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8.1.15

A & M

Pongamos que hablamos de esa ciudad de sombras y luces que se entrecruzan. De idas, venidas, personas que se pierden en bocas de metro, y reaparecen en el infierno de esa ciudad en la que nadie sabe quién es quién. Pongamos, como dice Sabina, que hablo de Madrid. La ciudad de los sueños, buenos y malos. El epicentro de la vida de dos, que ahora solo son uno.

Pongamos que ella, tímida, perdida, inteligente, común entre todas las mujeres, de buena nota, aspecto altivo y su cierto atractivo, se llama Anna. Y él, como no podía ser de otra manera Martín. Son dos extraños que cruzan sus vidas en el mismo vagón de metro cada mañana.

Trece asientos les separan, y un par de novelas les encierran en un mundo solo apto para uno. Ella lee a Bukowski, y él se entretiene con Don Winslow. Un borracho anónimo y un alcohólico social, que a su manera salvan vidas dentro de esas páginas. Siete paradas y ambos bajan al mismo tiempo, sincronizados con sus auriculares, ella con cable, los de él inalámbricos.

Avanzan despacio hacia un destino común. Una de esas facultades en las que aprenden de todo menos de la vida. Nunca se han mirado a los ojos. Pero algún día debería cambiar la canción, para que Anna y Martín, sean un sol con el mismo destino.

Anna, camina temerosa por los pasillos de esa universidad que otros tantos pisaron. Martín la ve mientras está sentado en el suelo, repasando esos infernales apuntes de una asignatura que le llevará a su ansiado futuro. Ella se ha evadido del mundo, contonea sus caderas en cada paso, da un pequeño salto de vez en cuando como poseída por un espíritu alegre. Y al final, antes de girar la esquina, da una vuelta sobre sí misma, una figura de ballet perfectamente ejecutada.

Ese movimiento armónico del giro, su pelo lanzado al viento, sus párpados cubriendo sus ojos comúnmente extraordinarios, y sus labios entreabiertos para dejar que vuelva todo a equilibrarse en su interior.

No lo pudo evitar. Martín salió disparado tras ella. “Necesito uno de esos giros como el que acabas de hacer, en mi vida”.

Fue sencillo y directo. Ella aceptó el trato. Ahora unos centímetros les unen en el metro, siguen inmersos en sus libros, pero al bajar del tren… Sus manos se entrelazan y sus auriculares se quedan en casa.

Allá van, sonriendo. A no permitir que el mundo les coma, a morder en cada paso para pelear lo que quieren. Son Anna y Martín, pongamos que estos, sí.



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