Entró
en su despacho, las paredes tenían un tono amarillento, y tan solo
un viejo sillón, un perchero, un par de viejas sillas y el
escritorio ocupaban casi todo el espacio, un cuadro con una licencia
de detective adornaba la pared. El escritorio estaba repleto de
papeles, se acercó con paso firme hacia ellos, los apartó dejando
entrever un vaso, buscó en uno de los cajones y sacó una botella de
whisky, se sirvió un poco en el vaso y lo tomo de un trago.
Deambulo
unos minutos con el vaso en la mano por el despacho, decidió
sentarse y revisar algunos papeles. Llevaba algunos días sin ningún
caso, los papeles estaban repletos de datos y cuentas acerca de los
casos pasados, quizás debería ordenarlos, pensó. Llamó a su
secretaria y esta apareció rápidamente en el pequeño despacho,
antes de hablar con él, abrió las ventanas y dejó entrar la luz.
Tras una breve charla ella se llevó un montón de papeles para
archivarlos...
Tras
unos minutos, cuando estaba distraído mirando por una de las
ventanas, se empezaron a oir unos tacones golpeando el suelo. El paso
era firme, se acercaba hacía la puerta, a través del cristal del
despacho, pudo adivinar la silueta de una mujer. Tenía una larga
melena, y parecía bastante alta... El pomo de la puerta del despacho
comenzó a girar lentamente. Una mujer joven, rubia, con el cabello
largo, los ojos azules y los labios pintados con carmín color rojo
intenso, se adentró en el despacho. Se apresuró a sentarse en su
silla y adecentar un poco el escritorio, hacía mucho que una mujer
como aquella no entraba en su despacho. Ocultó el vaso, la botella,
y se colocó la corbata correctamente con la mano derecha mientras
que con la izquierda, se apresuraba a sacar una pluma para poder
escribir lo que aquella mujer dijese.
Aquella
mujer le impactó, se quitó el abrigo que llevaba y lo colgó en el
perchero, no medió palabra con él. Bajo el abrigo, se ocultaba una
mujer con una silueta perfecta, llevaba un vestido negro, y unos
tacones del mismo color, caminó hacia la mesa del detective y se
sentó en una de esas viejas sillas que estaban frente al escritorio,
cruzó las piernas y se le quedó mirando. Él no era capaz de
articular palabra, tragó saliva y con cierto tono de indiferencia y
con una voz muy grave le preguntó que qué le había llevado a una
mujer como ella ante alguien como él.
La
mujer comenzó a hablar, él estaba embelesado con su mirada, esos
ojos azules le perdían. Ella había acudido a él con el fin de
saber si sería capaz de encontrar unos papeles y unas joyas que le
habían sustraído hace un par de semanas de su casa. Él afirmó
poder hacerlo, pero, necesitaba saber de que se trataba, que
contenían esos papeles, y como eran las joyas robadas. La mujer
entonces, le proporcionó la información que necesitaba, le entregó
un dossier que sacó de su bolso con toda la información referente
al caso y le aseguró una buena suma de dinero si lo llevaba a cabo
con éxito.
Tras
un par de semanas de investigación, y unas cuantas noches en vela en
el coche, encontró una pista que podía llevarle hasta el ladrón.
Era un simple ratero, se escondía en un pequeño local situado en un
callejón. Aquella noche decidió no hacer nada, se subió en su
coche y fue a su despacho. Cuando llegó al despacho, telefoneó a
aquella bella mujer y le comunicó que ya tenía al ladrón y que
mañana recuperaría sus pertenencias.
A
la mañana siguiente se desplazó hasta el escondite del ladrón y
esperó a que apareciese. Fue tras él, ambos entraron en el local, y
apenas necesitó usar la fuerza para recuperar los papeles. Las
joyas, se las había vendido a un joyero que tenía su negocio dos
calles más lejos de allí. Se fué sin preguntar nada más. Llegó
al negocio del joyero y tras unas preguntas y una pequeña suma de
dinero pudo recuperar las joyas...
Llegó
al despacho, ella ya estaba esperando allí, le devolvió sus
pertenencias, esta, le entregó un fajo de billetes y le dió un beso
en la mejilla, dejó el carmín con la forma de sus labios en la
mejilla. Él, anonadado, balbuceó un hasta luego, ella con la mano
en el pomo de la puerta, le dijo hasta pronto. Dejó la gabardina en
el perchero, la americana también, de camino hacia la mesa, aflojó
su corbata. Se sentó en el sillón, sacó el vaso y la botella de
whisky y se sirvió un poco, mientras escuchaba cómo esos tacones y
aquella mujer se alejaban, aunque no fue la última vez que se
vieron, ni la última en que el carmín se marcó en él. Bebió un
gran trago, se sirvió otro poco y se quedó pensativo mirando al
infinito...
Totalmente increible!!!!!!!!
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