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1.5.15

Decadencia, apatía y otras ilusiones.

Hay veces en las que me encuentro a uno de esos tipos decadentes y apesadumbrados, sentados en mi silla. Esa, de un radiante cuero blanco, en la que me dejo caer a resecar mis ojos y cansar mis dedos frente a un ordenador. Y en muchas ocasiones, me poseen sus sentimientos y me alejo de la positividad que me abruma cada mañana antes de salir de casa. 

Comienzo un nuevo día, con una fuerza y una alegría hasta hace unos meses inusitada en mí, pero al caer la tarde y dedicarle un tiempo a las letras, retorna a mis pupilas, la congoja de haber perdido la vida en algunas aventuras poco azarosas.

De nada sirve entregarse al sueño para no pensar, porque es ahí, donde los verdaderos anhelos te persiguen para que cuando estés despierto los puedas luchar. Pero ya no queda ni un ápice de esperanza en la vieja espesura de alguien que carece de sueños y ambiciones.

No les hablo de la lucha interna que supone el levantarse cada mañana de un mundo en el que estás asegurado en esa zona de confort. Les hablo de la incapacidad de luchar por algo que quieres, la certeza de que tirar la toalla es la única opción válida, porque ya no queda nadie que crea en lo que haces, ni uno mismo.

Además, en ocasiones aparece esa dulce ironía que invade la vida, que nos acerca un sueño hasta que lo rozamos con las yemas de los dedos, y en el instante en el que recuperamos la fe y decidimos lanzarnos a por ello, se truncan todas las posibles formas de llegar hasta la utópica realidad que perseguimos.  No podemos juzgar a nadie por perder de vista las metas que nos marcamos, ni a nosotros mismos.

La decadencia de alguien que apenas ha rozado sus límites es tan triste como la pérdida de la ilusión de un niño. Es probablemente un punto de inflexión ese instante, en el que te das cuenta que esa magia que nos hacen creer que existe, es tan sólo un espejismo de una realidad que nos acaba ahogando con esos tintes de mediocridad que tratan de instaurar.

La última tentativa de alcanzar un sueño se erige sigilosa en el horizonte. Es quizás el momento de levantarse, liberarse de esas inútiles ataduras que nos han sostenido al momento que nos acaricia y correr, sin temor, hacia aquello que queremos.


Las expectativas en demasiadas ocasiones distan mucho de ser acordes a la realidad, y en algunas otras, la realidad es mucho mejor que las dichosas expectativas. Vivir el momento para no recordar el pasado y arrepentirse. 

26.4.15

Apatía

Esa apatía desoladora que deja el recuerdo de un amor. Esa es la única sensación capaz de estremecer un dilatado corazón harto de bombear sangre, en la que ella no aparece. 

Pero hay otro gesto que hace temblar hasta el más profundo anhelo de un tipo tan mundano como el sol que nos calienta las heridas, y es cuando ella en la más devastadora inocencia que posee, se dedica a calmar sus labios en las costuras de mi camisa y en las llanuras de un rostro que no ceja en su empeño de sonreír, a su lado.


Llega un día en el que esas trémulas paredes grises que envuelven su habitación, son las únicas que aseguran haber visto sus ojos hinchados, porque un mar de lágrimas surcó sus pupilas. 

6.4.15

Nos(otros)

Del tú y yo al nosotros. Quizás sea imperceptible el cambio que supone separar las dos personas para hacer de ellas una sola, pero todo depende de los labios que pronuncien ese “nosotros”. Puede que les resulte una enorme estupidez que por decir nosotros haya algo más, que no lo hay, pero considerar a dos personas como una unidad, tan sólo refuerza la idea positiva que tienes de quien lo dice.

Y ese “nosotros”, que por suerte se aleja de aquel tú y yo del principio, tan sólo se ha convertido en un verla amanecer cada día, con su pelo revuelto por las inclemencias de la noche, su rostro dormido, y sus ojos medio despiertos, mirando, a un tipo que ahora también es parte de ella.

La ecuación es bastante simple, bastan dos personas para poder hacer una pareja. Y no hay que ser una pareja para que sea un nosotros. A veces, desnortarse, es una buena opción para poder encontrar el camino correcto, y en esa búsqueda de un nosotros, en la que no importe ni el ella ni el tú, el camino, entre dos es más simple.

Ya apenas queda nada de esos pechos perfectos en los que desencajé las costuras de mi maltrecho y curtido corazón, tampoco de esas caderas tan sumamente angulosas que me costaron más de un puñado de caricias hasta poder llegar a su cima. Y por desgracia, esas afiladas clavículas que tantas veces recogieron mi cabeza, tan desesperadamente inquieta, en esos días de lluvia, también se fueron.

No hay rastro de aquel nosotros, que aún resuena fuertemente en el eco de unos tacones alejándose de un tipo descamisado, sin rumbo y con más penas que tristezas a la espalda. Se fueron esas alas, esos tímidos ojos que miraban mientras veían a través de la infinidad azul que les cubría. Y se fueron, también, aquellos labios rotos por las comisuras de los mordiscos que da la vida a quien no sabe más que querer matando dulcemente.

Dejé tatuado mi nombre en su espalda, con millares de caricias y besos. Marcó su territorio en la mía de tantas noches como pasamos, arañando la superficie para hacernos tocar fondo. Y vaya que si lo tocamos, varias veces, pero solo significaba el comienzo de algo aún mejor. Pero la última vez, llegamos tan alto, que la caída fue insostenible, se rompió la vida en mil pedazos, brotaron de sus pupilas unas brillantes lágrimas de sal, en las que ni yo quería verme reflejado, ni ella quería dejar escapar.

Se acabó, pusimos el punto y final a un nosotros que no podía durar. Acabamos muertos de esa sobredosis de recuerdos tan positivos, que se vuelven negativos por culpa de la puta ansiedad que nos provoca ese cambio estacional, del tú y yo al temido nosotros. Nos cargamos de una responsabilidad innecesaria, nos comimos, a marchas forzadas, una vida que tenía que durarnos cien años. 

Terminamos tan rotos por fuera como por dentro, llenos de un alma que no nos pertenecía, quebrados por ese infinito sexo que nos mortificaba, separaba y unía, al ritmo sordo de un vals que tocaba los últimos compases desafinados de su larga melodía.

Lo peor de todo, es que ese desacompasado ritmo de sus tacones al decir adiós, se quedó grabado en mis pupilas. Su aliento, recorre mis costillas, y ese dulce olor del que no hay dios que se desprenda, me acosa por las noches, alejándome de las pesadillas, acercándome, a esos labios perdidos que ahora deambulan en las costas de nunca jamás.



24.3.15

De olores y recuerdos

A lo largo del día podemos percibir cientos de olores diferentes. Algunos de ellos, se encargan de abrirnos el apetito, o simplemente nos acompañan durante unos instantes, pero hay unos que se dedican a abrir viejas cicatrices en unas clavículas angostas y desvencijadas. Son estos últimos, los más interesantes, pues tienen el poder de trasladarnos a un tiempo en el que vivimos, más o menos felices que ahora, pero que nos duele recordar. Siempre hay que prestar atención al pasado, aunque nunca se debe vivir de él.

Es complicado establecer una relación entre un olor y las reacciones nerviosas que se encadenan en nuestro cuerpo para evocar un recuerdo. Pero una vez que se desata en nuestra mente, parece que esa persona a la que nos recuerda la fragancia que nos ha invadido, camina a nuestro lado, pueden ser tan sólo unos simples pasos, pero son los mejores pasos del día.

Una mezcla entre miel y unas tímidas notas de flores es la fragancia que se apropió de sus recuerdos el otro día. Al principio,  él permanecía impertérrito, ni siquiera se inmutó al percibir ese olor. Sin duda, era ella, como siempre, volvía a ser ella.

La sensación que le produjo ese olor evocado es inenarrable, pero tuvo que pararse en mitad de la calle para poder alejarse de todo aquello que le rodeaba. Volvieron a aparecer esos ojos azules a su lado. Estaba tan bella como siempre, no había cambiado ni un ápice el brillo de su mirada, supuso que era lógico dado que vivía un recuerdo.

Aquella misma tarde tuvo la necesidad de hablar con ella. Y no pudo ni hablar ante su presencia, enmudeció con la primera sonrisa que ella disparó, le sentenció con una de esas miradas llenas de todo que estaban tan carentes de nada. Anticipó bajo aquel vestido las profundas y agudas clavículas a las que tantas veces se había amarrado en noches de tormenta. Y ella, dejó que vislumbrase tan sólo un momento, con sus manos, aquellas caderas en las que había encontrado refugio alguna noche, en la que ella no quería dormir sola y a él no le importaba la compañía.

“Volver a encontrar lo que creíamos perdido, es algo semejante a retroceder en el tiempo a desdibujar en el rostro de alguien una sonrisa perdida. Ella, escondida entre las pupilas de aquel que no sabe nada más que perder, le convirtió en el tipo más desafortunadamente dichoso de ese universo en el que las estrellas aparecían colgadas de unas caderas que tan sólo buscaban un par de noches en vela. Él, tan enamorado de su recuerdo, no pudo contener la respiración para lanzarse a bucear al infierno de su boca. Y al final, ni ella ni él, ni ellos, ni nadie. Tan sólo un par de almas desdichadas que decidieron probar suerte en otros labios”.






18.3.15

La tormenta Perfecta

La tormenta perfecta no existe, la naturaleza ha sido incapaz de crear un acto tan sumamente coordinado y desacompasado como ese que dibujaban sus azules ojos. Esos, que buscaban una paz rota por el silencio de alguien que nunca hablaba demasiado. Aquellos ojos, tenían atados a las pupilas un puñado de buenos recuerdos, que se llenaban de sonrisas en el recuerdo de quien no puede negarse a no olvidar.

Esos ojos, que en cualquier otro rostro tan sólo serían un par de pupilas más, en el suyo eran la conjunción perfecta de miedo y pasión. Se desataba en ellos una reacción en cadena que convertía a un tipo cualquiera en el tipo cualquiera más afortunado del estúpido universo.

Alguien ciego en el país de los tuertos podría haberse enamorado de una mirada como aquella. Y no es que sea difícil, el problema estaba en olvidar todo aquellos para poder dedicarse a la interminable tarea de no poder olvidar lo olvidado.

Era difícil no mirar atrás cuando has estado a su lado, todo aquello te recuerda que puede ser mejor. Quizás ese olor extrañamente conocido de alguien que se pierde entre las calles, y tu ni siquiera conoces, te lleve a uno de esos instantes en los que tan sólo necesitas volver a saber volver a ese momento en el que dijiste demasiado pronto que, quizás.

Y no es que no se pueda no querer olvidar, pero es que es imposible no recordar ese par de pupilas, tan azules como las olas de un mar olvidado en los pensamientos de una mujer cualquiera.

“Lo pintó todo de negro esperando encontrar la soledad en su compañía, negó la evidencia de perder la conciencia. Se marcharon los dos, dejando tras de sí un rastro de sonrisas rotas a contraluz, de fotos emborronadas por las lágrimas de sal de alguien que aún no ha aprendido a perdonar. Puede que esas instantáneas tan frecuentes en las que los dos no eran más que uno, fuesen tan sólo el preludio de una soledad que estaba más allá de lo que los ojos pueden ver. Llegó, se fue, volvió. Y en su alma tatuó un par de besos que encontró perdidos en el camino de un tipo tan corriente, que se volvió, diferente.”