Pongamos
que hablamos de esa ciudad de sombras y luces que se entrecruzan. De idas,
venidas, personas que se pierden en bocas de metro, y reaparecen en el infierno
de esa ciudad en la que nadie sabe quién es quién. Pongamos, como dice Sabina,
que hablo de Madrid. La ciudad de los sueños, buenos y malos. El epicentro de
la vida de dos, que ahora solo son uno.
Pongamos
que ella, tímida, perdida, inteligente, común entre todas las mujeres, de buena
nota, aspecto altivo y su cierto atractivo, se llama Anna. Y él, como no podía
ser de otra manera Martín. Son dos extraños que cruzan sus vidas en el mismo
vagón de metro cada mañana.
Trece
asientos les separan, y un par de novelas les encierran en un mundo solo apto
para uno. Ella lee a Bukowski, y él se entretiene con Don Winslow. Un borracho
anónimo y un alcohólico social, que a su manera salvan vidas dentro de esas
páginas. Siete paradas y ambos bajan al mismo tiempo, sincronizados con sus
auriculares, ella con cable, los de él inalámbricos.
Avanzan
despacio hacia un destino común. Una de esas facultades en las que aprenden de
todo menos de la vida. Nunca se han mirado a los ojos. Pero algún día debería
cambiar la canción, para que Anna y Martín, sean un sol con el mismo destino.
Anna,
camina temerosa por los pasillos de esa universidad que otros tantos pisaron.
Martín la ve mientras está sentado en el suelo, repasando esos infernales
apuntes de una asignatura que le llevará a su ansiado futuro. Ella se ha
evadido del mundo, contonea sus caderas en cada paso, da un pequeño salto de
vez en cuando como poseída por un espíritu alegre. Y al final, antes de girar
la esquina, da una vuelta sobre sí misma, una figura de ballet perfectamente
ejecutada.
Ese
movimiento armónico del giro, su pelo lanzado al viento, sus párpados cubriendo
sus ojos comúnmente extraordinarios, y sus labios entreabiertos para dejar que
vuelva todo a equilibrarse en su interior.
No
lo pudo evitar. Martín salió disparado tras ella. “Necesito uno de esos giros
como el que acabas de hacer, en mi vida”.
Fue
sencillo y directo. Ella aceptó el trato. Ahora unos centímetros les unen en el
metro, siguen inmersos en sus libros, pero al bajar del tren… Sus manos se
entrelazan y sus auriculares se quedan en casa.
Allá
van, sonriendo. A no permitir que el mundo les coma, a morder en cada paso para
pelear lo que quieren. Son Anna y Martín, pongamos que estos, sí.
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