Se
encontraba recostado contra la pared, con el pie apoyado en ella. Llevaba unos
pantalones negros, unos zapatos a juego y una camisa blanca con los tres
primeros botones desabrochados. Tenía el pelo largo, era delgado y tenía un
tatuaje en el antebrazo izquierdo, estaba a la vista porque tenía las mangas de
la camisa recogidas. Sus ojos eran negros, y la barba cubría parte de su
rostro. Con la mano derecha estaba sujetando un cigarro encendido, con la otra,
jugaba con un mechero.
Llevaba
ya unos cincuenta minutos esperándola, se había hecho de noche y estaba sumido
en la penumbra, tan solo el reflejo de una farola cercana dejaba entrever que
se encontraba allí.
De
pronto, se comenzaron a oír unos tacones aproximándose, apuró el cigarrillo y
se dejó ver con claridad. Frente a él se encontraba una chica de unos
veinticinco años, morena, con ojos azules, de un azul tan vivo que parecían
pintados con un rotulador. Su sonrisa era difícil de ver, pero era tan preciosa
como ella. Llevaba unos pantalones ajustados de color negro, los zapatos de
tacón del mismo color y una blusa de color claro. Llevaba el pelo suelto, y
apenas iba maquillada, tan solo llevaba los labios pintados. Era preciosa.
Él,
nada más verla, quedó asombrado, ya la había visto antes pero la noche le daba
un aire especial a aquella chica, sus ojos brillaban, podía ser por la luz de
aquella farola, pero hacía que estos fuesen aún más bonitos.
Se
acercó, colocó su mano en la cadera de ella y la besó, apasionadamente. El beso
parecía no tener fin, ella jugaba con su pelo, él la apretaba contra su cuerpo
y miraba sus ojos mientras la besaba. No debía dejarla escapar, no podía.
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