Seguidores

26.9.15

Siempre vuelve

Tiene las pupilas dilatadas, enrojecidas e hinchadas por las lágrimas que decidieron descolgarse hace tan sólo unos segundos. Su sonrisa está difusa, trata de aparentar ser más fuerte de lo que realmente se siente en este momento.

Ella, es excepcionalmente diferente. Y tan sólo esa sutileza, su forma de mirar,  hace que sea radicalmente opuesta a las demás. Es difícil expresar con palabras todo aquello que transmite desde las profundidades azules de sus pupilas, pero puede asemejarse a un sentimiento de euforia continua.

Un escalofrío recorre mi espalda cada vez que sus pupilas se clavan en mi indiferencia, esa sensación de estar a su merced se apodera de mí. Y cuando por fin, consigo que mis pupilas avancen con las suyas, me desmorono en sus profundidades.

Y así el fin. Porque no hay nada más allá de esos ojos, no es necesario que haya nada. El paraíso está en sus pupilas, el infierno se aloja en el cielo de su boca, y quien es dichoso de sus desvaríos amorosos, siente que roza el cielo, cuando toca su boca.

Tiene el pelo perfectamente alineado para poder jugar con sus ojos, negro. Algo así como el interior de su alma, abarrotada de derrotas y de palabras que se quedaron muertas en sus labios. Esos labios, que desgastados por las costuras y rotos en sus comisuras, no cejan en su empeño de sonreír, sin motivo, sin ganas, pero con una elegancia inusitada. Una sonrisa, por la que un kamikaze podría dar la vida, para verla una vez más.

Pero que les voy a contar, si yo he vagado por el desierto de su espalda, avanzando entre las profundidades de todas aquellas cicatrices que lejos de cerrarse, no dejan de volver a abrirse.

Y ese arduo camino, tiene su recompensa, porque acaba en sus labios, tan comunes que son extraordinarios, tan extraordinarios, que no quieres que se alejen jamás de ti y menos si es con un adiós. Sus ojos dibujan una sonrisa en mi rostro.


Se va, pero va a volver, siempre vuelve. Se aleja, pero antes deja un beso distraído, como a ella le gusta, en mi cuello, en mi hombro. Me respira una vez más, y susurra un adiós a mi oído, me hace estremecerme, nuestras manos se separan una vez más, pero no será la última. Y por fin, se va. Y cómo duele ver todo aquello.

21.9.15

Lo.cura

Su mirada callada e inquieta, su risa nerviosa y brillante. Unos cabellos ciertamente largos, y unas pupilas tan intrépidas como ella misma, son la perfecta definición de una mujer que esconde mucho más de lo que enseña.
Y esconde todo aquello que uno no ve si tan sólo mira. Porque a ella no hay que mirarla, hay que verla, desde las profundidades, para poder comprobar que hay algo más allá del fango en el que nos encontramos aletargados. Y ese algo más, es su tímida e imperfecta sonrisa enmarcada entre esos labios, profundamente rojos, que son la puerta a una vida nueva, más tranquila, más pausada, al ritmo de sus sonrisas, con las urgencias de sus besos y las pausas de sus abrazos.
Al igual que no hay noches sin luna, no hay besos sin una pizca de locura. Y la suya está encerrada dentro de un cuarto, amplio y luminoso, con vistas al paraíso. Yo me quedo allí a vivir, con ella.
“Buenas noches” -  musitó.
“Tan sólo noches, sin ti, ya hace tiempo que no son buenas” – afirmé.
Disparó una sonrisa, de esas tan suyas. Escondida, pero llena de eso que antaño tuvimos, una locura sin igual, desmedida y contenida.

28.8.15

Hasta pronto

“Tenemos que dejar de vernos, esa actitud tan tuya de dejarte llevar, la apatía diaria y ese desprecio hacia todo aquello que trata de evadirnos de la rutina, me condena a cada paso que doy a tu lado. Te pediría que cambiases, pero sería como pedirle a la Luna que comenzase a emitir una luz propia tan radiante como la del Sol, eso, cariño, es tan imposible como que tú te dejes llevar por la vida de mis manos. Lo siento”.

Un maldito párrafo te sirvió para sentenciar todo aquello que parecía que nos habíamos ganado a pulso entre los baches de nuestras vidas. Y te fuiste con unas palabras, tal y como llegaste. Te dolió, porque lo vi en tus ojos, me lo dijeron todo, como siempre, pero no me quise creer que me ibas a dejar tan sólo porque era tan yo como debía ser.

Me he quedado aquí, delante de estas malditas teclas, abandonado a la negrura en la que vivo constantemente, deambulando de acá para allá sin saber qué hacer. Tengo tu foto, esa que tanto me gustaba de ti, recién despertada, en esa cama en la que ahora apenas puedo tumbarme porque se me hace demasiado grande. Y joder, si quiero que vuelvas, pero no puedo porque ahora está todo más negro que antes, sin tu luz, sin esa maldita luz que me hacía levantarme de la cama cada mañana y desear volver a casa durante toda la jornada.

Y no quiero. No quiero que vuelvas porque llevas meses luchando por algo en lo que yo llevo una vida entera sin creer. Te mereces algo mejor, que te quiera más no, porque será imposible que alguien te quiera como lo hice yo, pero que te quiera como debe, porque no hay nada más triste para mí que ver como se ha ido apagando esa sonrisa. Tu mirada me decía que te ibas, tus besos me acercaban a las ruinas de eso que algún día hasta llamamos amor, y esas noches frías, sin rozarnos bajo las sábanas consumaban una muerte anunciada desde el día en el que cruzaste tu mirada con mis pupilas, levemente desesperadas, en aquel bar en el que nuestras almas acudieron a llorar.

No me llores, supongo que volveré, algún día, a encontrarte. Y no me acompañará esta puta oscuridad que lo ennegrece todo. Volveré a ser ese que te hacía fotos cuando despertabas, el que te hacía reír en las noches de lluvia y el que te hacía sentir, no sé exactamente qué, pero te hacía sentir.

Gracias. Supongo que me lo merezco, hubiese acabado arrastrándote a este fango en el que he tenido que luchar pero del que saldré, aunque sin esa mirada tuya, que se empieza a diluir entre mis recuerdos, será muchísimo más difícil.


Hasta pronto, si nos vemos. Que tengas suertes, te lo mereces. 

15.8.15

La mujer de los ojos azules

La mujer de los ojos azules, llamémosla Sofía, esa que un buen día me dejo sin noches.

Tiene unos ojos tan sumamente profundos que pese a haberme perdido más de una noche en ellos, desearía poder volver a naufragar en ese abismo de sus pupilas. Ahora que no la tengo cerca, mis malditos recuerdos no me dejan alejarme de ella, porque saben que aquello que sentí al verla caminando hacia mí la primera vez, sigue latiendo en mi maltrecho corazón. Ese corazón que partió con ella y que espero que no vuelva, porque tan sólo me hacía sentir vulnerable y frágil.

Que se lo quede, no quiero tenerlo de nuevo, porque si tengo que sentir que sea por ella, por otra no merece la pena, porque siempre tendré ese maldito recuerdo atormentando mis sueños. Y esos besos que nos quedaron por dar, me los guardaré por si vuelve, porque nadie los merece más.

Es adicta a las profundidades, las de sus heridas de guerra y de vida son mis favoritas. Esa cicatriz que se difumina en su rostro es tan sólo una parte más de su mística belleza, porque hay que ver lo jodidamente difícil que es olvidar esa cara, partida en dos por una vida que no merece.

Sus labios, suaves y escondidos, encargados de un triste adiós que nos dedicamos en una estación de autobuses. Los culpables de aquellos besos que quedaron a medias en más de una noche porque ninguno de los dos fuimos lo suficientemente valientes como para jugarnos unas sonrisas a cara o cruz.

Y si algo nos tenemos que jugar en esta vida, que sean sus miradas, sus sonrisas, su irreverencia, su complicidad, nuestras llamadas de madrugada o ese 21-2-1 que puede que nadie más que ella entienda.

Si la ven por ahí, con su largo cabello negro, con sus pasos cansados, su sonrisa etérea y eterna, y esa mirada tan suya que consideré casi nuestra, díganle que quiero que vuelva. Necesito que esté aquí, porque ese olor a mora o a “nenuco” no se puede olvidar ni con diez años de distancia.

Aún la huelo por ahí, parece que puede volver en cualquier momento, pero no, tan sólo es un vago recuerdo de esos cientos de pasos que hemos compartido.


Vuelve, si quieres, pero que sea conmigo. Y aunque está oscuro, ahí  viene el sol…

                                                                                                                                            R

23.7.15

Brillar

Hace un calor sofocante, apenas son las nueve de la mañana y el termómetro supera los 25 grados. Me siento asfixiado, y el día no se presenta demasiado bien. Hace tan sólo un par de horas que han regresado de aquel lúgubre hospital, parece que todo sigue igual. Está a punto de cambiar.

Un imprevisto estruendo irrumpe con ese apesadumbrado silencio que inunda el pequeño piso del centro de la ciudad. Se ha terminado. ¡Joder! ¿Cómo puede haber pasado? Las cosas no deberían haber cambiado de esa forma tan repentina.

¡Maldita sea! Se ha ido, así, en silencio, prácticamente igual que sus dos últimas semanas. Había dejado de hablar y prácticamente de cualquier otra cosa que hiciese ver un pequeño atisbo de vida. 

Ya no era, ya ni estaba allí.

A ese instante en el que te sientes desprotegido, le sigue un ritual silencioso, algo parecido a un baile que jamás has ensayado pero cuyos pasos nacen de ti con una naturalidad inesperada. Tras un día que fatídico, no hay otro adjetivo que pueda expresar todo eso y este no se acerca demasiado, te encuentras delante de tu armario, eligiendo la ropa más oscura que tengas para demostrar a los demás que eres tú el que ha perdido a alguien.

Nos señalamos ante aquellos que deciden acompañar ese caminar silencioso hasta la despedida. De nuevo te encuentras sólo, aislado de un mundo que ni mucho menos ha dejado de girar, pero del que has decidido bajar, para respirar y tomar impulso. Tardarás en volver a subir, meses, quizás años, y no será igual que antes. Ahora, te dedicarás a sobrevivir, porque vivir como lo hacías antes no es una opción viable tan siquiera.

Y se van en días de sol y un tremendo calor. En pleno verano, cuando la gente más disfruta, tú te sumes en una oscuridad que parece perpetua, pero que tan sólo dura hasta que quieras que dure. Y acabas brillando, porque hay quien lo merece. Y seguiremos brillando siempre, allá donde la vida nos lleve encontraremos motivos para no dejar de luchar ni de sonreír.

Brillad, que para volver a la oscuridad siempre hay tiempo, pero para demostrar que tenemos luz, más luz que nadie, siempre es tarde.

“Eres grande, muy grande” – me susurró. “No permitas que deje de brillar, y nunca dejes que esa luz se apague”.


Y quizás no brille por todo lo que he pasado, sino por todo aquello que tiene que llegar.