Habían pasado ya unos años, pero al
volver a oír el sonido de aquellos tacones recordó perfectamente a
aquella mujer, la que fue sin ser. El despacho había cambiado
ligeramente, una mano de pintura, nuevo mobiliario y el desorden de
papeles había desaparecido. El también había cambiado, una barba
ocultaba parte de su rostro, no era muy densa, pero le daba una mayor
apariencia de tipo duro. Su pelo estaba considerablemente más largo
pero con su sombrero este detalle era imperceptible. Ella apenas
había cambiado, seguía casi como siempre, salvo por un pequeño
detalle, sus ojos habían perdido aquel brillo que tenían.
Esta vez, su visita no era para
contratarlo como detective, se encontraba sola y quería compañía.
Un café no hace daño a nadie se dijo, salieron por la puerta. Ella
con su abrigo de piel, que de nuevo encerraba una esbelta figura
envuelta en un vestido, él, con traje, gabardina y sombrero.
Llegaron a la cafetería y ella comenzó a hablarle acerca de su vida
pero él no podía apartar los ojos de sus labios, después sus ojos
lo atraparon. Olvidó el café, la gente y todo lo que les rodeaba.
Se levantó de su sitio y acercó su
silla junto a ella, acarició su cara mientras retiraba su pelo. Fue
entonces cuando se acercó a su oído, y le susurró lo preciosa que
era, y le confesó que nunca había olvidado aquellos ojos y que
quería devolverles aquel brillo que tenían. Tras decirle aquello,
la besó, la besó como nunca antes lo había hecho, la besó durante
unos minutos, ambos olvidaron el resto. Cuando terminó aquel beso,
ella abrió sus ojos y volvían a brillar...
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