Rozó
su cara con sus dedos, estaba helada y sonrojada. No podía dejar de mirarla ni
podía parar de pensar en que aquella podía ser la última vez que la viese. Sus
ojos, azules, enormes, llenos de historias, risas y llantos. Perfectos. Su
sonrisa, su tristeza, todo en ella era magnífico. Volvió a acariciar su cara,
secó una de sus lágrimas y robó un beso, solamente uno, el primero, el último,
el único, el mejor.
Ella
le mordió el labio, apretó fuerte, no quería dejarle ir. Aquel beso se alargó
en el tiempo, todo parecía haberse detenido, pero no. Llegó el final, el adiós.
Él cogió su maletín y su americana, la puso sobre su hombro y se alejó por la
calle, caminando.
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