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5.10.15

Coreografía de una derrota



“Me duele todo lo que trae, pero odio cuando después de luchar, decide llevárselo todo”


Su rostro perfectamente esculpido a base de golpes de vida y trabajo, se había recompuesto tras la inesperada noticia. Quién podría haber esperado aquella noticia hace tan solo unos meses. Siempre había permanecido absorto en esa vida que había decidido escribir a base de un esfuerzo inusitado y de dejar en el camino todo aquello que, en otras circunstancias, le hubiese hecho perder la cabeza para ocuparse del corazón.

Tras salir de aquella luminosa consulta, el mundo se le vino abajo. Completamente. Un derrumbamiento general, de toda una vida, resumido en un instante. Baja en un ascensor atestado de gente, sensaciones dispares, pesadumbre, un ambiente lleno de silencios y respiraciones profundas que se antojan claves para afrontar todo lo que va a llegar.

Calle. Aire, más o menos fresco. Agua. Liberación. Un par de lágrimas. Una sonrisa, capucha y vistazo al móvil. Ella, preguntando. ¡Joder! Titubeos varios, pantalla bloqueada, móvil en silencio y de vuelta al bolsillo, un problema demasiado grande como para zanjarlo con un puñado de palabras.

Un 30% de éxito. Merece la pena iniciar una lucha, aunque sea para perderla. Y ahora ella. ¿Cómo explicas a alguien que te ha ayudado a recorrer ese maldito camino, que ahora, a mitad de viaje, puede que no des un paso más a su lado? Café. Silencio y una mesa cualquiera, cerca, y con más valor que uno de esos antiguos soldados de infantería que arremetía sin temor contra el enemigo. Descerrajar un tiro en la boca del estómago. “Puede que me esté apagando, puede, que si entro en ese treinta por ciento de personas que gana la lucha, sea una sombra de lo que soy”.

Y pasan las semanas, y esas ganas de lucha, se desvanecen. Sus atrevidos rasgos, ahora, demacrados, quedan enmarcados por una áspera barba que le recuerda que se ha declarado perdedor. Y sus pupilas, cargadas de ganas, se acaban fatigando en un no tras otro, en una sesión tras otra, que tan sólo le succiona las pocas energías que le quedan y le envenena lentamente a través de un filo plateado que se resbala hasta el interior de su piel.

Acaba. Hastiado de todo cuanto ha hecho, se has perdido, encontrado, vivido, amado, querido, tenido, soñado, besado y hablado. Ahora apenas hay palabras, se reduce a la mínima expresión que le permite tu otrora atlético cuerpo, que ahora se dedica a contenerle mientras vaga entre todo aquello que le aferra a la vida.

Últimos días. Arrecia la lluvia en la ventana. Una tormenta de verano, la última de sus últimos días. Un verano más, raro, pero con esa impertérrita sonrisa que se desvela cada noche en mitad de sus quejidos.

Ella también lo sufre, y lo sufrirá, porque por suerte se quedará. Esos ojos azules se destapan en sus sueños. Y una noche, la chispa de lucidez que le permite despedirse de quien, por suerte, podría haber dado la vida para salvarla, hasta de la muerte.

Se quita el maldito oxígeno que le ata al mundo. Se encuentra con la tormenta de sus ojos, la paz de su pelo y con sus labios. Esos labios tan suyos, que una vez fueron de los dos. Esboza un te quiero con la mirada, apenas puede balbucearlo.

La invita a dormir, ella se agarra a tu mano, esperanzada. Esperando, que no sea la última noche. Y tras dormirse, se va.

Para siempre.



4.10.15

A cámara lenta

Hay quien considera que el amor es tan sólo una sucesión de hechos, que suceden a toda velocidad ante nuestros ojos, y que tenemos la obligación de vivirlos como si fuesen el último que va a suceder en nuestra triste vida. Pero eso no puede ser verdad. El amor, se vive a cámara lenta, muy despacio, saboreando cada instante como si de verdad fuese el último, pero no de la historia, sino de ese segundo que respiramos su aroma.


La vio pasar, despacio, como movida por unos hilos ocultos, dirigidos por el mejor titiritero del mundo. Se deslizaba suavemente, sin esfuerzo alguno. Y le dedicó una mirada, intensamente leve, sus ojos apenas pudieron apreciarse, pero ese instante le contentó para todo el día.

Tenía una larga melena de un color cobrizo que se desdibujaba ante sus ojos, domada en demasiadas ocasiones en una coleta perfecta. Los ojos negros, brillantes, como si albergasen una vela con una pequeña llama en su interior. Y una sonrisa enmarcada entre unos labios alegres que escondían un pequeño paraíso en el que perderse era el mejor de los pecados.


[***]


Y nos redimimos de nuestros pecados, varias veces, durante algunos meses. Puede que quizás fuesen un par de años. Nos quisimos despacio, para no poder terminar todo aquello de golpe, para disfrutar, a lametazos, de todo lo que guardábamos en silencio, escuchando a Sabina, diciendo que lo suyo, por mucho que durase, costaba que se borrase diecinueve días y quinientas noches.

Efectivamente, se acabó. Nos dejamos en una noche oscura, en medio de un bar desértico en el centro neurálgico de una ciudad infestada de gente que amaba rápido. La despedida, lenta, sin lágrimas pero con deseos. Sin reproches pero con unas ganas brutales de poder repetir, porque el amor, a cámara lenta… sabe mucho mejor.



“Apareció perdida entre los pasillos en una biblioteca. No pude dejar de mirarla porque jamás había visto a una mujer como ella. Apenas reparó en mí, pero el instante en el que cruzamos nuestras almas, su sonrisa se quedó enganchada a mis ojeras, y mi olor a su pelo, y su pecho, a mis besos. La quise a cámara lenta, nos consumimos deprisa. Su amor alimenta, ¡pero cómo duele cuando mata!”

1.10.15

Distracciones

Una sonrisa perezosa se descolgaba entre unos labios desgastados, corroídos por la tristeza que deja el besar unas intenciones equivocadas. Era una de las imágenes más bellas que se pueden contemplar, estaba allí, distraída entre la multitud de personas que deambulaba por la calle, sonriendo.

Su rostro era pálido, iluminado por un radiante sol de otoño, que calentaba más su cuerpo que su desacompasado corazón, que latía sin prisas. Sus cabellos largos y profundamente oscuros empañaban de vez en cuando su rostro, dejando a la vista unas facciones cuidadosamente esculpidas, que dejaban al descubierto, como enmarcados, sus ojos. No tenían un color demasiado llamativo, eran de un maravilloso color miel. Y esas miradas, que parecían sacadas del mismísimo infierno, porque enfriaban hasta el alma, nunca me dejaron indiferente, y nunca quisiera dejar de ver esos ojos.

Una nariz, pequeña, se desdibujaba en mitad de su rostro, tan sólo empujaba a conocer esos ojos tan fieros, o a perderse en esos malditos labios.

Ahora mordía su labio inferior, nerviosa. Estaba esperando a alguien, seguramente fuese uno de esos tipos encorsetados en unos vaqueros demasiado holgados, una camiseta extremadamente larga y unas gafas de sol que no permitían conocer al que de verdad ocultaban.

Sus manos jugueteaban nerviosas, sus ojos, recorrían incesantemente a la multitud para poder encontrar a quien deseaba. Y allí estaba, por fin. Era un chico, normal. No parecía diferente a cualquiera de esos otros que caminaba por allí.

El rostro de ella se iluminó, las comisuras de sus labios se arquearon para dejar escapar una amplia sonrisa. Sus ojos se tornaron en una mirada brillante, y toda ella, parecía resplandecer. Él, no hizo movimiento alguno. Espero su llegada silencioso, sumergido en la belleza que se acercaba a pasos agigantados hacia él.

Su llegada fue indescriptible. Nada de esos besos distraídos en las mejillas. Un beso, largo, sentido, y un abrazo, de esos que te dejan cegados con el olor de la otra persona y te hacen olvidar al resto del mundo.

Les vi cogerse de la mano, y se perdieron entre la multitud… El resto de la gente no reparó en ellos, pero quizás, fue el momento en el que más cerca estuve de todo aquello que algunos insisten en llamar, amor.


26.9.15

Siempre vuelve

Tiene las pupilas dilatadas, enrojecidas e hinchadas por las lágrimas que decidieron descolgarse hace tan sólo unos segundos. Su sonrisa está difusa, trata de aparentar ser más fuerte de lo que realmente se siente en este momento.

Ella, es excepcionalmente diferente. Y tan sólo esa sutileza, su forma de mirar,  hace que sea radicalmente opuesta a las demás. Es difícil expresar con palabras todo aquello que transmite desde las profundidades azules de sus pupilas, pero puede asemejarse a un sentimiento de euforia continua.

Un escalofrío recorre mi espalda cada vez que sus pupilas se clavan en mi indiferencia, esa sensación de estar a su merced se apodera de mí. Y cuando por fin, consigo que mis pupilas avancen con las suyas, me desmorono en sus profundidades.

Y así el fin. Porque no hay nada más allá de esos ojos, no es necesario que haya nada. El paraíso está en sus pupilas, el infierno se aloja en el cielo de su boca, y quien es dichoso de sus desvaríos amorosos, siente que roza el cielo, cuando toca su boca.

Tiene el pelo perfectamente alineado para poder jugar con sus ojos, negro. Algo así como el interior de su alma, abarrotada de derrotas y de palabras que se quedaron muertas en sus labios. Esos labios, que desgastados por las costuras y rotos en sus comisuras, no cejan en su empeño de sonreír, sin motivo, sin ganas, pero con una elegancia inusitada. Una sonrisa, por la que un kamikaze podría dar la vida, para verla una vez más.

Pero que les voy a contar, si yo he vagado por el desierto de su espalda, avanzando entre las profundidades de todas aquellas cicatrices que lejos de cerrarse, no dejan de volver a abrirse.

Y ese arduo camino, tiene su recompensa, porque acaba en sus labios, tan comunes que son extraordinarios, tan extraordinarios, que no quieres que se alejen jamás de ti y menos si es con un adiós. Sus ojos dibujan una sonrisa en mi rostro.


Se va, pero va a volver, siempre vuelve. Se aleja, pero antes deja un beso distraído, como a ella le gusta, en mi cuello, en mi hombro. Me respira una vez más, y susurra un adiós a mi oído, me hace estremecerme, nuestras manos se separan una vez más, pero no será la última. Y por fin, se va. Y cómo duele ver todo aquello.

21.9.15

Lo.cura

Su mirada callada e inquieta, su risa nerviosa y brillante. Unos cabellos ciertamente largos, y unas pupilas tan intrépidas como ella misma, son la perfecta definición de una mujer que esconde mucho más de lo que enseña.
Y esconde todo aquello que uno no ve si tan sólo mira. Porque a ella no hay que mirarla, hay que verla, desde las profundidades, para poder comprobar que hay algo más allá del fango en el que nos encontramos aletargados. Y ese algo más, es su tímida e imperfecta sonrisa enmarcada entre esos labios, profundamente rojos, que son la puerta a una vida nueva, más tranquila, más pausada, al ritmo de sus sonrisas, con las urgencias de sus besos y las pausas de sus abrazos.
Al igual que no hay noches sin luna, no hay besos sin una pizca de locura. Y la suya está encerrada dentro de un cuarto, amplio y luminoso, con vistas al paraíso. Yo me quedo allí a vivir, con ella.
“Buenas noches” -  musitó.
“Tan sólo noches, sin ti, ya hace tiempo que no son buenas” – afirmé.
Disparó una sonrisa, de esas tan suyas. Escondida, pero llena de eso que antaño tuvimos, una locura sin igual, desmedida y contenida.