La
triste evidencia de la realidad. Supongo que conocen esa sensación de haber
sido todo y un día levantarse y no ser absolutamente nada. Y eso es lo que
sucede, esa mujer de ojos verdes que recorría mis sueños, mis pensamientos y
volvía a mí en cada respiración, ha desaparecido.
Bueno,
creo que está ahí, pero ya no como antes, no con esa intensidad brutal con la
que llenábamos nuestros apáticos días. Quizás la estúpida vertiginosidad con la
que vivimos sea la que nos conduzca a la sinrazón de no comprender a nadie, ni
a nosotros mismos.
Ese
árido océano que ahora nos separa en cada roce de nuestras manos, se hace
eterno, frío y demasiado rápido. No es suficiente el calor que tratamos de
insuflar mientras estamos juntos, ni esas bocanadas de aire fresco que vuelven
mientras alguno de los dos boquea entre suspiros.
Ahora,
cuando parece que todo llega a ese principio del precipicio, nos resistimos a
caer, aunque ya no sea como antes.
Y
ahora, esos ojos verdes no lloran por mí, no ríen conmigo, y mucho menos me
esperan cansados para dedicarme la última mirada perdida del día. Su boca de
fuego y hielo ya no me quema, no me escucha.
Sus
palabras que me abrazaban en esas frías noches en las que la única calma venía
de esas ínfimas letras que me dedicaba en la distancia, ahora se mueren en los
ojos de otros y se desdibujan sus sonrisas entre los llantos que nadie oye.
Me
dejaré ir, contigo o sin ti. Podrás volver cuando el filo de la luna cubra
nuestra piel, y ayer no sea hoy.
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