volví a ver, esta vez sin mirar. Retirada de la vida, abandonada del amor, ahogada en esas sábanas de algodón que no pudieron contener las lágrimas de sal que derramaba cada noche en estos tímidos labios. Se acabó la hiel y también la miel, y Sofía, un buen día, desapareció.


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