Hay
quien se enamora de una mirada, de una voz, o simplemente de una risa. Y les
admiro, porque la mayoría se enamora de un par de buenos atributos, o de unas
curvas que dejen mucho, o demasiado poco a la imaginación.
Pero
esos que se enamorar de una mirada o de una risa… esos son buenos. Hasta que la
ven, y se replantean eso de enamorarse de cosas intangibles, y entonces salen a
relucir esas bonitas escusas como que no son compatibles, o patrañas
semejantes.
Hace
tiempo que me prometí no enamorarme, pero, si lo hiciese, algún día de estos,
sería de palabras, y de miradas. Palabras escritas, y miradas sentidas, porque
es lo poco que queda en este mundo de
verdad.
Y
también hace tiempo que dejé de buscar por miedo a encontrar, porque no quiero
encontrarme con algo que nunca quise. Puede que lo más sensato sea terminar
aquí, esperar, sentado, a que llegue el tren de mi vida, para poder dejarlo
pasar mientras corro por el andén, gritando que esperen tan sólo un minuto más.
El tren rara vez espera por alguien, y por mí, ya esperaron varios más de lo
debido, y aún sigo aquí, esperando en la estación, hasta que llegue el próximo.
O a que alguno que perdí, vuelva a pasar…
Pero,
hasta entonces, seguiré mirando por ahí, y viendo a esas parejas, que se besan
apasionadamente en la calle, o van de la mano, y cuando llegan a casa ni se
miran, por miedo a decirse la verdad. Porque quizás, si se miran, comprueben
que son un par de desconocidos, jugando a sentir, a vivir, a decir que aman.
Pero no son más que dos idiotas, burlando la verdad, calentando sus camas,
mezclando sus destinos…
Si
me lo permiten, hagan todo esto con intensidad, amar, vivir, suban a todos los
trenes que puedan, siempre hay tiempo de tirarse de ellos, aunque sea en
marcha.
No hay comentarios:
Publicar un comentario