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11.2.13

Tragos de rojo carmín II


Habían pasado ya unos años, pero al volver a oír el sonido de aquellos tacones recordó perfectamente a aquella mujer, la que fue sin ser. El despacho había cambiado ligeramente, una mano de pintura, nuevo mobiliario y el desorden de papeles había desaparecido. El también había cambiado, una barba ocultaba parte de su rostro, no era muy densa, pero le daba una mayor apariencia de tipo duro. Su pelo estaba considerablemente más largo pero con su sombrero este detalle era imperceptible. Ella apenas había cambiado, seguía casi como siempre, salvo por un pequeño detalle, sus ojos habían perdido aquel brillo que tenían.

Esta vez, su visita no era para contratarlo como detective, se encontraba sola y quería compañía. Un café no hace daño a nadie se dijo, salieron por la puerta. Ella con su abrigo de piel, que de nuevo encerraba una esbelta figura envuelta en un vestido, él, con traje, gabardina y sombrero. Llegaron a la cafetería y ella comenzó a hablarle acerca de su vida pero él no podía apartar los ojos de sus labios, después sus ojos lo atraparon. Olvidó el café, la gente y todo lo que les rodeaba.

Se levantó de su sitio y acercó su silla junto a ella, acarició su cara mientras retiraba su pelo. Fue entonces cuando se acercó a su oído, y le susurró lo preciosa que era, y le confesó que nunca había olvidado aquellos ojos y que quería devolverles aquel brillo que tenían. Tras decirle aquello, la besó, la besó como nunca antes lo había hecho, la besó durante unos minutos, ambos olvidaron el resto. Cuando terminó aquel beso, ella abrió sus ojos y volvían a brillar...

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