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12.1.15

Ya, nunca

Me gustan las despedidas en días soleados. Creo que es un punto a favor de estas. En realidad son igual de horribles, aunque siempre ese toque de calor que le aporta el sol las hace levemente diferentes.

Irse es siempre una putada, no lo negaré jamás. La cosa difiere en la forma en la que uno se va. Si es el momento, o simplemente es una marcha obligada, y lo que es peor aún, sin retorno. Otras veces, somos nosotros mismos quienes decidimos saltar del barco sin que éste se haya acercado a la orilla. Y eso tampoco está del todo mal, supongo que cada uno tiene sus razones.

Yo soy de esos tipos que se va como aparece, sin hacer demasiado ruido y no dejando rastro. Esa es mi especialidad, abandonar cuando todo parece estar bien. Y eso es lo que hice.

Me llamo, Martín, aunque esto no tiene la más mínima relevancia en lo que os voy a contar. En estas estoy, acabo de tirar por la borda, y nunca mejor dicho, bueno ahogar en el profundo mar de la desesperación tampoco sería desacertado, volvamos... acabo de arrojar al fondo del mar lo mejor que he tenido hasta el momento.

Y no me refiero a un coche rápido o una casa grande. Tampoco a un barco, a pesar de los símiles náuticos que han aflorado en estas líneas. Acabo de borrarme, casi literalmente, de la vida de ella. Supongo que ahora es cuando vosotros ansiosos por saber quién es ella estaréis dibujando en vuestra cabeza una mujer idílica.

¡Pues no! Ella es más bien la antítesis de todos los cánones de belleza que puedan tener ustedes. No es exageradamente alta, ni extremadamente esbelta. Tampoco destaca por sus kilométricas piernas ni por sus voluptuosos atributos, es más, ni siquiera posee unos ojos que llamen excesivamente la atención.

Les diré que sus ojos se asemejan más a la tierra que al cielo, que sus piernas, se encargan de unirla al suelo y no la invitan a soñar con las nubes. Y su cuerpo perfectamente compensado y armonizado, es algo parecido a una entrada al paraíso. No un descenso al infierno de la cirugía y los botes de silicona. Es, en definitiva, una mujer. Creo que no han leído bien. Una, MUJER. De esas de verdad, no las que aparecen en catálogos de moda, o esas cosas en las que se suelen desvirtuar tanto las formas que al final no sabes qué es lo que te gusta.

Y esa mujer, de cuya vida he decidido borrarme, es morena, tiene los ojos extraordinariamente comunes, besa como una diosa, y mueve las caderas para hipnotizarte, de una manera que si la conociesen, se enamorarían de ella. Esas miradas furtivas, que nunca hicieron prisioneros, porque no le hizo falta, son tan demoledoras que es imposible decirle que no.

Pues bien, ya conocen algo más acerca de esa mujer, pero poco saben de mí. Bueno, dejaré a un lado el acto estúpido e irracional que acabo de cometer, pero fíjense bien en lo que les contaré a continuación. Yo, ese que va justamente delante de la coma, soy un tipo corriente. Algo así como el agua del grifo. Casi todos tienen, y muchos solo la usan para fregar. Pues exactamente así era todo. Hasta que apareció ella. Estaba un poco loca, pero qué le vamos a hacer, nadie es perfecto, y quería esta agua corriente las veinticuatro horas. Decidió, digámoslo así, enamorarse de mí.

Al principio todo son flores, y buenos días. La cosa empieza a cambiar cuando un día ella encuentra un calcetín sucio fuera de su sitio, y de pronto te das cuenta de que el que está fuera de su sitio eres tú.

Que hace ya meses que ella te llama por tu nombre, y eso es jodidamente (perdonen la expresión), malo. Eso, irremediablemente indica que algo se ha perdido. Y este que se considera autor de estas líneas, decide que ella, Lucía, se merece algo mejor.

Lucía es la que generalmente apacigua las tormentas, las suyas, las mías y las nuestras. Y últimamente, soy yo el único que oye llover, y ve relámpagos, donde solo hay actos de amor desinteresado, y de fe por algo que ya parece consumido.

Por ese motivo me fui. Una de esas mañanas en las que no tenía que ir a trabajar, vacié todos los armarios con las cuatro cosas, ya mal avenidas que me quedaban, las encerré en unas maletas que me habían acompañado al comienzo del sueño, y me fui. Deje las llaves en el buzón y la mitad de la casa vacía. Ni una sola nota. Me borré.

Un cambio, quizás, extremadamente radical. Pero ya les dije antes que las despedidas que más me gustan son aquellas en las que uno se va sin hacer demasiado ruido. Nada más cruzar el umbral de la puerta de salida del edificio, sentí que algo acababa de cambiar para siempre. Aún no sabía si el cambio iba a ser positivo o no, pero no tenía ni el más mínimo atisbo de duda de que así sería. Un escalofrío. Apague el móvil, para no hacer más leña del árbol caído, y también porque no me sentía lo suficientemente valiente como para afrontar todo lo que acababa de hacer.

Eran las cinco en punto por el reloj de la estación de autobuses. Lo más probable es que en ese preciso instante, Lucía tras recoger las llaves, mis llaves, del buzón, estuviese girando las suyas dentro de la cerradura de casa, de la que había sido nuestra casa.

No puedo ni tan siquiera llegar a imaginar en el momento en el que entró en aquel comedor, tan vacío de libros y tan lleno de recuerdos. Si sigo reconstruyendo mentalmente sus pasos por la tarima, supongo que aparecería en la habitación. Se plantaría delante de nuestro armario empotrado, blanco, y lo abriría de par en par, cajones incluidos, y vería allí, su ropa apartada apresuradamente junto a un extremo de la pared interior, los cajones alternos, vacíos, contrastando con esos que albergaban su ropa. Y después, al mirar bajo la almohada, solo vería su camisón, y no mi vieja camiseta. Y mi mesilla, tremendamente desolada  por la pérdida de aquellos enseres que conservaba hace tan solo unas horas. Todo aquello aún rezumaba vida, incluso me jugaría a decir que hasta esperanza.

Después, habrá ido, con los ojos llenos de lágrimas, supongo, hasta el baño. Y puede que ese vaso que contenía nuestros dos cepillos de dientes, haya tenido un trágico final a mi costa. Es probable que esté buscando una explicación. No hay.

Mi móvil fantasmea en el bolsillo y creo que vibra. Solo un reflejo de lo que realmente debería ocurrir. No tengo el valor suficiente para encenderlo y exponerme a esa tormenta incontenible e irremediable.

Tardé dos días en volver a conectarme, casi literalmente al mundo. Casi 100 intentos de contacto en 48 horas. Mucho más de lo que esperaba. Deslice la barra de notificaciones, y lo último que pude leer, o que recibí fue algo simple: “¿Por qué?”

Me quedé helado. Ahora mismo se lo puedo confesar, soy un completo estúpido. No me atreví a leer aquellos mensajes, tampoco a responder a sus llamadas. Me pasé un mes a más de doscientos kilómetros de nuestra casa.

Hoy hace exactamente treinta y cuatro días que me fui. Aún no he leído ni llamado. Tengo que asumir lo que he hecho, ella necesitará, al igual que yo pasar página. Hay un sol radiante en la calle, he decidido que rodeado de gente, será menos traumático, y como les dije, las despedidas con sol, duelen menos.

El primer mensaje era idéntico al último, un simple “¿por qué?”, una respuesta que he tardado un mes en encontrar. Después le seguían una serie de actitudes y reacciones típicas, supongo. Desde las razones que debía tener en cuenta para volver, hasta lo peor que he leído de ella para que no apareciese jamás. De nuevo estoy leyendo, hace dos días me preguntó dónde estaba y por qué no volvía. Me quería.

Esgrimí mentalmente un par de razones que yo consideraba de peso para que ella aceptase que era lo mejor, o lo menos malo. Comencé a escribir, seleccionando cuidadosamente cada palabra. Fue algo como esto: “Hola, Lucía. Sé que llevo cerca de un mes sin hacer caso de tus señales de aviso, pero necesitaba tiempo para encontrar una respuesta a tu pregunta de por qué. Creo que ha sido porque tú necesitabas más, y porque yo no podía dártelo. Porque tú, eres capaz de acallar las tormentas y yo tan sólo las llamo. Porque en el fondo, te quiero, y lo seguiré haciendo, pero te mereces algo diferente a mí, alguien que no te haga lo que yo te he hecho. Alguien a quien no llames jamás por su nombre. Alguien, que merezca estar a tu lado. Por eso me fui, y por eso te escribo esto ahora.”

Contundente, ¿verdad? ¡Se equivocan de nuevo! Desmontó mis argumentos, y no pude hacer nada para defender que eso era lo mejor. Me pidió verme, y acudí. Ese maldito sol no me ayudó, solo dio luz a la herida que estaba abierta.

Volví. Y lo vi todo igual de vacío que lo dejé cuando cerré la puerta por última vez. Me invitó a un café y nos sentamos en ese sofá en el que más de una noche habíamos utilizado para otros fines menos “inocentes”.

La vi más fuerte que nunca. Con unas ganas terribles de luchar, aun no entiendo el motivo, pero las tenía, se lo aseguro. Ahí está frente a mí. Me ha lanzado una de esas miradas que te atrapan, y no he podido escapar.

Le expliqué que yo no era lo suficientemente bueno, y que era mejor así. Afirmó que era ella quien decidía si era suficiente o no. Me rompió en mil pedazos. Irreconstruible. Me levanté decidido hacia la puerta y me persiguió.

Me pidió volver y le suplique que me dejase marchar. Me dejó marchar y le supliqué un beso más. No pude, volvimos al sofá. Me besó tímidamente en el cuello y yo perdí mis manos en su pelo. Buscó, entre los cuellos de mi camisa un camino. Y lo encontré, yo, hacia su boca. La besé, fue mejor que la primera vez que nos besamos. Lo recuerdo al detalle. Mordió mi labio inferior castigándome por irme, y paró.
“Nos vamos”. Sentenció.

Y así fue, comenzamos de nuevo. Y no había sol, pero estaba ella que alumbraba más, que cualquier estrella.


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