Necesito
acariciar de nuevo esa voz rasgada por un llanto que aún no ha cesado. Su tono
y su tempo, relajado y cálido, casi imperceptible entre sus labios, que dejan
entrever una sonrisa.
Puede
que eso sea lo único capaz de salvarme del mundo, y de mí. Tan solo un puñado
de palabras que se deslicen entre algún suspiro, y me susurren, “quédate
conmigo”. Nada más, y por supuesto, con mucho menos sería suficiente. Quizá,
una mirada que decida perderse en mis ojos, o un simple roce al filo de su
boca. Simplemente, eso.
Se
sume de nuevo entre esas malditas nubes, que apenas le dejan ver el sol. Se
asoma, tímidamente, a una de ellas, y solo encuentra motivos para no volver
jamás. A veces, lo urgente nos aparta de lo verdaderamente importante. Y es
esto último lo que nos impulsa a vivir, a descubrir de nuevo quienes somos, y
que queremos.
En
demasiadas ocasiones acabamos perdidos entre una maraña de nubes, que
únicamente se encargan de hacer más pesada la carga. Puede que en ocasiones
estas nubes nos hagan falta para poder encontrarnos, pero debemos saber
dejarlas de lado.
Y
así, si cuando los dos nos encontremos perdidos entre las nubes de tormenta que
no nos dejan ver el sol, tú me dedicas un leve susurro, o pierdes en mí una de
tus miradas… me rescatarás, y yo, iré a buscarte. Porque si necesitas nubes las
tendrás, pero si quieres ver el sol, lo podremos encontrar.
Tú
y yo.

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