Ella,
la de los ojos tristes, los labios soñadores y las pupilas extrañas. Ella, la
clave de mis numerosos desvelos. Su sonrisa fulgurante y fulminante, se
descuelga entre sus labios cada madrugada, cuando se deshace de esa armadura de
telas que cree que la protege. Su voz, se desdibuja entre tenues suspiros que
apenas son audibles entre el desasosiego general que se amotina en las calles.
Su
imagen se disipa, y a veces, hasta se desvanece o se cubre de una pátina que la
convierte en invisible a los ojos de aquellos que tan solo miran, pero no ven.
Es tremendamente única. Irreemplazable para la vida mortal. La chica de la
sonrisa escondida, apagada.
Y
parece no volver jamás, se distancia irremediablemente de ese final anunciado.
Puede que sea yo quien no quiere verla más, o que simplemente mis ojos hayan
dejado de ver más de lo que veía el resto.
Cuando
un atisbo de luz ilumina estos cansados ojos, aparece de nuevo, al final de un
inmenso túnel plagado de oscuridad. Irradia una tenue esperanza repleta de
mentira. Pero bueno, en eso consiste ensalzar a alguien que crees irrepetible,
en aceptar las mentiras que no te cuenta y sabes pero aun así, aceptas.
Quizás,
la verdad, al igual que la belleza está en los ojos del que mira, no en quien
recibe las miradas. Muchas veces idealizamos un simple gesto, o una figura, y
en realidad es en esencia la raíz de todos nuestros problemas. A pesar de ello,
hay que seguir andando este tedioso camino.
Porque
puede, que alguna vez la encuentres. A esa chica, que yo vi una vez, con los
labios tristes y llenos de ganas. Con los ojos soñadores y repletos de ilusión.
Con esa mirada esperanzadora que te cura las heridas cuando tú solo eres capaz
de lamentarte por todo aquello que podías haber hecho y no hiciste.
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