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28.3.13

Luz


Él, deambulaba perdido por la calle, con ganas de todo y sin ilusión por nada. Fue entonces cuando la vio y escucho esos tacones, con un ritmo firme y constante. Llevaba unos zapatos negros, unas medias del mismo color que envolvían sus largas piernas, y un vestido, también negro, bastante corto que quedaba escondido bajo la gabardina de color crudo.  Y ella… ella, era hermosa, su pelo liso y moreno, sin flequillo. Sus ojos eran grandes y muy expresivos, azules, eran unos de esos ojos en los que perderías una noche o una vida si fuese necesario. Sus labios, finos y delicados, pero seguramente una bonita palabra pronunciada por ellos haría sentir al más duro de todos, haría vivir al más desalmado, haría que la vida del otro se desordenase por completo…

Se quedó mirando como pasaba la mujer que siempre había soñado frente a sus ojos, trató de armarse de valor y decir algo, pero el miedo le paralizó. Ella se había fijado en él, alto, moreno, con el pelo desaliñado, una barba de una semana y un aspecto horrible, pero tenía algo en los ojos que hizo que ella se acercase. Algo, que hacía que la gente confiase en él y se acercase a conocerlo.

Fueron a tomar un café, en apenas cinco minutos, parecía que se conocían de toda la vida… Él como un caballero, la acompañó hasta su casa, era un pequeño portal y en el momento en el que ella se iba a perder de nuevo en su mundo, agarró su mano, la acercó a él y la besó.

No sabía porque, ni que iba a suceder, pero aquella chica merecía la pena, fue un largo beso, tenían los ojos cerrados como esos chiquillos que se besan por primera vez, el paseaba sus manos por su espalda, ella, por el contrario, se perdía en su pelo, en su fragancia…

Cuando terminó, se despidieron, no fue un adiós, fue un hasta que nos volvamos a ver…

Nunca más se encontraron, sus vidas se alejaron y fueron en diferentes direcciones pero, aquel besó, los unió para siempre y les hizo conocer la felicidad.

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