Esa
apatía desoladora que deja el recuerdo de un amor. Esa es la única sensación
capaz de estremecer un dilatado corazón harto de bombear sangre, en la que ella
no aparece.
Pero hay otro gesto que hace temblar hasta el más profundo anhelo
de un tipo tan mundano como el sol que nos calienta las heridas, y es cuando
ella en la más devastadora inocencia que posee, se dedica a calmar sus labios
en las costuras de mi camisa y en las llanuras de un rostro que no ceja en su
empeño de sonreír, a su lado.
Llega
un día en el que esas trémulas paredes grises que envuelven su habitación, son
las únicas que aseguran haber visto sus ojos hinchados, porque un mar de
lágrimas surcó sus pupilas.
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