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8.2.15

La desesperación

El olor de la desesperación. Suena raro, sí, pero algo cambia cuando uno se siente desesperado. Ese perfume que antaño nos evocaba una presencia deseada y muchas veces perseguida, ahora, se convierte en un recuerdo repudiado. No puedes evitar evocar su presencia al respirar su olor, pero tratar de alejarlo cuanto antes.

La dulzura de la desesperación. Es, quizás ese instante en el que darías todo lo que tienes para poder volver atrás y cambiar el pasado. Pero el tiempo que pasó, queda en nuestros recuerdos, y nuestras metas marcan el tiempo que está por venir.

La rabia, tras la última gota de desesperación. Impotencia. Anhelo. Y rabia. Un instante pasado podría haberlo cambiado todo, un segundo ahora mismo, no vale nada. Comienzas a desear cosas imposibles que te empujen a un maldito cambio. Nada. Todo sigue igual, y cada vez queda menos de ti.

Asumir. Aceptar la nefasta realidad que tienes frente a tus pies, y comenzar, de nuevo a andar ese camino que se esconde bajo las piedras. Empiezas a destapar la senda, comienzas, de nuevo, a reír. Pero ni con ella, ni sin mí.

Vuelve. Parece que está, de nuevo, todo bien. Tan bien como podría estar. Y vuelves a evocar ese olor perdido, que ahora imaginas en tus pupilas y con tus labios. Pero ella, a pesar de estar, ya se ha ido.

La triste desesperación. Volver a aprender a vivir sin tenerla aquí. Quizás, ese momento en el que alguien desaparece por un tiempo, o permanentemente, sea para aprender a conocernos, y también para aprender a conocer a otras personas a quienes nos perdimos por verla sonreír.

“Mientras esas condenadas clavículas, a las que saqué mil caricias, se perdían entre los escasos recuerdos que me quedaban, unos bonitos ojos se sentaron a mi lado. A mí, nadie me abrió una ventana al cerrarme una puerta, me abrió unos labios al cerrarme unas caderas. Y no les voy a mentir, que ella era perfecta para mí, pero cuando unos labios rojos se cruzan en tu camino al ver partir a tu destino, no hay que decirles que no, menos cuando ellos te digan quizás. No sé si hay que saber querer, pero ella, quería aprender a enseñarme a decir, te quiero”.


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