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27.4.14

Cerrado por derribo

Hace un par de horas que me he levantado, y apenas recuerdo nada. De pronto, una serie de imágenes comienzan a inundar mi cabeza, se repite una figura de mujer en todas ellas. Parece joven, incluso para mí, y demasiado guapa, sobre todo para mí. No puedo ver más que burdas copias mentales que se apilan una tras otra en un rincón de mi cabeza. Necesito más detalles.

Imposible. Llevo horas recibiendo esas malditas fotografías y aún no he podido descubrir quién es. Decido buscar entre el caos habitual de mi habitación mi dichoso Smartphone, si, ese que se pasa el día en el enchufe, supongo que conocéis esa sensación de tener un móvil, pero no poder moverse…

¡Sorpresa! Aún tiene algo de batería. Manejo torpemente mi teléfono para encontrar las imágenes que guardo en él, busco, casi desesperadamente a alguien que se asemeje a ella. Nada. No hay nada. Maldito trasto. Bueno, tras no encontrar absolutamente nada en ningún lado, decido dejar que me sorprenda mi maravillosa… mente.

El día se encamina a su ocaso, y yo, observo a la gente desde mi balcón, nada de la misteriosa chica con la que mi cerebro me atosigó horas atrás. Veo pasar cantidad de gente, sola, demasiado acompañada, pensativa, perdida, gente que busca respuestas, y gente que necesita preguntas… de todo.

Noche. Por fin. Ese momento, en el que nada importa, cierras los ojos, y allí está de nuevo, a gritos, me susurra su nombre. Me pierdo entre las palabras, no sé quién es, pero espero que ella sepa quién soy yo. Si es necesario me encontrará. Lo sé.

Ahora sí que puedo verla con nitidez, es morena, su pelo es liso, aunque cuando sopla el viento dibuja unas ondas, que se asemejan a un mar enfurecido. Sus ojos, totalmente verdes, extraterrestres. Escucho son sonrisa y veo cómo se ríe.

No tengo dudas. Es ella. Y me quedo allí… como diría Sabina, cerrado por derribo.


23.4.14

Queriendo a morir

Rebuscó entre los bolsillos de su chaqueta de cuero, y encontró, un paquete de tabaco medio vacío. Lo golpeó contra la pierna que tenía apoyada sobre la pared, para poder empujar a uno de los últimos supervivientes hasta el exterior. Cuando lo consiguió, se acercó el paquete de tabaco a su boca, y atrapó entre sus labios el cigarrillo. Guardó, sin demasiadas ganas el tabaco, ahora, se palpaba, nervioso, los bolsillos exteriores en busca de algo con lo que poder encender el cigarro que sostenía en su boca. Lo encontró, un viejo mechero con el que había recorrido medio mundo, y apenas recordaba su existencia. Le costó conseguir que le diese una llama decente, pero lo consiguió.

Apenas un par de caladas después, la vio llegar. Puso cara de no saber nada, y siguió, más atento al cigarro que a lo que se avecinaba. Ella, dispersa y nerviosa por su presencia, se acercó lentamente, pero con paso firme hacia aquel tipo duro, que solo tenía, de duro, aquella chaqueta que lo envolvía.

Sus miradas no se cruzaron durante esos cinco segundos, eternos, que tardaron en juntarse. Ella, lo miró, sorprendida. Él, la miró, nervioso. El saludo fue tan titubeante, como sus dos almas. Apenas cinco pasos bastaron para darse el segundo beso, queriendo, sin querer.

Ni se miraron en aquel tímido beso, que selló, con algo más que los labios, aquello, que ninguno de los dos sabía. El mundo, se paró un momento, el sabor de aquel cigarro en su boca, se volvió, un dulce rumor de fresas en la de ella.

No quedó ahí, apenas unos metros más lejos, entre unos muros, decorados con ese arte urbano que caracteriza nuestras ciudades, encontraron el lugar más hermoso del mundo. Y, tras una maratón de besos, ella, esbozó en sus labios, como si de un olvido se tratase, un tímido “Te quiero”. Él, sorprendido por esas dos palabras que te pueden matar, y por las que puedes morir, dijo: “yo, también”.

Falso. Sin contenido. Ella, se contuvo la risa tonta que le provocaba oír esas palabras de su boca. Siguieron a lo suyo, desdibujando algunas pintadas de las paredes a golpe de besos, caricias y cariños.

Duró semanas, quizá meses, o puede que no haya terminado, es más, puede que vuelva. Pero se gastaron sus labios, se rompieron en mil pedazos sus esperanzas y se acabó. Un beso, tras otro, y el último, cubierto de lágrimas, el más dulce y fatídico de todos…

Él, roto por dentro, pero firme y de hielo por fuera. Comenzó a embozarse cada día más en esa chaqueta mágica, que tanto le recordaba a ella. Se abrigaba con el humo de sus cigarros, y se abrazaba a cualquier vaso, que le diese un poco de calma.

Ella, desolada, pasaba las horas contemplando la vida, y la triste realidad. Sola. Desamparada, y rota por su ausencia. Buscaba en su cabeza viejos recuerdos, que tan sólo hacían que recordase una realidad disuelta por la lluvia. Lágrimas de amor, de tristeza, de soledad.

Así, buscando lo imposible, acercando lo irreal a este mundano lugar. Puede, que si pasan por ahí, donde desdibujaron las paredes, aún les vean, son dos, o tan sólo uno, y puede que se estén queriendo a matar, pero en realidad… se están matando de amor.



22.4.14

De esos...

“Hay besos de esos que te los dan, y resucitan a un muerto”

Eso dice el maestro Sabina, y la verdad es que no le falta razón. Perdido entre sus labios, luchando contra la gravedad, de quererla querer, y contra la infinidad de razones que me decían que era un mal papel el que me quería jugar en su boca…

Me colgué de sus labios, de sus manos y hasta de sus engaños. No podía, no quería y no sé si debía, pero la quería sin motivo. Y quería querer hasta sus mentiras, pensando que podía creer.

Y sus labios, que hacen prisioneros cuando los rozas en un suspiro, me querían aquel día, y ninguno más.

Besos de esos, que te matan si te mueres, que te viven y te encuentran si te pierdes… besos de esos, que solo ella da.


21.4.14

A veces...

“Hay abrazos que te devuelven la vida, que te recargan las pilas con tan sólo unos segundos. Puede que no sea el tipo que más sabe de esas cosas, pero sé, que unos segundos en brazos de quien lo merece, vale más que cualquier medicina, médico o botella”.

Ella, es una combinación perfecta entre las mejores virtudes y los más bajos instintos del ser humano. No es nada del otro mundo, pero es lo mejor de este. No copa portadas de la prensa rosa, ni aparece en fotografías del mundo de la moda. Pero, aparece en las mejores fotografías de mi vida.

No es solo una mujer, son tantas, que cada día puedes encontrar a una distinta. Puede que ni tan siquiera exista esa a la que yo tanto anhelo, pero sin duda, existe esa por la que me desvelo.
Sus ojos, profundos como el océano pacífico, surcados por miles de historias, que más de una vez, acaban convirtiéndose en una de esas lágrimas traicioneras, que la hace llorar, tan sólo por el placer de poder recorrer su rostro, y precipitarse al vacío.

Sus labios, tan callados, tan rotos, tan de otros… Esbozados levemente en su cara, queriendo desaparecer, jugando a querer, y queriendo ser principio, fin e intermedio, en esta tragedia que es el amor.

Es, sin duda, un ángel caído. Una dama, que vaga por entre la gente, buscando un alma que sea capaz de completar la suya. Demonio, que busca, en labios de otros, recomponerse de sus lágrimas. Te atrapa con su mirada, te embelesa con su piel, y te devora. Hace que te pierdas entre sus piernas, que la encuentres en el fondo de un vaso, o entre los cristales rotos de una botella.

Así, es ella.




20.4.14

Ellas...

Rota por el silencio. Sus labios sellados por las cicatrices del tiempo. Sus ojos, rasgados de tanto llorar por quien no debía. Sus sentidos, sentados, cansados de tanto amar por amar, sin querer, por querer demasiado.

El torso, desdibujado entre las nubes de su cuerpo, negras, de tormenta constante sobre su dulce piel. La piel, surcada por las heridas que dejaron otros al querer, o al no querer. Y entre sus piernas, vagan los recuerdos de aquel, que no pudo ser…

Sus ojos negros, negros como si se los hubiese dado el demonio. Unos ojos negros, endemoniados, para un ángel. Simpática contradicción la suya. La voz rasgada, curtida en mil batallas en las que las palabras, más que liberarla, la hacían más esclava. Desde aquel momento, las odiaba, apenas las pronunciaba. Decía más con un gesto o una mirada, que con una palabra bien pronunciada.

Besaba sin compasión, con emoción. Besaba. Por amor. Creía en querer, y no saber muy bien por qué. Sabía perder, pero nunca aprendió a ganar.

Rota por las costuras de su espalda, cosida a base de golpes. Curada con sueños, y calmada con los pies en el suelo. Así.

Esa era ella, o es, o quizá nunca haya sido. Ahora mismo, se está poniendo su vestido negro, unos zapatos de tacón, con los que ir marcando el camino, y se ha maquillado. Se ha pintado los labios, dispuesta a besar sin esperar algo más. Sus ojos, gritan mírame, y su sonrisa la delata. Hoy va a matar, y a morir. Pero… no será por ti.

La perdiste, cuando te dijiste, aquella frase del maestro Sabina: “cuidado chaval, te estás enamorando”, con la siguiente, te inmolaste, sin saber que ella, mataría por ti. Te dijiste que: “enamorarse más de la cuenta era una mala inversión”. Tan mala era, que ahora, ni mata, ni muere, ni quiere, ni puedes. La próxima vez, piénsalo bien, quizás morir por el amor de una mala mujer, merezca más la pena que vivir sin el amor de una buena…

A ella. A ellas. A todas.

A ninguna.

“Amar por amar, querer por querer. Yo ya no quiero, más que verte para saber que pudo ser…”