Sus
ojos nunca hicieron más que prisioneros. Con aquellas miradas, casi mortíferas,
con sus ojos de gata callejera, me envolvió en una ocasión. Él, ya alertado por
las malas lenguas, que se cernían sobre su mera presencia, decidió no mirarla a
los ojos, para poder escapar de sus redes. Ella, no cesó en su incansable labor
de atraparlo, y por fin él se rindió a su felina mirada.
Ella,
esperaba otro de esos tipos que busca trofeos, aquellos que marcan en el
cabecero de su cama con una muesca una nueva víctima. Pero él parecía
diferente, al menos, en ese instante, no le pareció uno de esos tipos. Poseía
una mirada diferente, bastante más aséptica que el común de los mortales.
Decidió
no apresarlo, al menos no del todo. Quería ver que hacía él. Normalmente, solía
usar a los hombres, y anotarse, al igual que habían hecho ellos cientos de
veces con ella, una nueva muesca en la colección. Mientras tanto, él se movía
ajeno a aquella mirada que lo había cubierto durante unos instantes. Volvió, al
lugar donde la encontró por primera vez, y la miró como nadie lo había hecho, y
esos ojos gatunos tan suyos, se estremecieron ante los de aquel tipo, que se
erigía implacable ante ella.
Apenas
un minuto bastó para determinar aquella esperpéntica y ardua batalla, que
habían librado sin mediar dos palabras. Ella hizo ademán de levantarse, y él,
le ofreció su mano, no dudó en aceptarla. Cuando ella asió su mano, firme y
desgastada por su azarosa vida, decidió que no quería soltarle jamás.
Y
así, el tipo más desafortunado, caminó con los ojos de gata más preciosos y
maltratados de la historia. Desde aquel día, se dedicaron a escribir su propia
historia y hoy, aún se miran buscando una respuesta que le quite el sentido a
ese no sé qué, que tienen. Porque los ojos de gata, las miradas asépticas, y la
mala vida, no siempre acaban mal, puede que la historia sea buena, y juntos, la
hagan aún mejor.
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