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14.12.14

El oasis de sus ojos

Un profundo dolor atenaza su espalda. Respira con dificultad. Duele. Se angustia. Trata de tomar aire por su boca. Duele más. Ese ser extraño le aprieta aún más en su espalda, todo se convierte en algo difícil. No puede respirar más. Punzadas directas al corazón, y ese dolor que no se va. Boquea como un pez fuera del agua, llega algo de oxígeno. Se detiene, se sienta en mitad de la calle y envuelve su rostro con las palmas de sus manos. Llora. Parece que se va…

Como puedes definir algo que no entra en tu vocabulario. Puede que sea una señal, de ya demasiadas, que indica que el camino no es el correcto. Varias personas cruzan su mente, se para en una de ellas. 

Es una imagen de una mujer que parece demasiado lejana. Se descubre lentamente la cara y por fin la ve. Tiene esa aura propia de los ángeles, o más bien, eso que él considera propio de ellos. No puede detenerse mucho más en ella, un fogonazo lo deslumbra y le hace volver al mundo de los mortales.

Ese mundo en el que aquel dolor que le impedía hasta caminar, y había tensado sus cuerdas vocales hasta hacerle enmudecer, se había disipado levemente con el frío nocturno. No supo nunca el tiempo que pasó allí sentado, un par de minutos, quizás lo suficiente.

A duras penas se arrastró hasta casa. Y allí estaba ella. Esa que le había salvado de la miseria hacía tan solo un rato. Quien le devolvía la sonrisa en las mañanas más frías del más crudo invierno.

Ahora sí. Esos ojos negros que le recibieron eran la mejor señal divina que le podían entregar. Estaba a salvo. Ella se abalanzó buscando un abrazo desesperado. Un par de segundos hasta rozar sus mejillas. Sus manos se perdieron en la espalda de ella, en la negra nube que coronaba sus pensamientos. Las de ella, por el contrario, se aferraron a sus hombros, clavó sus dedos entre sus huesos, dándole a entender que jamás le dejaría escapar.

Hay mucho más de ti de lo que quieres enseñar. Eres capaz. Apenas un puñado de palabras susurradas en el momento oportuno, para decir que no rasgarán eso que hay entre los dos.


Sonaba de fondo un ritmo melódico, calmado, pausado. Uno de esos ritmos, que envuelve la tensión de algo diferente. Algo así como un lago en mitad de un desierto. Un pequeño oasis de lágrimas entre sus brazos.

Aún huele mi ropa a ti.

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