No
quiero que digas nada. Lo diré yo por ti, siempre lo hiciste tú por mí. Por una
vez, no pasará nada. Te diré que esta vez no ha sido suficiente, que llegaste
demasiado tarde como para poder empezar pronto. Puede que ahora mismo no te des
cuenta de nada, y seguro que es mejor así, menos problemas.
Ahora
sí, me miras, y respiro ese dulce aroma que te inunda cada día. Y la verdad, no
quiero otra cosa que no sea ese olor a azahar invernal. Quizás, ahora mismo te
encuentres pensando en ese tipo con el que has cruzado miradas, y has rozado
sus manos. Pero quizás, estés pensando en que aún nos queda un mundo por
descubrir.
Lo
cierto es que no me acuerdo si tienes los ojos azules, marrones o negros. Pero
no dejo de pensar en ese susurro que se desliza por mis oídos cuando estás a mi
lado. Y no te mentiré, no te voy a dejar de querer. Quiero ser esa promesa, que
nunca cumplimos ninguno de los dos.
Ahora
respira. Piensa en eso que no quieres repetir jamás. Y escribe (me). Solo
busco, encontrarme contigo una de esas noches en las que no buscamos más que
encontrar la mañana, y seas tú, la única que me entienda.
Una
sonrisa más, un momento menos. Me pierdo de nuevo en esos ojos, en los que me
hundo para no poder descubrirte, totalmente entregado a tu voluntad, para que
puedas decirme lo que hicimos mal. Y es ahí, en la espesura de tus ojos, que
ahora recuerdo negros, en la que encuentro lo que más quiero.
Una
sonrisa fugaz, un destello. Tu mejilla contra la mía. El frío invierno de un
verano sin sol. Me susurras, de nuevo al oído que fue sin querer. “Quédate a mi
lado”. Y vuelves a hundir tus manos en mi espalda, dibujando círculos y yo, me
pierdo en un abrazo que no sé dónde empezó.
Muerdes
mi labio, se para el tiempo. Se acaba el
momento. Y ahí sí, volvemos a esa calle sin salida en la que nos batimos en un
duelo silencioso por ver quién quiere menos que ayer.
A
ti. La de los labios tristes y las miradas perdidas. De sonrisas calladas,
lágrimas ahogadas. No digas nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario