Seguidores

14.11.15

Conquistar una lengua muerta (III)

LA SEGUNDA PRIMERA VEZ


Nos citamos aquella misma tarde. Comencé a comprender que si quería algo, tenía que ser en ese momento. Aunque a veces se dejaba llevar.

Entré a la ducha, de nuevo, para poder asimilar todo aquello. El agua recorría mi rostro y todo mi cuerpo. Medité durante unos minutos bajo la tibia agua. Me enfundé unos vaqueros negros, anudé unos zapatos de color negro, también, relucían. Abotoné, nerviosamente, una camisa blanca, los primeros seis botones en orden ascendente, luego los dos que afianzaban el cuello y por último los puños, primero el derecho, después cerré mi reloj sobre mi muñeca izquierda y anudé ese puño. Seleccioné, sin mucha atención, una americana del armario, la dejé sobre la cama, también era negra.

Fijé mi alborotado cabello con un poco de gomina. Vaporicé un poco de colonia sobre mi cuello y mis muñecas. Cogí la americana que estaba sobre la cama, abandoné el dormitorio y así los bolsillos de mi pantalón. Vacíos. Busqué sobre la mesa del salón y sobre el sofá, allí estaba el teléfono. Volví a la habitación y en el primer cajón de la mesilla, encontré mi cartera de piel, negra. Revisé que tuviese todo lo que necesitaba aquel día. En la cerradura estaban las llaves, las agarré fuertemente y le di dos vueltas hacia la izquierda para abrir. Antes de sacar las llaves de la cerradura, me puse la americana, abroché los dos botones y me cercioré de que todo estaba perfecto, mirándome de soslayo en el espejo que tenía en la entrada.

Abrí la puerta, saqué las llaves de la cerradura. Cerré con un leve golpe y giré de nuevo las llaves un par de veces en el sentido contrario. Baje las escaleras, cuatro pisos, las dos últimas antes de llegar al portal, con un salto. Brillaba el sol, y mi sombra se desdibujaba entre los azulejos de la entrada del edificio.

Era primavera. Me sobraban más de diez minutos, aminoré la marcha y aproveché para reconocer su foto en aquella aplicación de mensajería que había tendido puentes entre ella y yo aquella mañana. Tan perfecta como la recordaba.

Miré la frase que había puesto junto a su foto. “Nihil novum sub sole”. Sin duda, bajo su sol no habría cambiado nada, pero bajo el mío, estaba la reina del latín.

La espera fue eterna, pese a su puntualidad. Se presentó allí, con un vestido, unas botas negras y sus ojos azules. Y se me cayó el alma, a sus pies, rendida. Dos besos tímidos, unas miradas nerviosas y un silencio tenso.

Ella se decidió y se aferró a mi brazo derecho. Caminamos con paso firme y la mirada alta hasta la entrada de la estación. No nos dirigimos la palabra hasta que nos sumergimos de lleno en aquel continuo vaivén de gente, que se dirigía ensimismada hacia su destino. Decidimos montar en la línea cinco, no teníamos un destino fijo, pero acabamos bajando del metro un par de paradas antes de llegar a la Sagrada Familia.

El viaje no fue demasiado largo, e intercalábamos miradas con largos silencios y alguna que otra conversación que nos permitió, a grandes rasgos, conocernos un poco más, aunque acabamos tomando la determinación de no descubrirnos demasiado, hasta que no llegase el momento.

Tenía una sonrisa brillante, completamente oculta por momentos, que se desvelaba ante mis ojos, cuando quería que desapareciese todo lo demás.

Caminamos un breve rato hasta llegar a la Sagrada Familia. Entramos a comprar un par de helados artesanales, el suyo de pistacho y el mío de chocolate. A pesar de ser primavera, el sol calentaba algo más que los huesos, quizás también se debiese a su presencia. Nos sentamos a mirar la Sagrada Familia. Esa obra inconclusa se antojaba tan complicada como ella, y eso que tan sólo había comenzado.

Después, nos perdimos por las calles, y nos dirigimos secretamente hasta el Parque Güell. Apenas quedaba gente, el sol estaba cayendo sobre la ciudad y a nosotros nos quedaba aún alguna que otra aventura por delante.

Nuestras manos se rozaron, desesperadas por encontrar el calor del otro entre los dedos. Y ella, ante aquel acto involuntario, salió corriendo y comenzó a desdibujarse entre las columnas del parque. La perseguí tímidamente. Tras la última columna, ella jugó a ir de un lado a otro. Acabamos el uno frente al otro, con la luz del último sol del día bañando nuestros rostros, y nuestras sombras, ya unidas en la penumbra, nos impulsaron a juntar nuestros labios.

Los suyos estaban húmedos y resbaladizos, los míos secos y resquebrajados. El primer beso. Abrí los ojos, y allí estaba ella, mirando mis gestos mientras nos besábamos, mantuvimos la mirada, pero al final, bajo los párpados. Era el principio del fin.

Silencio. Eso es todo lo que queda cuando algo que esperas se convierte inesperadamente en el suceso más relevante del día. Nos dimos la mano. Y desde aquel momento supe que si tenía que soltarla algún día, iba a querer recuperarla.

Hablamos mucho de vuelta al punto de partida. Nos comimos las historias de los labios, y nos recreamos en nuestras cicatrices, que curiosamente dolían bastante menos confesándoselas a ella.


De nuevo, el principio. Nos despedimos en el mismo lugar, un par de besos entrecortados por un leve rubor en las mejillas de los dos, unas cuantas miradas que anticipaban guerra y miedos, y unas últimas miradas, desde la distancia. Nos perdimos de vista.

No hay comentarios:

Publicar un comentario