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8.11.15

Conquistar una lengua muerta (I)

HASTA ENCONTRARTE


Hasta encontrar a aquella reina del latín, el camino fue largo y farragoso, pero supongo que siempre tenemos que reconstruir nuestras propias cenizas para poder salir del barro y resurgir. Todo por encontrar la luz.

El barro siempre me rodeó, alguna vez hasta me encontré cómodo en él, pues cuando no cesas de caer una y otra vez, decides que no levantarse es la mejor opción. Y ese maloliente barro, repleto de hojas caídas, parece un buen hogar cuando no se conoce nada mejor.

La búsqueda, comienza aunque uno no lo quiera, porque parece que estamos programados para encontrar a alguien. Aunque ese alguien no exista, y dejemos de buscar, el mundo seguirá girando hasta hacer que nos encontremos de bruces con el destino. Y sí, creo que cada uno de nosotros debe forjar su propio destino, y también debe crear su propia suerte, pero por desgracia no siempre es posible. Así que llegará. La certeza de no saber cómo ni cuándo, tan sólo hace que la espera sea más amena y trepidante.

Temo irme por las ramas, pero siempre me gustó contar historias. Y esta, aunque me temo que es sumamente breve, porque la vida así lo quiso, es una de esas historias que uno tiene que contar.

Como les decía, la búsqueda innecesaria e infructuosa durante largo tiempo, me hizo encontrarme con la que desde entonces, y para siempre, será la reina del latín. Pero antes de ella, yo ya era, aunque creo que muchas veces ni siquiera estaba.

Me llamo Leo, soy un tipo cualquiera, de más de dieciocho y menos de treinta, que hace cerca de cuatro años que vive en Barcelona. Y mi historia no es mucho más interesante que la de cualquier otro, o bueno, mejor dicho no era más interesante, hasta que conocí a esa reina del latín. Esa que han leído ya un par de veces, pero de la que apenas se pueden hacer una idea.

Pues bien, la reina del latín, se llama Vera. Y está, por suerte o por desgracia asociada al resurgir y posterior decadencia de mi persona y de mi mundo, que hasta ese momento en el que nos conocimos, estaba totalmente en ruinas.

Ella es  todo lo que yo no era. Sus cabellos rebeldemente largos e irreverentes, todos completamente negros, afilados y ordenados dentro del caos, para poder perfilar sus labios, todos sus rasgos y sus grandes ojos. 

Estaba rota por muchas de sus costuras, pero aun así era la mujer más hermosa del mundo. Sus ojos eran azules, sus pupilas estaban cansadas, los párpados rotos por las miradas que había perdido en todos aquellos años. Sus rasgos esculpidos por el mismísimo Miguel Ángel, parecían haberse roto con la esquina de algún sueño incumplido. 

Y por último, su boca, fuente de inspiración de cualquier poeta, era una llave a un paraíso que estaba regentado por un puñado de besos malhumorados rotos entre los dientes, y tenía vistas al cielo y al infierno, el de su boca.

Su figura esbelta, recalcada por unos tacones eternos en sus pies. Su ruido me acompañó durante algunos meses. Y todo ella, era aquello. Un cúmulo de malditas casualidades conjugadas en una reina. 

La reina del latín.


Era todo lo que podía pedir, y fue todo lo que me pude permitir. Porque, les debo advertir que puede que se queden colgados de sus pupilas, de sus prominentes caderas, de las risas de sus piernas, de las prisas de sus pausas o de los abismos de sus clavículas. Porque siempre que mira, mata. Y siempre que mata, lo hace por amor.

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