Sus
ojos, como ya les he dicho en más de una ocasión, son más azules que las
profundidades del océano. Y más que navegar lo que me dediqué a hacer era
naufragar y hundirme en mitad de las tormentas mentales que le acechaban
constantemente su cabeza, y sus pupilas.
Ahora,
que ya no trepo por su maraña de pelo perfectamente desenredado para la
ocasión, me doy cuenta de que es mucho más fácil subir a la luna que conquistar
su locura. Y es quizás este momento en el que uno se vuelve realmente
consciente de lo que no tiene, de lo que quiere, y de lo que puede conseguir.
Puede
que la complicidad de sus ojos sea tan sólo un síntoma de la debilidad de los
míos. Cada vez que me propongo desmitificar sus caderas, estas se contonean
frente a mis manos, esas que irradian un frío impropio, tan llenas de calor que
se confunden entre sus delicadas formas que anhelan un poco más de amor.
Hay
quien afirma que la realidad que vivimos es la que dibujamos con nuestros ojos,
y creo que en cierto modo, tienen razón, aunque sin la extraña conexión que se
establece entre estos y nuestra imaginación, la que ficcionamos con nuestros
labios, nada sería más real que la pantalla que tienen ustedes delante, para
hacer frente a la conjunción de letras que hace el tipo este que firma más abajo.
Volviendo
a ella, y a sus ojos, su boca, sus alas escondidas entre las cicatrices de su
espalda, su pelo, su todo, su nada, mis desvelos y sus anhelos, he de decir que
se ha ido. El dolor del adiós se ha mitigado con otros ojos, otros labios y
otras formas. Su figura se ha ido disipando con esas palabras tan carentes de
alma como de fondo, que me dedicaba a susurros cada noche, entre bar y copa.
Quizás,
el mejor de los finales prometidos sea el que nunca ha acontecido. Y aunque las
despedidas con sol, siempre sean mejores, la suya con lluvia y mal de amores no
ha estado nada mal.
Se
pierde. Vuelven a flote esos ojos azules que ahora me vigilan desde la
distancia con esa común disonancia entre lo que se quiere, se siente, se pide y
se dice.
“Aislamiento
preventivo”. El único remedio contra eso por lo que no quisimos poner tierra de
por medio.
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