Tengo
una larga lista de letras llenas de desencantos. Supongo, que cuanto más mayor
se hace uno, más larga se hace la dichosa lista. No creo que sea especialmente
acertado comentarles cada una de las letras, puesto que representan, en su gran
mayoría un nombre o un lugar que ha terminado dándome menos de lo que esperaba.
No tienen la culpa las letras del mal que propician quienes las portan, pero
como a nadie le importa, ellas, son las menos indicadas para hablar del bien.
Quizás
lo que más duele es cuando una persona, te traiciona, como Bruto a Julio César.
Así, de mala manera, por la espalda, y con un puñal en los idus de Marzo.
También les digo, vaya mala suerte la suya, o mala conciencia. Puede que la
culpa sea de uno, que no sabe diferenciar el bien del mal, ni dónde dejar de
dar para empezar a recibir. Ahí reside la clave, en ser capaz de frenar en
seco, replantearse todo y comenzar de nuevo.
Y
el colmo de la desfachatez llega cuando tú, que crees haber superado las
incesantes trabas que aparecen… se duplican con una ciudad que lejos de
alejarte de lo que odias, se convierte en un hostigador de tu inquieta
conciencia.
El
final del propio fin. La ridícula ficción que escribimos más con el corazón que
con los labios, es lo que nos encamina a ese final ciego. Y les aseguro que no
encontraremos una pálida luz de color blanco, sino un amargo e incandescente
rojo que nos llevará, allí donde siempre merecimos estar.
Lejos de aquí.
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