Hace
no mucho tiempo, me dijeron que el no estar con ella era lo mejor, porque
habría terminado haciéndole daño. Y sí, seguramente la cosa hubiese terminado
mal, bastante mal. Porque dos corazones que no existen sin su coraza son
difíciles de romper. Y los dos, más kamikazes no podríamos ser.
Y en ese
intento de querernos hasta dejarnos sin aliento, de rompernos en mil pedazos
sin duda habría desembocado en una guerra. Pero no una cualquiera, una sin fin,
abocada a un amargo final. Un final en el que los dos, rendidos, cansados de
amar desaforadamente, hubiéramos roto eso tan especial que nos unía…
Pero,
¿no es eso acaso el amor? Querer hasta que duele. Querer incondicionalmente,
sin importar nada más, querer ser por y para el otro. Querer ver su sonrisa,
que sus miradas brillen por ti, que sea una historia sin medias tintas, sin
descansos, sin rutinas ni monotonía.
Y
qué les voy a decir, yo para eso no sirvo. Tan sólo concibo los extremos, o
todo o nada. No hay punto medio, o quiero, o mato queriendo. Pero no con ella…
Quizás
si tengan razón, y cada segundo, cada acción, me llevaba a un destino separado
de su lado. Y puede que sea lo mejor, porque de haberme enamorado, de esa
manera, irracional e incondicional, quizás ahora estaría llorando por las
esquinas como si fuese un alma en pena. Ahora, en lugar de eso, me lamento con
palabras vacías por su ausencia…
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