Alto, moreno, con barba de cuatro días y aspecto
desaliñado, vestía unos pantalones negros, unos zapatos con cordones del mismo
color y una camisa blanca. Ella, siempre muy formal, morena, con el pelo
recogido, tacones, vestidos, y unos ojos marrones, comunes, pero tremendamente
expresivos y llenos de energía y magia.
No necesitaron más que un par de miradas para conocerse y
saber todo el uno del otro. Una noche se dieron una oportunidad, un paseo en un
día en el que había llovido. Las estrellas decoraban e iluminaban aquel cielo,
azul oscuro, prácticamente negro. Olía a tierra mojada, cerca de la casa de
ella, les embriagaba aquel olor. Una farola iluminaba la puerta de su casa, él,
decidió jugárselo todo a una carta, a un beso. Ella aceptó la apuesta, se mordía
el labio temerosa, llena de nervios.
Él la besó, lo hizo como nunca antes con ninguna otra, se
perdió en su boca, las manos de ella se perdieron en la espalda de él. Se
fundieron en uno, durante unos instantes.
Tras aquello, él, bajó la mirada, metió las manos en sus
bolsos y se perdió en la noche. Ella, veía como aquel chico se perdía y aquella
noche fue la que no quiso ser. Probaron el amor, pero era demasiado dulce para
los dos, la soledad, era mejor…
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