Apático.
Egocéntrico. Displicente. Tan sólo tres adjetivos que engloban a otros tantos
con los que podría incluso clasificarme a mí mismo. Y es que en realidad lo que
hacemos es crear máquinas competitivas para poder superar al vecino del al
lado. Es todo lo que queremos, ser mejor que alguien que es mejor que otro. Lo
conseguiremos, ya estamos cerca de abandonar esa estúpida concepción grupal en
la que todos parecemos muy dispuestos a ayudar. Ahora es cuando realmente, ante
la situación que atravesamos, podemos parecer animales que destripan a sus
rivales para poder apoderarse de lo que tengan. Hagamos que aflore esa alma
casi sanguinaria que poseemos.
Destrocémonos,
y acabemos con esa idílica visión de grupo. Es justo y necesario que cada uno
mire por su propio bien, pero hay que cuidar las maneras y las formas, quizás
sería mejor disimular, aunque tan sólo sea tímidamente esos impulsos que
tenemos, y trazar, aunque sea levemente, un ambiente más calmado dentro de la
tempestad.
Indefectiblemente,
acudimos a esta máscara protectora para huir de una realidad que no queremos
tener a nuestro lado. Y sí, aunque lo nieguen más de mil veces todos lo han
hecho. Yo ya dejé de creer en esta decadente sociedad que se despedaza por
momentos a una velocidad vertiginosa. Pero aún creo, en ti.
No hay comentarios:
Publicar un comentario