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30.11.24

Acrósticos para nadie (II)

 Hay cosas que solo te contaba a ti. 

Lo que no sabes es que hay personas a las que solo les hablo de ti. 

Aún pienso en todo lo que no ha sido, como si eso pudiese recuperar el tiempo que no hemos tenido. 

Lógicamente, dejo que todo me pase otra vez por el corazón, esperando encontrar algo distinto, una señal de alarma que me alertase. 

Busco desesperadamente cómo desenredar mis desvelos, para volver a dormir al menos sin despertarme para buscar, a oscuras, tu ausencia. 

Adormecer de nuevo mis labios entre tus constelaciones es lo único que me calma, que me ausenta, y me devuelve a ese estado ilusorio de paz.

Y, si hago caso a eso que dicen, de que los besos son poemas escritos en otros labios... tendría que quedarme sin palabras para poder saciar mis ganas de crear versos a tu lado.



M.

28.11.24

J*derse la vida

Hoy, tras muchos meses sin escribir aquí, vuelvo al abismo de la página en blanco, esperando encontrar algún tipo de alivio en desangrarme en letras. Supongo que es casi imposible que leas esto que tiene como título tu canción en bucle de uno de esos grupos en los que inesperadamente coincidimos, pero siempre me ha servido lanzarme al vacío con la intención de poder cerrar todas esas heridas que no quiero mostrar.

Hace 17 días de una tormenta perfecta, de una calma inhóspita dentro de este cuerpo, supongo que cuando estás en el ojo del huracán no eres capaz de ver que en torno a ti, todo está saliendo volando. Me dijo tantas cosas que apenas puedo recordar todo lo que no dijo, pero es que me lo dijo de mil  miradas, de mil besos, de mil caricias, de tantas maneras que sublimaron mi realidad. 

Fui incapaz de encontrar nada que no quisiese en esos mil setecientos milímetros desde el suelo, me asomaba al abismo de sus ojos verde esperanza, que creí que seríamos capaces de cualquier cosa, que podríamos darle la vuelta al puto mundo si era necesario, porque me sentía invencible. Perdón, NOS sentía. 

Porque supongo que esa era la magia, que desde antes de conocerla ya sentía que nos conocíamos, y todo sonaba tan bien... como esas canciones que desde antes de que comienzan a sonar sabes que van a ser de tus favoritas, sin importar el ritmo o la letra, eso era ella. Quizá podría hacer mía esa frase de: "cuando miré a sus ojos sabía que quería estar ahí toda mi vida". Pues sí, a veces solo necesitas unos días para encontrar a alguien que te explota la cabeza y el corazón, y ese cúmulo de todo lo que fue y de lo que no fue también, lo hizo tan perfecto que podría parecer irreal, y que nos tiene así, a mí, escribiendo compulsivamente para alguien que no me leerá y a ella, a ella... ojalá bien. 

Quizá sus ojos no se posen nunca en estas letras, quizá jamás pueda enamorarse de lo que escribo, pero yo solo sé hacer esto para vaciar mi cabeza y mi cuerpo, volcar las emociones en una página en blanco y lanzarlo al infinito de unas redes en las que cada vez creo menos, y de las que me siento más desconectado.  

Mi boca y mis ojos no pegan, y yo probablemente no encaje en nada de lo establecido, solo por raro, o más bien por poco frecuente. Pero hay algo que sí tengo claro, como dice Carolina Durante, "lo más divertido en la vida es joderse la vida contigo".

Resuena en bucle en mi cabeza como tantas otras canciones y frases, y yo solo dejo que mis dedos se deslicen para escribir algo que no sé si quiero contar. Porque he llenado páginas que jamás nadie leerá, en un cuaderno que escondo bajo mi cama, y que tiene más de ella que de mi. Y lo tiene todo de mi. Porque no hay nada más real en mi que todo a lo que le pongo palabras. 

Y joderme la vida, contigo, seguro que hubiese sido lo más divertido. 

Para ti, aunque jamás lo leas.


M.

Acrósticos para nadie


Aún escucho los cristales que albergo dentro de mí. 

Languidezco ante tantos recuerdos.

Busco entre el corazón y la herida un pequeño recoveco en el que pararme y observar.

Atosigo a mi corazón, para que pueda bombear la sangre suficiente para poder llevarse esos recuerdos, y mantenga mi cabeza estéril y vacía.

Y aún así, entre el latido y la herida, el pulso imperfecto y la ausencia, te encuentro.

Llega la noche, y cada giro de insomnio vuelve a traerme el ruido de cristales rotos.

Ni el corazón ni el recuerdo, yo solo sé lamentar tu ausencia desmedida, impertérrita y cuidada.

Siempre elegiré la herida, al menos de la cicatriz uno jamás se olvida.



M.

8.1.23

Todas las veces que no lo dije

Querida nadie:

He vuelto a leer la historia que escribí, esa historia que nos empeñamos en destrozar a base de malas decisiones. Te sigo viendo feliz en las fotos, seria, como siempre, y con los ojos brillantes. Supongo que tienes todo aquello que deseas. Y supongo, que para que los sueños de unos se cumplan, es necesario que se rompan los de otros, por eso de mantener el puto universo equilibrado. Como si a alguien le importase de qué va lo que hay ahí fuera, si es incapaz de entenderse aquí dentro. No nos hemos cruzado en más de mil días, y aún tengo la esperanza de salir y ver tus enormes ojos entre la multitud. Que no me veas, pero que mi olor se cruce en tu camino y durante un segundo me pienses. Porque puede que ese sea el único consuelo que me queda, pensar que me piensas.

Creer a ciegas en ese puto hilo rojo, montado en un coche, sin frenos, excediendo todos los límites de velocidad y pensando, que después del puto precipicio, seguirás estando ahí. Y quizá, solo quizá, ese maldito pensamiento me aliente para joder el puto equilibrio del universo y cumplir mis sueños sin romper ninguno más. Es una acción kamikaze, de una locura irreversible, supongo. Porque nadie pasaría mil días aferrado a algo que apenas duró unos instantes. Pero como siempre, me empeño en ser el defensor de todos los putos imposibles, porque yo creo. Creo con una fe ciega en todo. En que todo es posible si nos arriesgamos, si lo deseamos con suficiente fuerza.

Aunque las mías flaquean, creo que están próximas a la extinción. Pero sigo hablando de ti como si lo hiciese del amor de una vida. Y eso no sé pararlo. Porque te vas mitigando, como un dolor crónico, con el que te acostumbras a vivir, hasta que se hace prácticamente imperceptible, o hasta que destroza todo y no queda más remedio que mirar de dónde viene. Y aunque cada vez lo noto más lejano, a veces vuelve con una fuerza inexplicable y me atenaza a esa mal llamada zona de confort. Porque quedarme ahí nunca fue mi opción, tú me empujaste a extender ese pequeño círculo a algo más grande, y aún pienso que soy capaz de todo.

Supongo que te has ido. Porque es lo que debías hacer, lo que siempre debiste hacer. Y yo, a veces siento la irrefrenable necesidad de escribirte, cuando no puedo más, pero consigo frenar a tiempo el impulso. También las ganas. Aunque siempre me quede con ellas.

Es quizá la última vez que escriba aquí, o quizá no, pero llevo diez años ininterrumpidamente escribiendo palabras vacías que no llegan a nadie, y supongo que el que podría ser el último, debía ser para nadie.

Aquí yacen unas últimas palabras, porque parafraseando a Zahara “al llegar ni me miraste”, pero jamás podremos ser unos más de cientos.

Siempre.

Siempre.

Siempre.

Siempre.

Siempre.

Siempre.

Con las ganas.


15.8.22

La última vez

 Querida nadie:

Tengo tantas cosas que decir que parece imposible que haya pasado tanto tiempo, pero hace algo más de un año que no me dedico a rellenar páginas en blanco con lo que escapa de mi cabeza, supongo que está tan ocupada llenando los huecos que dejas que no puede proveerme de palabras para decirte. Supongo que no es algo que me pase a menudo, porque, aunque soy un estúpido que es incapaz de comunicarse verbalmente, las palabras siempre me han hecho caso. Era uno de tus superpoderes, dejarme sin habla.

Precisaba de un atisbo de inspiración, y tras un largo tiempo pensando cómo enfrentarme a esta última página en blanco para ti, ha llegado el momento en el que al fin desisto. Se acabó. He borrado nuestras conversaciones, cambiado mi fondo de pantalla y hasta he eliminado los recuerdos de imágenes que quedaban en mi móvil. No dejaré de pensarte, pero sí de escribirte. Ya no me queda absolutamente nada. Igual que tú, ya no estás.

Quiero decirte que quizá necesitaba esto, romper con todo para hacerme saber que siempre fue un imposible. Para reafirmarme que nunca importó el tiempo ni la distancia, ni siquiera el puto hilo rojo que nos une, porque está destrozado, hemos tirado tanto de él en direcciones tan opuestas que se ha deshilachado por completo y es imposible reconstruirlo.

Mil días, yo no tardé diecinueve como Sabina, sino mil días. Y creo que aún más noches, pero eso es lo que duró, un instante. Tengo un nudo en el estómago y la garganta a punto de deshacerse en lágrimas. Pero aún me quedaban suficientes palabras para terminar aquella historia en la que solo estábamos tú y yo. Y la terminé, con el mismo silencio que nos une.

Siempre pensé que, en algún momento, en alguna vida, en otro instante, nos volveríamos a encontrar, no sé muy bien para qué, porque está claro que nunca fuimos lo suficientemente valientes para nada, pero tenía esa certeza. Ahora, novecientos cincuenta y seis días más tarde, creo que ya no será posible. Por mucho que cierre los ojos y encuentre los tuyos, yo ya no puedo más.

Me dijeron tantas veces que era un imposible, y yo solo pensaba en que como mucho sería improbable, pero que podía pasar. Por todo eso no podía parar de escribirte, de pensarte, de mirar una y otra vez aquella foto de un atardecer y pensar que nunca había sido tan feliz con tan poco.

Cuando te fuiste perdí todo lo que tenía, todo. Porque significabas eso, eras la persona en la que me refugiaba incluso cuando no podía más. La persona que era capaz de empatizar tanto conmigo que lloraba mis penas. Y desde que no estás, eso es mucho más difícil, te diría que casi imposible, pero es lo que pasa cuando empiezas a jugar con fuego, puedes acabar ardiendo y perder absolutamente todo.

También eras la única capaz de pararme el mundo cuando me mirabas, como si nada más existiese. Y lograste que, por una vez, en unos instantes, me olvidase de mantener los ojos abiertos mientras besaba a alguien. Me paraste el corazón y lo empujaste de nuevo a latir, sincronizado con el tuyo, un corazón en dos cuerpos latiendo al unísono. Ahora el mío está totalmente desacompasado y no se acelera antes de verte, ni se calma en cuanto te ve aparecer. Ya no sabe ni cómo debe latir.

Podría decirte que ya no te escucho cuando suena Zahara, que no escucho tu versión de con las ganas mientras conduzco o alguna madrugada que no puedo dormir, o que no me pongo nervioso pensando que podrías escribirme o que una de tus historias de mejores amigos tiene algún mensaje para mí. O un tweet.  O un simple hola. O cualquier maldita cosa. Porque lo echo terriblemente de menos, nadie.

Y a pesar de todo, ya no voy a escribirte nunca más aquí. Porque hoy firmo la rendición, desisto y abandono. Yo que jamás dejo nada a medias, ni voy a medias tintas, no puedo más. Es una terrible agonía no poder decirte algunas cosas porque no debo escribirte, o no poder presentarme con rayito bajo tu ventana, decirte que bajes e ir al castillo, para que llores por mi y te vayas con una sonrisa para que no me ponga triste. Y que desde lejos me sonrías. Que, a dos centímetros de mí, me mires, pares el mundo, me sonrías y todo vaya tan despacio que no quiera irme jamás. Pero ya no nos queda nada de eso. Lo perdimos todo.

Yo tan solo quería eso, perderme contigo y en ti, no perderte a ti y a mí. Conseguí justo lo contrario.

Han pasado casi mil días desde aquella noche que se nos hizo amanecer, sigues viviendo en mi cabeza a pesar del silencio. Sigues siendo, aunque no estés. Y seguramente, aunque no lesas esto jamás, yo seguiría perdiéndome en tus pupilas una y mil veces más. Aunque tú no. Aunque ya no. Aunque yo nada. Y tú, siempre, todo.

Hasta siempre, chica de las constelaciones.

Siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, siempre.