Apreciar
la belleza invisible de lo que vemos. Admirar, esos ojos marrones, tan comunes
que aún se dirigen a nosotros con pasión y curiosidad.
Ver
que la casualidad no existe, y es, tan sólo una realidad ficcionada por esos
labios que claman venganza contra tus pupilas.
Unos
rasgos, casi divinos, que se acaban desdibujando de abajo hacia arriba,
desembocando en un océano tan negro como un cielo sin estrellas, en el que, por
una noche, me dejaría perder, y encontrar.
Y
después, si me dejase, me descolgaría por esa espalda, aún por descubrir. Que
cubierta de frías promesas que nunca se cumplieron, no deja que vea la luz del
sol. Ni inspiro ni expiro me susurró, y que quieren que les diga, prefiero que
suspire, al lado de mis labios. Que me deje esculpir en su rostro los más
aguerridos versos. Que si me deja, descubriremos ese cielo, pintado de azul
oscuro entre las columnas de un templo derribado.
Una
diosa, recubierta de ese aspecto tan cotidiano. La excelencia, descrita en una
palabra, que se desliza entre mis dedos, al dejar escapar su pelo.
Extraordinariamente común. Comúnmente extraordinaria. Estrepitosa, iluminada,
ascética, excéntrica, ejemplar, lúcida, ángel, única, increíble.
No
inspira. Se lo aseguro. Tan sólo se encarga de hacer que fluyan las letras por
estas manos que ahora la escriben. Sin ella, no. Con ella, tampoco. Ni día ni
noche, tan sólo momentos que poco a poco se apagan.
Y
se va, se pierde, se acaba, se termina. Y se funde la luz en esos ojos, tan
marrones como la propia tierra, y en ese pelo que me lleva, al compás hacia un
mundo que no sé si está aquí. Pero yo quiero ir.
Ese
latido a contrapié, no es el mío, es el suyo entremezclándose con las letras,
que se quedan cortas para tan excelsa virtud.
E.lla.
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