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9.2.13

Un trago de rojo carmín


Entró en su despacho, las paredes tenían un tono amarillento, y tan solo un viejo sillón, un perchero, un par de viejas sillas y el escritorio ocupaban casi todo el espacio, un cuadro con una licencia de detective adornaba la pared. El escritorio estaba repleto de papeles, se acercó con paso firme hacia ellos, los apartó dejando entrever un vaso, buscó en uno de los cajones y sacó una botella de whisky, se sirvió un poco en el vaso y lo tomo de un trago.

Deambulo unos minutos con el vaso en la mano por el despacho, decidió sentarse y revisar algunos papeles. Llevaba algunos días sin ningún caso, los papeles estaban repletos de datos y cuentas acerca de los casos pasados, quizás debería ordenarlos, pensó. Llamó a su secretaria y esta apareció rápidamente en el pequeño despacho, antes de hablar con él, abrió las ventanas y dejó entrar la luz. Tras una breve charla ella se llevó un montón de papeles para archivarlos...

Tras unos minutos, cuando estaba distraído mirando por una de las ventanas, se empezaron a oir unos tacones golpeando el suelo. El paso era firme, se acercaba hacía la puerta, a través del cristal del despacho, pudo adivinar la silueta de una mujer. Tenía una larga melena, y parecía bastante alta... El pomo de la puerta del despacho comenzó a girar lentamente. Una mujer joven, rubia, con el cabello largo, los ojos azules y los labios pintados con carmín color rojo intenso, se adentró en el despacho. Se apresuró a sentarse en su silla y adecentar un poco el escritorio, hacía mucho que una mujer como aquella no entraba en su despacho. Ocultó el vaso, la botella, y se colocó la corbata correctamente con la mano derecha mientras que con la izquierda, se apresuraba a sacar una pluma para poder escribir lo que aquella mujer dijese.

Aquella mujer le impactó, se quitó el abrigo que llevaba y lo colgó en el perchero, no medió palabra con él. Bajo el abrigo, se ocultaba una mujer con una silueta perfecta, llevaba un vestido negro, y unos tacones del mismo color, caminó hacia la mesa del detective y se sentó en una de esas viejas sillas que estaban frente al escritorio, cruzó las piernas y se le quedó mirando. Él no era capaz de articular palabra, tragó saliva y con cierto tono de indiferencia y con una voz muy grave le preguntó que qué le había llevado a una mujer como ella ante alguien como él.


La mujer comenzó a hablar, él estaba embelesado con su mirada, esos ojos azules le perdían. Ella había acudido a él con el fin de saber si sería capaz de encontrar unos papeles y unas joyas que le habían sustraído hace un par de semanas de su casa. Él afirmó poder hacerlo, pero, necesitaba saber de que se trataba, que contenían esos papeles, y como eran las joyas robadas. La mujer entonces, le proporcionó la información que necesitaba, le entregó un dossier que sacó de su bolso con toda la información referente al caso y le aseguró una buena suma de dinero si lo llevaba a cabo con éxito.

Tras un par de semanas de investigación, y unas cuantas noches en vela en el coche, encontró una pista que podía llevarle hasta el ladrón. Era un simple ratero, se escondía en un pequeño local situado en un callejón. Aquella noche decidió no hacer nada, se subió en su coche y fue a su despacho. Cuando llegó al despacho, telefoneó a aquella bella mujer y le comunicó que ya tenía al ladrón y que mañana recuperaría sus pertenencias.

A la mañana siguiente se desplazó hasta el escondite del ladrón y esperó a que apareciese. Fue tras él, ambos entraron en el local, y apenas necesitó usar la fuerza para recuperar los papeles. Las joyas, se las había vendido a un joyero que tenía su negocio dos calles más lejos de allí. Se fué sin preguntar nada más. Llegó al negocio del joyero y tras unas preguntas y una pequeña suma de dinero pudo recuperar las joyas...

Llegó al despacho, ella ya estaba esperando allí, le devolvió sus pertenencias, esta, le entregó un fajo de billetes y le dió un beso en la mejilla, dejó el carmín con la forma de sus labios en la mejilla. Él, anonadado, balbuceó un hasta luego, ella con la mano en el pomo de la puerta, le dijo hasta pronto. Dejó la gabardina en el perchero, la americana también, de camino hacia la mesa, aflojó su corbata. Se sentó en el sillón, sacó el vaso y la botella de whisky y se sirvió un poco, mientras escuchaba cómo esos tacones y aquella mujer se alejaban, aunque no fue la última vez que se vieron, ni la última en que el carmín se marcó en él. Bebió un gran trago, se sirvió otro poco y se quedó pensativo mirando al infinito...

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