Hay
veces en las que me encuentro a uno de esos tipos decadentes y apesadumbrados,
sentados en mi silla. Esa, de un radiante cuero blanco, en la que me dejo caer
a resecar mis ojos y cansar mis dedos frente a un ordenador. Y en muchas
ocasiones, me poseen sus sentimientos y me alejo de la positividad que me
abruma cada mañana antes de salir de casa.
Comienzo un nuevo día, con una
fuerza y una alegría hasta hace unos meses inusitada en mí, pero al caer la
tarde y dedicarle un tiempo a las letras, retorna a mis pupilas, la congoja de
haber perdido la vida en algunas aventuras poco azarosas.
De
nada sirve entregarse al sueño para no pensar, porque es ahí, donde los
verdaderos anhelos te persiguen para que cuando estés despierto los puedas
luchar. Pero ya no queda ni un ápice de esperanza en la vieja espesura de
alguien que carece de sueños y ambiciones.
No
les hablo de la lucha interna que supone el levantarse cada mañana de un mundo
en el que estás asegurado en esa zona de confort. Les hablo de la incapacidad de
luchar por algo que quieres, la certeza de que tirar la toalla es la única
opción válida, porque ya no queda nadie que crea en lo que haces, ni uno mismo.
Además,
en ocasiones aparece esa dulce ironía que invade la vida, que nos acerca un
sueño hasta que lo rozamos con las yemas de los dedos, y en el instante en el
que recuperamos la fe y decidimos lanzarnos a por ello, se truncan todas las
posibles formas de llegar hasta la utópica realidad que perseguimos. No podemos juzgar a nadie por perder de vista
las metas que nos marcamos, ni a nosotros mismos.
La
decadencia de alguien que apenas ha rozado sus límites es tan triste como la
pérdida de la ilusión de un niño. Es probablemente un punto de inflexión ese
instante, en el que te das cuenta que esa magia que nos hacen creer que existe,
es tan sólo un espejismo de una realidad que nos acaba ahogando con esos tintes
de mediocridad que tratan de instaurar.
La
última tentativa de alcanzar un sueño se erige sigilosa en el horizonte. Es
quizás el momento de levantarse, liberarse de esas inútiles ataduras que nos
han sostenido al momento que nos acaricia y correr, sin temor, hacia aquello
que queremos.
Las
expectativas en demasiadas ocasiones distan mucho de ser acordes a la realidad,
y en algunas otras, la realidad es mucho mejor que las dichosas expectativas.
Vivir el momento para no recordar el pasado y arrepentirse.
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