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29.11.15

Dejarse ir

Un largo pasillo color crema, con un papel pintado de tonos grises absurdos a media altura, se abre paso ante mis pies. Un silencio rotundo adorna un tibio sol de julio. Tan sólo se oyen unas máquinas que marcan un funesto ritmo, tímidos susurros y algún que otro paso de apesadumbradas enfermeras y personal médico que caminan cabizbajos ante el irremediable final que aguarda a sus pacientes.

Un raudo escalofrío recorre mi cuerpo, mis vellos se erizan, alertándome de que todo aquello no podía ser bueno. Nos paramos en la quinta habitación del ala derecha. La puerta estaba entornada y apenas se apreciaba un leve desgaste en el pomo. Un amplio ventanal, con vistas a un jardín que nadie mira, un maldito tono amarillento desgastado en las paredes, un par de sillas demasiado cómodas para el lugar en el que tenían que ejercer su función, y una cama articulada.

Tan sólo vi caras tristes cuando llegué. Supongo que les daba pena el triste final y las aciagas consecuencias que iba a desencadenar. No pude ver nada más, ni siquiera llegué a doblar la esquina de la habitación para enfrentarme a todo aquello.

Salí rompiendo el silencio con unos pasos acelerados, y acabé encontrándome sólo, en una pequeña sala en la que tan sólo había unas sillas forradas por una tela áspera de color verde, ni tan siquiera había una ventana. Supongo que las ventanas a un jardín daban demasiadas esperanzas a todos aquellos que esperaban un triste final, que no era el suyo pero que se antojaba igual de complicado.

Y la muerte. El jodido final que todos te anuncian y nadie te confirma. Y pasas de arrastrar tus tristes pies por un infernal pasillo que otros tantos han recorrido antes con los mismos sentimientos, a encontrarte en algún sitio demasiado frío en el que insisten en exhibir a aquel que por fin ha dejado de sufrir, para que todos le lloren. Y acabas sintiendo una culpa irracional que no se despega de tus entrañas jamás.

Se acaba. Te olvidan, a ti que te has quedado aquí te olvidan. Quizás la lástima y el recuerdo, junto con los buenos deseos se esfume bajo esas paladas de tierra que sepultan a quien ha sido parte de tu vida.

Al fin y al cabo, morirse no es algo tan grave, simplemente es irremediable. Lo peor, es quedarse, porque los recuerdos invaden todo, el miedo te atenaza, y por un tiempo, que puede ser más o menos largo, dejas de vivir, y eso sí es la muerte.

Así que empieza a vivir, como si todo estuviese a tu favor, recorre ese maldito camino que está tan marcado en el suelo que pisas y logra llegar a lo más alto. No te preocupes si caes, es inevitable, pero mientras quede un ápice de esperanza, demuestra a todos esos que creen que no vales, que eres lo mejor que ha pisado ese maldito suelo que veneran y del que no quieren despegarse.


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