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20.11.15

Arte

Por amor al arte nos encontramos, abarrotados de falsas esperanzas de encontrar lo que no debíamos buscar. Y acabamos, amándonos, buscándonos, comiéndonos hasta los puntos suspensivos de cada párrafo, durante tantas noches que me lo acabé creyendo, nos habíamos hecho arte.

Más que arte, lo mío era encontrarte y despertarte, amanecer, con tus pechos pegados a mi espalda, con tu nube de pelo ensombreciendo mi mirada, y contigo, así, a mi lado. Tú buscabas en calor en cada recoveco de mi piel durante todas las noches, yo buscaba tus fríos pies para poder calmar el calor, y así, de alguna manera también caminábamos juntos a convertirnos en arte.

Pero el arte es efímero, igual que el caminar de mis dedos sobre tu espalda, o el besar cada lunar de tu cuello. Y como toda obre de arte, tras un bonito auge, nos convertimos en un vago recuerdo del que no quedó nada más que una amplia cicatriz en unas sonrisas distraídas y algún que otro rastro de sangre en un par de corazones que no dejan de bombear recuerdos que tan sólo hacen mal.

Así acabo nuestra historia del arte. Te rogué, que a la mayor brevedad posible volvieras por aquí, que nos dejamos un par de trazos por dibujar en el lienzo, y si hubieses querido, podríamos haber pintado otro nuevo, con otras historias, pero tú, aquí conmigo, los dos, casi como antes…

Estamos colocados en esa galería de dulces recuerdos que se tornan mucho más amargos con el paso del tiempo. Pero es lo que tiene el arte, que para unos el placer es crear y para otros contemplar, pero cuando esa conexión se diluye, tan sólo es eso, una locura de algún artista que se dejó seducir por el arte que todo esconde.

Ya no vuelvas. Te he olvidado por completo, y aunque trates de hacerme recordar, quemé todos nuestros recuerdos. Te escribí hasta la saciedad y te vacié por completo, para no tener que darme cuenta jamás de todo lo que me perdí por ti. Y ahora que ya no estás, lo veo todo más claro, y hay mucho que des cubrir ahí fuera, supongo que con cualquiera se puede hacer arte, pero no es posible que cualquiera, me haga olvid(arte).


Por amor al arte, a encontrarte, a calmarte, a abrazarte, a no querer olvidarte, a besarte, a rasgarte las heridas, a calmarte… por todo eso, fuimos arte. Y ahora para poder olvidar, sólo me queda cicatriz(arte). 

17.11.15

Conquistar una lengua muerta (IV)

DE SUS IDAS…


Desapareció. No supe el porqué de esa espontánea desaparición suya. Supuse que aquel beso no estaba programado en su agenda (que si no lo saben, es una palabra de origen latino, que significa “lo que hay que hacer”), y todo aquello había provocado una revolución para la que ni ella ni yo estábamos preparados.

Vera. Una luz brillante de color rojo en la parte superior del móvil me alertaba de su mensaje. Decidí, de nuevo, resistir la tentación, y tardé un par de horas en responder.

-         Hola Leo, lo siento, pero necesito mi tiempo. – Vera; 00:16; 14/05
***
-         ¿Cómo te va? – Vera; 13:25; 19/05
***
-         ¿Estás bien? – Vera; 23:30; 22/05
***
-         ¿Sigues acordándote de mí? – Vera; 16:54; 01/06
***
-         Hoy te echo de menos. – Vera; 19:00; 08/06
***
-         Me gustaría verte. – Vera; 03:55; 09/06
***
-         Necesito verte. – Vera; 07:00; 13/06
***
-         ¿Seguro que va todo bien? – Vera; 12:25; 13/06
***
-         ¿Nos vemos esta semana? – Vera, hace unos segundos.
***
-         Sí, hoy a las doce, en el bar donde trabajo, ya sabes dónde es, estaré cerrando, llama al llegar. – Leo. 14:00; 18/06

No entendía todo aquello. Quizás verla me aclarase algo de lo que había sucedido.


… Y SUS VUELTAS


Ansiaba que llegase la hora del cierre para verla de nuevo.

Estaba limpiando la barra cuando alguien golpeó la persiana metálica, tres golpes, supuse que era ella. Llegaba tarde. Me sequé las manos en la impoluta camiseta blanca que escondía bajo el uniforme y me acerqué hasta la puerta.

Unas bailarinas blancas se asomaban bajo la persiana, unas piernas al descubierto se dejaron entrever a continuación, y tras pasar sus rodillas una falda de color rosa se adivinaba cubriendo parte de sus piernas. En sus manos, un pequeño bolso de un color tierra claro, asido por una pequeña cinta y sujeto con ambas manos contra su vientre, esperaba sobre el fondo, también blanco de una camiseta de encaje de manga larga. Y  tras toda ella, ella de verdad. Los labios perfilados y resaltados con un pintalabios rosa, de una tonalidad similar a la de su falda, y sin más adornos, sus ojos, el pelo suelto anticipando su perfil, y los ojos azules, sin apenas maquillaje. Espléndida, tal y como la recordaba.

Me giré con cierto aire de desdén mientras ella exhalaba un hola levemente audible. Me acerqué de nuevo a la barra y lancé lejos la bayeta con la que había estado limpiando. Bajé de la barra un par de banquetas, y las puse una frente a otra, di un par de palmadas sobre una de ellas para invitarla a que se sentase. Mientras tanto, me colé hasta el interior de la barra y observé como avanzaba tímidamente hasta el sitio que deliberadamente le había asignado. Eligió la banqueta contraria a la que le indiqué.

-         ¿Quieres algo? – pregunté decidido. Mientras miraba las botellas que se disponían ordenadamente en los estantes detrás de la barra.
-         Quiero… – dudó un momento- … un gin-tonic.

Alargué el brazo para elegir la mejor ginebra que teníamos. Y saqué del frigorífico una tónica y un refresco. Alcancé una copa, puse un puñado de hielos y mezclé la ginebra y la tónica, sin adornos. Le acerqué la copa y dejé la lata de refresco junto a ella.

-         ¿No bebes conmigo? – preguntó curiosa.
-         No, tengo que conducir después. – dije mientras miraba de soslayo la moto que se veía aparcada frente al bar.  

Me acerqué a la puerta, y bajé la persiana de nuevo. Por último, restregué mis manos por los pantalones para secarlas y me senté a horcajadas sobre la banqueta.

-         Tú dirás. – le espeté, nada más sentarme.
-         Bueno… verás, lo cierto es que…
-         Lo cierto es que no sabes que decirme. No te preocupes, busca las palabras.
-         No esperaba que sucediese todo aquello, no de esa manera y no tan pronto.
-         ¿Y no te gustó? – dije en un tono socarrón.
-         Sí. – afirmó mientras se tapaba la boca con su bolso de camino a la barra, y se ruborizaba.

No pude evitarlo, fue un impulso. Antes de que dejase el bolso sobre la barra, salté de la banqueta y me puse frente a ella.

Deslizó sus manos hasta mi torso. Nos miramos. Su sonrisa se había descolgado de sus labios, y sus ojos azules brillaban. Me lancé a morder su labio inferior. Hizo lo propio cuando me tuvo a su disposición.

La levanté de la silla, y en mis brazos, avanzamos hasta el fondo del bar. Sus manos, perdidas en mi pelo, las mías, aferradas a la parte inferior de sus muslos. Nos habíamos encontrado con la boca, una y otra vez, sin cesar.

Tras unos escasos pasos, la senté sobre una mesa. Colocó sus manos bajo mi camiseta y se deshizo de ella. Me atrajo hacia sí, y me beso. Fuerte y apasionadamente. Yo levanté su camiseta, su melena, descolocada por la acción invadió su rostro.  Aparté sus cabellos para encontrar sus ojos. Y allí estaban, perplejos, mirándome. La besé, me besó, nos besamos, y de nuevo, todo el proceso.
Se deshizo de mi cinturón, yo de su falda, y allí nos quedamos. El uno frente al otro, medio desnudos y ruborizados.

Desabroché su sujetador mientras ella me besaba, besé su cuello, baje caminando hasta sus pechos, recorriendo aquel largo trecho con mis labios. Era perfecta. Recorrí cada recoveco de su piel con mis manos. Nos quisimos, varias veces, entre mis brazos y sus piernas, con risas, lágrimas y sudor.

***


Nos dieron las tres de la madrugada, los peinados perfectos eran historia, esa que estaba a punto de comenzar para ambos. Terminé de organizar todo aquello que se había desordenado y salimos del bar. Hacía bastante calor aún. Montamos en mi moto y conduje durante un largo rato.

14.11.15

Conquistar una lengua muerta (III)

LA SEGUNDA PRIMERA VEZ


Nos citamos aquella misma tarde. Comencé a comprender que si quería algo, tenía que ser en ese momento. Aunque a veces se dejaba llevar.

Entré a la ducha, de nuevo, para poder asimilar todo aquello. El agua recorría mi rostro y todo mi cuerpo. Medité durante unos minutos bajo la tibia agua. Me enfundé unos vaqueros negros, anudé unos zapatos de color negro, también, relucían. Abotoné, nerviosamente, una camisa blanca, los primeros seis botones en orden ascendente, luego los dos que afianzaban el cuello y por último los puños, primero el derecho, después cerré mi reloj sobre mi muñeca izquierda y anudé ese puño. Seleccioné, sin mucha atención, una americana del armario, la dejé sobre la cama, también era negra.

Fijé mi alborotado cabello con un poco de gomina. Vaporicé un poco de colonia sobre mi cuello y mis muñecas. Cogí la americana que estaba sobre la cama, abandoné el dormitorio y así los bolsillos de mi pantalón. Vacíos. Busqué sobre la mesa del salón y sobre el sofá, allí estaba el teléfono. Volví a la habitación y en el primer cajón de la mesilla, encontré mi cartera de piel, negra. Revisé que tuviese todo lo que necesitaba aquel día. En la cerradura estaban las llaves, las agarré fuertemente y le di dos vueltas hacia la izquierda para abrir. Antes de sacar las llaves de la cerradura, me puse la americana, abroché los dos botones y me cercioré de que todo estaba perfecto, mirándome de soslayo en el espejo que tenía en la entrada.

Abrí la puerta, saqué las llaves de la cerradura. Cerré con un leve golpe y giré de nuevo las llaves un par de veces en el sentido contrario. Baje las escaleras, cuatro pisos, las dos últimas antes de llegar al portal, con un salto. Brillaba el sol, y mi sombra se desdibujaba entre los azulejos de la entrada del edificio.

Era primavera. Me sobraban más de diez minutos, aminoré la marcha y aproveché para reconocer su foto en aquella aplicación de mensajería que había tendido puentes entre ella y yo aquella mañana. Tan perfecta como la recordaba.

Miré la frase que había puesto junto a su foto. “Nihil novum sub sole”. Sin duda, bajo su sol no habría cambiado nada, pero bajo el mío, estaba la reina del latín.

La espera fue eterna, pese a su puntualidad. Se presentó allí, con un vestido, unas botas negras y sus ojos azules. Y se me cayó el alma, a sus pies, rendida. Dos besos tímidos, unas miradas nerviosas y un silencio tenso.

Ella se decidió y se aferró a mi brazo derecho. Caminamos con paso firme y la mirada alta hasta la entrada de la estación. No nos dirigimos la palabra hasta que nos sumergimos de lleno en aquel continuo vaivén de gente, que se dirigía ensimismada hacia su destino. Decidimos montar en la línea cinco, no teníamos un destino fijo, pero acabamos bajando del metro un par de paradas antes de llegar a la Sagrada Familia.

El viaje no fue demasiado largo, e intercalábamos miradas con largos silencios y alguna que otra conversación que nos permitió, a grandes rasgos, conocernos un poco más, aunque acabamos tomando la determinación de no descubrirnos demasiado, hasta que no llegase el momento.

Tenía una sonrisa brillante, completamente oculta por momentos, que se desvelaba ante mis ojos, cuando quería que desapareciese todo lo demás.

Caminamos un breve rato hasta llegar a la Sagrada Familia. Entramos a comprar un par de helados artesanales, el suyo de pistacho y el mío de chocolate. A pesar de ser primavera, el sol calentaba algo más que los huesos, quizás también se debiese a su presencia. Nos sentamos a mirar la Sagrada Familia. Esa obra inconclusa se antojaba tan complicada como ella, y eso que tan sólo había comenzado.

Después, nos perdimos por las calles, y nos dirigimos secretamente hasta el Parque Güell. Apenas quedaba gente, el sol estaba cayendo sobre la ciudad y a nosotros nos quedaba aún alguna que otra aventura por delante.

Nuestras manos se rozaron, desesperadas por encontrar el calor del otro entre los dedos. Y ella, ante aquel acto involuntario, salió corriendo y comenzó a desdibujarse entre las columnas del parque. La perseguí tímidamente. Tras la última columna, ella jugó a ir de un lado a otro. Acabamos el uno frente al otro, con la luz del último sol del día bañando nuestros rostros, y nuestras sombras, ya unidas en la penumbra, nos impulsaron a juntar nuestros labios.

Los suyos estaban húmedos y resbaladizos, los míos secos y resquebrajados. El primer beso. Abrí los ojos, y allí estaba ella, mirando mis gestos mientras nos besábamos, mantuvimos la mirada, pero al final, bajo los párpados. Era el principio del fin.

Silencio. Eso es todo lo que queda cuando algo que esperas se convierte inesperadamente en el suceso más relevante del día. Nos dimos la mano. Y desde aquel momento supe que si tenía que soltarla algún día, iba a querer recuperarla.

Hablamos mucho de vuelta al punto de partida. Nos comimos las historias de los labios, y nos recreamos en nuestras cicatrices, que curiosamente dolían bastante menos confesándoselas a ella.


De nuevo, el principio. Nos despedimos en el mismo lugar, un par de besos entrecortados por un leve rubor en las mejillas de los dos, unas cuantas miradas que anticipaban guerra y miedos, y unas últimas miradas, desde la distancia. Nos perdimos de vista.

12.11.15

Conquistar una lengua muerta (II)

LA PRIMERA VEZ


Nos encontramos de casualidad, como quien se agencia unas monedas caídas en el suelo. Ella iba, yo vagaba. Y el maldito destino, nos chocó de bruces. El uno frente al otro.

“No te conviene en absoluto” – me susurró la voz de la experiencia, que siempre me acompañaba cuando el destino no quería dejar de enmarañar mi maltrecha vida. Esa voz es de Lucas, un tipo con suerte, que tiene a Sofía.

Me quedé colgado de aquellos ojos. Apenas cambiamos un par de palabras, rotas por los nervios, llenas de incoherencia. Me adelantaron por la derecha algunos de esos que se hacen llamar mis amigos, y en la noche, perdí de vista sus pupilas, pero jamás dejé de recordarlos.

Supongo que esa misma noche ella acabaría sola o con cualquier tipo que hubiese querido. Yo, terminé hastiado, lleno de dudas y de su recuerdo. Ya no pude borrarla de mi cabeza.

Y la mañana siguiente, devastadora. Encendí ese rectángulo, del que algunos no pueden separarse porque afirman que guardan su vida entera, eso a lo que algunos siguen llamando móvil, o Smartphone. Más bien es un escudo, anti vergüenza y un arma bastante útil cuando se te da mejor escribir que hablar, como es mi caso. Pero volviendo a lo que nos ocupa, encontré un mensaje suyo nada más conectar el dispositivo. Me deshice en cuanto pude de él, lo abandoné sobre lo que quedaba de mi cama tras la inhóspita noche anterior y me di una ducha.

Tomé un café bien cargado, para poder asimilar que la mujer de la que me había quedado prendido la noche anterior me había escrito. A mí. Sí, al tipo que balbuceó un puñado de palabras inconexas y que parecía un auténtico estúpido intentando hacerse el interesante. Pues me escribió.

El mensaje no era gran cosa, aunque cuando no estás acostumbrado a este tipo de asaltos y entradas brutalmente inesperadas, cualquier cosa es demasiado.

“Hola Leo, le pedí tu número a Sofía. Soy Vera, y tan sólo quería decirte que estoy encantada de haberte conocido, aunque me gustaría conocerte más” – algo así rezaba la pantalla luminosa cuando fui capaz de leer al completo lo que se me venía encima.

Vera. Tardé varias horas en decidir que poner. Me decanté por la opción más sensata: “Hola Vera, yo también estoy encantado” – sí, mi capacidad de síntesis y de expresar ciertas cosas es muy amplia, no hace falta que me lo digáis.

¿Cómo podían haberle dado mi número sin antes preguntar? ¿No me dijo Lucas que aquella chica no me convenía? ¿Por qué demonios yo?

Volvieron sus ojos, y los dibujé en uno de esos enormes cuadernos en los que esbozaba ideas, historias, imágenes o que simplemente garabateaba en busca de inspiración.


Una luz parpadeó de nuevo en el teléfono. Temía que fuese ella, pero lo esperaba y me temo que empezaba a desear que continuase escribiéndome. Sin más dilación, tras mi amplia y muy deliberada respuesta anterior, descerrajó un disparo a bocajarro. Quería que nos viésemos de nuevo. En algún punto inconcreto de Barcelona. Me dijo que la sorprendiese, y como mi capacidad para sorprender, a menudo era completamente nula, la cité en la estación de Sants. 

8.11.15

Conquistar una lengua muerta (I)

HASTA ENCONTRARTE


Hasta encontrar a aquella reina del latín, el camino fue largo y farragoso, pero supongo que siempre tenemos que reconstruir nuestras propias cenizas para poder salir del barro y resurgir. Todo por encontrar la luz.

El barro siempre me rodeó, alguna vez hasta me encontré cómodo en él, pues cuando no cesas de caer una y otra vez, decides que no levantarse es la mejor opción. Y ese maloliente barro, repleto de hojas caídas, parece un buen hogar cuando no se conoce nada mejor.

La búsqueda, comienza aunque uno no lo quiera, porque parece que estamos programados para encontrar a alguien. Aunque ese alguien no exista, y dejemos de buscar, el mundo seguirá girando hasta hacer que nos encontremos de bruces con el destino. Y sí, creo que cada uno de nosotros debe forjar su propio destino, y también debe crear su propia suerte, pero por desgracia no siempre es posible. Así que llegará. La certeza de no saber cómo ni cuándo, tan sólo hace que la espera sea más amena y trepidante.

Temo irme por las ramas, pero siempre me gustó contar historias. Y esta, aunque me temo que es sumamente breve, porque la vida así lo quiso, es una de esas historias que uno tiene que contar.

Como les decía, la búsqueda innecesaria e infructuosa durante largo tiempo, me hizo encontrarme con la que desde entonces, y para siempre, será la reina del latín. Pero antes de ella, yo ya era, aunque creo que muchas veces ni siquiera estaba.

Me llamo Leo, soy un tipo cualquiera, de más de dieciocho y menos de treinta, que hace cerca de cuatro años que vive en Barcelona. Y mi historia no es mucho más interesante que la de cualquier otro, o bueno, mejor dicho no era más interesante, hasta que conocí a esa reina del latín. Esa que han leído ya un par de veces, pero de la que apenas se pueden hacer una idea.

Pues bien, la reina del latín, se llama Vera. Y está, por suerte o por desgracia asociada al resurgir y posterior decadencia de mi persona y de mi mundo, que hasta ese momento en el que nos conocimos, estaba totalmente en ruinas.

Ella es  todo lo que yo no era. Sus cabellos rebeldemente largos e irreverentes, todos completamente negros, afilados y ordenados dentro del caos, para poder perfilar sus labios, todos sus rasgos y sus grandes ojos. 

Estaba rota por muchas de sus costuras, pero aun así era la mujer más hermosa del mundo. Sus ojos eran azules, sus pupilas estaban cansadas, los párpados rotos por las miradas que había perdido en todos aquellos años. Sus rasgos esculpidos por el mismísimo Miguel Ángel, parecían haberse roto con la esquina de algún sueño incumplido. 

Y por último, su boca, fuente de inspiración de cualquier poeta, era una llave a un paraíso que estaba regentado por un puñado de besos malhumorados rotos entre los dientes, y tenía vistas al cielo y al infierno, el de su boca.

Su figura esbelta, recalcada por unos tacones eternos en sus pies. Su ruido me acompañó durante algunos meses. Y todo ella, era aquello. Un cúmulo de malditas casualidades conjugadas en una reina. 

La reina del latín.


Era todo lo que podía pedir, y fue todo lo que me pude permitir. Porque, les debo advertir que puede que se queden colgados de sus pupilas, de sus prominentes caderas, de las risas de sus piernas, de las prisas de sus pausas o de los abismos de sus clavículas. Porque siempre que mira, mata. Y siempre que mata, lo hace por amor.