Llovía. Eso le encantaba, aunque hacía que recordase muchos momentos junto a aquel tipo que la dejó tirada en mitad de ninguna parte.
El día que él la dejó tirada también llovía, pero era tan solo una tormenta de verano. Iban en aquel coche descapotable importado, con la capota bajada, el viento mecía su cabello. Él frenó en seco en mitad de la carretera, y le dijo que se bajase, le dejó su maleta y se alejó…
Fue entonces cuando comenzó la tormenta. Estaba sola, sin apenas dinero y en mitad de ninguna parte. Comenzó a ponerse el sol, y ella deambulaba por la carretera, diciéndose a sí misma que pronto encontraría un lugar desde el que llamar por teléfono.
Pasaron un par de horas, y encontró un área de descanso. Llamó a su amigo, el que siempre estaba ahí, ese que conocía desde su más tierna infancia. Él se apresuró a salir de casa, se montó en su viejo coche y condujo durante horas hasta ella…
La devolvió a su casa y ella… antes de bajar del coche, le dio un beso en la mejilla, él, como un tonto se quedó sonriendo y mirando como ella se perdía en dirección a la puerta de su casa… Le brillaban los ojos, llevaba años enamorado de aquella chica que, cuando no podía más, llamaba a aquel idiota, que daría todo por ella.
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