Puedo
pasar horas contemplando su rostro. Desdibujando una y otra vez cada uno de sus
rasgos. Encontrando nuevos recovecos, donde esconderme si arrecia la tormenta.
Me encanta pasear mi mirada por el lienzo aún por descubrir que me brinda su
rostro.
No
es tan perfecta como yo se la cuento. Quizás, esos pequeños detalles que no
enaltecen su perfección hacen, precisamente eso, que sea única. Como diría
Sabina “no era la más guapa del mundo, pero era más guapa que cualquiera”.
Más
guapa que ninguna otra que haya mirado. La única que con una mirada, entre
todas las demás, te devuelve a la vida. Ella, que no quería ser más que quien
era, se deshizo un día entre mis brazos, y sentí que se iba un largo tiempo,
demasiado, el suficiente para olvidarla.
Pero
volvió, y al verla, mientras deslizaba mis labios por el filo de su rostro, le
susurré: “azul, cielo”. Dos palabras incapaces de englobar todo aquello. Pero
eran los dos únicos términos que me permitían acercarme a ella. Azul, por el
mar de sus ojos. Cielo, por el de su boca, ese en el que tantas noches quiso
que nos encontrásemos.
Azul,
cielo.
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