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28.8.14

Azul, cielo

Puedo pasar horas contemplando su rostro. Desdibujando una y otra vez cada uno de sus rasgos. Encontrando nuevos recovecos, donde esconderme si arrecia la tormenta. Me encanta pasear mi mirada por el lienzo aún por descubrir que me brinda su rostro.

No es tan perfecta como yo se la cuento. Quizás, esos pequeños detalles que no enaltecen su perfección hacen, precisamente eso, que sea única. Como diría Sabina “no era la más guapa del mundo, pero era más guapa que cualquiera”.

Más guapa que ninguna otra que haya mirado. La única que con una mirada, entre todas las demás, te devuelve a la vida. Ella, que no quería ser más que quien era, se deshizo un día entre mis brazos, y sentí que se iba un largo tiempo, demasiado, el suficiente para olvidarla.

Pero volvió, y al verla, mientras deslizaba mis labios por el filo de su rostro, le susurré: “azul, cielo”. Dos palabras incapaces de englobar todo aquello. Pero eran los dos únicos términos que me permitían acercarme a ella. Azul, por el mar de sus ojos. Cielo, por el de su boca, ese en el que tantas noches quiso que nos encontrásemos.


Azul, cielo. 

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