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23.9.14

Gatos y azar

Sus ojos nunca hicieron más que prisioneros. Con aquellas miradas, casi mortíferas, con sus ojos de gata callejera, me envolvió en una ocasión. Él, ya alertado por las malas lenguas, que se cernían sobre su mera presencia, decidió no mirarla a los ojos, para poder escapar de sus redes. Ella, no cesó en su incansable labor de atraparlo, y por fin él se rindió a su felina mirada.

Ella, esperaba otro de esos tipos que busca trofeos, aquellos que marcan en el cabecero de su cama con una muesca una nueva víctima. Pero él parecía diferente, al menos, en ese instante, no le pareció uno de esos tipos. Poseía una mirada diferente, bastante más aséptica que el común de los mortales.

Decidió no apresarlo, al menos no del todo. Quería ver que hacía él. Normalmente, solía usar a los hombres, y anotarse, al igual que habían hecho ellos cientos de veces con ella, una nueva muesca en la colección. Mientras tanto, él se movía ajeno a aquella mirada que lo había cubierto durante unos instantes. Volvió, al lugar donde la encontró por primera vez, y la miró como nadie lo había hecho, y esos ojos gatunos tan suyos, se estremecieron ante los de aquel tipo, que se erigía implacable ante ella.

Apenas un minuto bastó para determinar aquella esperpéntica y ardua batalla, que habían librado sin mediar dos palabras. Ella hizo ademán de levantarse, y él, le ofreció su mano, no dudó en aceptarla. Cuando ella asió su mano, firme y desgastada por su azarosa vida, decidió que no quería soltarle jamás.

Y así, el tipo más desafortunado, caminó con los ojos de gata más preciosos y maltratados de la historia. Desde aquel día, se dedicaron a escribir su propia historia y hoy, aún se miran buscando una respuesta que le quite el sentido a ese no sé qué, que tienen. Porque los ojos de gata, las miradas asépticas, y la mala vida, no siempre acaban mal, puede que la historia sea buena, y juntos, la hagan aún mejor.


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