Allí estaba, tirada sobre la cama. Llevaba unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes. Tenía el teléfono al lado, con los auriculares conectados, sonaba una canción, bastante triste, pero cargada de recuerdos para ella. Sus manos descansaban sobre su tripa, tenía las piernas recogidas. Miraba al techo, o a ninguna parte, sus ojos, estaban abiertos todo lo posible, eran azules, un azul intenso, eran unos de esos ojos a los que te podías pasar mirando todo el día, todo un verano, toda una vida. Nunca te cansarías de vivir sus recuerdos a través de sus ojos.
Esbozó una sonrisa, llegó su frase favorita de la canción, le recordaba a él. Sus dientes eran muy blancos, casi se les podía ver en la oscuridad, sus labios finos y su nariz pequeña. Su pelo era largo y moreno, en estos instantes ocupaba casi toda la almohada, le encantaba perder así el tiempo, disfrutar de la música y el silencio.
Se quedó dormida, pensando en él, en aquel que un día le hizo perder la cabeza un par de besos después de conocerse. Soñó con un chico, alto, moreno, con los ojos negros, y el pelo corto. Él bien peinado, vestía una camisa blanca, unos pantalones negros y unos zapatos, unas gafas de sol, no dejaban ver sus ojos, una pena. Llevaba barba, no muy larga, pero si cuidada.
Él, se acercaba a ella por detrás. Con la palma de su mano recorría su espalda de abajo arriba, terminando en sus hombros, por donde dejaba que sus dedos paseasen, hasta encontrar su pelo. Lo retiraba con cautela y dulzura, besaba su cuello y la llevaba a otro mundo.
En ese momento despertó, aquel chico, su chico, es el que la ve despertar cada mañana, el que por las noches duerme junto a ella…
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