LA SEGUNDA PRIMERA VEZ
Nos citamos aquella misma tarde. Comencé a
comprender que si quería algo, tenía que ser en ese momento. Aunque a veces se
dejaba llevar.
Entré a la ducha, de nuevo, para poder asimilar todo
aquello. El agua recorría mi rostro y todo mi cuerpo. Medité durante unos
minutos bajo la tibia agua. Me enfundé unos vaqueros negros, anudé unos zapatos
de color negro, también, relucían. Abotoné, nerviosamente, una camisa blanca,
los primeros seis botones en orden ascendente, luego los dos que afianzaban el
cuello y por último los puños, primero el derecho, después cerré mi reloj sobre
mi muñeca izquierda y anudé ese puño. Seleccioné, sin mucha atención, una
americana del armario, la dejé sobre la cama, también era negra.
Fijé mi alborotado cabello con un poco de gomina.
Vaporicé un poco de colonia sobre mi cuello y mis muñecas. Cogí la americana
que estaba sobre la cama, abandoné el dormitorio y así los bolsillos de mi
pantalón. Vacíos. Busqué sobre la mesa del salón y sobre el sofá, allí estaba
el teléfono. Volví a la habitación y en el primer cajón de la mesilla, encontré
mi cartera de piel, negra. Revisé que tuviese todo lo que necesitaba aquel día.
En la cerradura estaban las llaves, las agarré fuertemente y le di dos vueltas
hacia la izquierda para abrir. Antes de sacar las llaves de la cerradura, me
puse la americana, abroché los dos botones y me cercioré de que todo estaba
perfecto, mirándome de soslayo en el espejo que tenía en la entrada.
Abrí la puerta, saqué las llaves de la cerradura.
Cerré con un leve golpe y giré de nuevo las llaves un par de veces en el
sentido contrario. Baje las escaleras, cuatro pisos, las dos últimas antes de
llegar al portal, con un salto. Brillaba el sol, y mi sombra se desdibujaba
entre los azulejos de la entrada del edificio.
Era primavera. Me sobraban más de diez minutos,
aminoré la marcha y aproveché para reconocer su foto en aquella aplicación de
mensajería que había tendido puentes entre ella y yo aquella mañana. Tan
perfecta como la recordaba.
Miré la frase que había puesto junto a su foto.
“Nihil novum sub sole”. Sin duda, bajo su sol no habría cambiado nada, pero
bajo el mío, estaba la reina del latín.
La espera fue eterna, pese a su puntualidad. Se
presentó allí, con un vestido, unas botas negras y sus ojos azules. Y se me
cayó el alma, a sus pies, rendida. Dos besos tímidos, unas miradas nerviosas y
un silencio tenso.
Ella se decidió y se aferró a mi brazo derecho.
Caminamos con paso firme y la mirada alta hasta la entrada de la estación. No
nos dirigimos la palabra hasta que nos sumergimos de lleno en aquel continuo
vaivén de gente, que se dirigía ensimismada hacia su destino. Decidimos montar
en la línea cinco, no teníamos un destino fijo, pero acabamos bajando del metro
un par de paradas antes de llegar a la Sagrada Familia.
El viaje no fue demasiado largo, e intercalábamos
miradas con largos silencios y alguna que otra conversación que nos permitió, a
grandes rasgos, conocernos un poco más, aunque acabamos tomando la
determinación de no descubrirnos demasiado, hasta que no llegase el momento.
Tenía una sonrisa brillante, completamente oculta
por momentos, que se desvelaba ante mis ojos, cuando quería que desapareciese todo
lo demás.
Caminamos un
breve rato hasta llegar a la Sagrada Familia. Entramos a comprar un par de
helados artesanales, el suyo de pistacho y el mío de chocolate. A pesar de ser
primavera, el sol calentaba algo más que los huesos, quizás también se debiese
a su presencia. Nos sentamos a mirar la Sagrada Familia. Esa obra inconclusa se
antojaba tan complicada como ella, y eso que tan sólo había comenzado.
Después, nos perdimos por las calles, y nos
dirigimos secretamente hasta el Parque Güell. Apenas quedaba gente, el sol
estaba cayendo sobre la ciudad y a nosotros nos quedaba aún alguna que otra
aventura por delante.
Nuestras manos se rozaron, desesperadas por encontrar
el calor del otro entre los dedos. Y ella, ante aquel acto involuntario, salió
corriendo y comenzó a desdibujarse entre las columnas del parque. La perseguí
tímidamente. Tras la última columna, ella jugó a ir de un lado a otro. Acabamos
el uno frente al otro, con la luz del último sol del día bañando nuestros
rostros, y nuestras sombras, ya unidas en la penumbra, nos impulsaron a juntar
nuestros labios.
Los suyos estaban húmedos y resbaladizos, los míos
secos y resquebrajados. El primer beso. Abrí los ojos, y allí estaba ella,
mirando mis gestos mientras nos besábamos, mantuvimos la mirada, pero al final,
bajo los párpados. Era el principio del fin.
Silencio. Eso es todo lo que queda cuando algo que
esperas se convierte inesperadamente en el suceso más relevante del día. Nos
dimos la mano. Y desde aquel momento supe que si tenía que soltarla algún día,
iba a querer recuperarla.
Hablamos mucho de vuelta al punto de partida. Nos
comimos las historias de los labios, y nos recreamos en nuestras cicatrices, que
curiosamente dolían bastante menos confesándoselas a ella.
De nuevo, el principio. Nos despedimos en el mismo
lugar, un par de besos entrecortados por un leve rubor en las mejillas de los
dos, unas cuantas miradas que anticipaban guerra y miedos, y unas últimas
miradas, desde la distancia. Nos perdimos de vista.
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