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6.1.14

Ella

Hoy, mientras volvía sentado en uno de esos autobuses, féretros metálicos de gente que va de un lado a otro, que ni se fija en la persona que tiene al lado, que ni habla con otro ser humano, a no ser que esté al lado de uno de esos bichitos con teclas que absorbe a casi todo el mundo, he pensado. Bueno, más bien he recordado, y es que, la he recordado a ella, su nombre es un vago rumor en el viento, pero si cierro los ojos aún puedo ver a esa niña rubita que me hacía los veranos más soportables…

Lo cierto es que la vi con asiduidad hasta que cumplí los doce o trece años, luego, todo cambio. Las veces que ella iba a buscarme no me encontraba, o más bien, no me dejaba encontrar. Y luego, cuando por fin nos veíamos, las palabras se amontonaban en mi cabeza, y mi lengua, seca por los nervios, no era capaz de articular ni una sola sílaba.

Y es que, siempre me defendí mejor con las letras sobre un papel, que con las palabras cara a cara. Ahora recuerdo, que siempre estaba pensando en ella, y aún lo hago, aunque no con tanta frecuencia.

Tan sólo recuerdo un instante en el que a ninguno de los dos nos hicieron falta las palabras. Era una calurosa tarde de verano, una de esas en las que el sol cae a plomo sobre las calles, y las nubes se van acumulando para despertar en una tremenda tormenta veraniega. Los dos habíamos rehusado ir a la piscina con el resto de nuestros amigos del pueblo. Y ambos, estábamos tremendamente morenos, a causa de pasar tantas horas en la calle bajo el sol, jugando, hablando, y riendo. Aquel día, fuimos juntos a dar un paseo por el pueblo, ninguno lo sabía, pero esa iba a ser una de las últimas veces que nos íbamos a ver, yo tenía unos doce años, y ella trece, creo recordar.

Bueno, caminamos durante un largo rato, e incluso pasamos por la piscina, donde nos inundaron los gritos y las voces de los niños jugando. Luego, decidimos ir al único oasis que había en el pueblo.
Era un pequeño parque que contaba con unos cuantos árboles, lo suficientemente altos como para proporcionar una buena sombra, y una pequeña fuente, en la que el agua siempre estaba corriendo.

Nos sentamos en uno de esos bancos de madera, y hablamos un poco, después, cada uno volvió a su mundo. Y de pronto, mientras pensaba en qué decir, ella acarició mi mejilla con el dorso de uno de sus dedos de la mano derecha. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

Me asusté, y la miré. Estaba allí, con un diente de león entre sus dedos, y una perfecta sonrisa en su cara. Me miraba con una ternura que jamás había visto en nadie que no fuese mi madre. Estaba sonrojada, ella tampoco sabía porque había hecho aquello. Susurró unas palabras, para que yo soplase aquel diente de león, insistí en hacerlo a la vez. Ella accedió.

Nos miramos durante un segundo, y soplamos al unísono, y voló. No pedí un deseo, pero, ella me regaló un beso, uno de los primeros, uno de esos que no se olvidan…

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