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8.1.15

La Tristeza

La triste evidencia de la realidad. Supongo que conocen esa sensación de haber sido todo y un día levantarse y no ser absolutamente nada. Y eso es lo que sucede, esa mujer de ojos verdes que recorría mis sueños, mis pensamientos y volvía a mí en cada respiración, ha desaparecido.

Bueno, creo que está ahí, pero ya no como antes, no con esa intensidad brutal con la que llenábamos nuestros apáticos días. Quizás la estúpida vertiginosidad con la que vivimos sea la que nos conduzca a la sinrazón de no comprender a nadie, ni a nosotros mismos.

Ese árido océano que ahora nos separa en cada roce de nuestras manos, se hace eterno, frío y demasiado rápido. No es suficiente el calor que tratamos de insuflar mientras estamos juntos, ni esas bocanadas de aire fresco que vuelven mientras alguno de los dos boquea entre suspiros.

Ahora, cuando parece que todo llega a ese principio del precipicio, nos resistimos a caer, aunque ya no sea como antes.

Y ahora, esos ojos verdes no lloran por mí, no ríen conmigo, y mucho menos me esperan cansados para dedicarme la última mirada perdida del día. Su boca de fuego y hielo ya no me quema, no me escucha.

Sus palabras que me abrazaban en esas frías noches en las que la única calma venía de esas ínfimas letras que me dedicaba en la distancia, ahora se mueren en los ojos de otros y se desdibujan sus sonrisas entre los llantos que nadie oye.


Me dejaré ir, contigo o sin ti. Podrás volver cuando el filo de la luna cubra nuestra piel, y ayer no sea hoy.  

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