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10.12.14

E.lla

Apreciar la belleza invisible de lo que vemos. Admirar, esos ojos marrones, tan comunes que aún se dirigen a nosotros con pasión y curiosidad.

Ver que la casualidad no existe, y es, tan sólo una realidad ficcionada por esos labios que claman venganza contra tus pupilas.

Unos rasgos, casi divinos, que se acaban desdibujando de abajo hacia arriba, desembocando en un océano tan negro como un cielo sin estrellas, en el que, por una noche, me dejaría perder, y encontrar.

Y después, si me dejase, me descolgaría por esa espalda, aún por descubrir. Que cubierta de frías promesas que nunca se cumplieron, no deja que vea la luz del sol. Ni inspiro ni expiro me susurró, y que quieren que les diga, prefiero que suspire, al lado de mis labios. Que me deje esculpir en su rostro los más aguerridos versos. Que si me deja, descubriremos ese cielo, pintado de azul oscuro entre las columnas de un templo derribado.

Una diosa, recubierta de ese aspecto tan cotidiano. La excelencia, descrita en una palabra, que se desliza entre mis dedos, al dejar escapar su pelo. Extraordinariamente común. Comúnmente extraordinaria. Estrepitosa, iluminada, ascética, excéntrica, ejemplar, lúcida, ángel, única, increíble.

No inspira. Se lo aseguro. Tan sólo se encarga de hacer que fluyan las letras por estas manos que ahora la escriben. Sin ella, no. Con ella, tampoco. Ni día ni noche, tan sólo momentos que poco a poco se apagan.

Y se va, se pierde, se acaba, se termina. Y se funde la luz en esos ojos, tan marrones como la propia tierra, y en ese pelo que me lleva, al compás hacia un mundo que no sé si está aquí. Pero yo quiero ir.

Ese latido a contrapié, no es el mío, es el suyo entremezclándose con las letras, que se quedan cortas para tan excelsa virtud.

E.lla.


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