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14.9.13

Los dos

La miré tan solo un segundo. Una lágrima se deslizaba por su mejilla. Sus ojos, vidriosos, a causa de intentar contener las lágrimas, me miraron. Me miraron como nunca nadie antes lo había hecho. Su mirada estaba llena de rabia, fuerza, alegría, esperanza, amor, ganas de luchar.

Él, no pudo aguantar su mirada, miró a otro lado y bajó la cabeza. Llevaba meses viéndola cada día. Había aprendido a apreciar sus más mínimos detalles. Sabía disfrutar de cada instante que ella retiraba su pelo de la cara, lo recogía, o le lanzaba una mirada furtiva que él trataba de esquivar como si esta fuese una bala.

Ya no sabía qué hacer, no podía evitar dormirse cada noche pensando en ella. Tampoco era capaz de dirigirla la palabra. Sentía un profundo terror. No podía pensar en otra cosa y no había nada ni nadie que le diese más miedo que aquella chica.

El día que ella lloraba y le miró. El día que él aparto la mirada y bajo la cabeza… Apenas dio dos pasos más, se detuvo y se volvió hacía aquella chica. Se sentó a su lado en el suelo, ella lloraba, él callaba.

Pasaron dos horas sentados, uno junto a otro, sin decir nada. Ella, se levantó, le besó en la mejilla, y le susurró al oído: “llevaba meses esperándote”. Él no supo que decir, y se quedó allí, mirando cómo ella se iba.

Al día siguiente la volvió a ver, pasó por su lado y le entregó un pequeño trozo de papel que decía:
“Yo llevaba meses esperándolo”

Ella, esbozó una sonrisa, se volvió y le llamó. Él, paró. Dio media vuelta y se dirigió hacia aquella chica. Ambos dieron un paso hacia adelante. Tan sólo unos centímetros les separaban.
Se acercaron aún más, unos milímetros impedían que se rozasen. Ella le mordió el labio, él dejó que sus manos descansasen en sus caderas. Se besaron, tan sólo una vez, pero fue eterno. Sentían que todo lo demás desaparecía, que ya no estaban en aquel horrible edificio…

Ahora, cada mañana, él prepara dos cafés, ella dos tostadas, y las sonrisas y las miradas les acompañan durante todo el desayuno. Ya no la piensa cada instante, ahora la vive. Ella no le lanza miradas, le da vida.

7.9.13

A dos centímetros de ti

“Ni quiero, ni puedo. Ni sé, ni debo. Espero, desespero.”

Se decía aquello cada mañana para tratar de no enamorarse de ella. Para no hablarla. Para no desearle los buenos días y dibujar una sonrisa en su cara al despertar. Era su primer pensamiento cada mañana y su último deseo cada noche.

Muchos hablan del amor, de la parte bonita que se presupone que debe haber cuando se establece esa unión mágica entre dos personas, pero, hay otras partes. El desamor, el amor no correspondido…

El tener a esa persona a dos centímetros de ti, y saber que eso es todo lo cerca que vas a estar jamás de ella. Eso no es bonito. No es bueno. Ese instante en el que piensas: “Sí, quiero, puedo, sé, debo, no espero…” Mientras la otra persona ya se ha alejado de ti, ha vuelto a la “distancia de seguridad” a esa distancia que marca fronteras. Esa distancia que puede ser más alta que un muro, que es imposible derribar, que nunca podrás saltar.

Él no podía seguir así, y acabo con todo. Se separó todo lo que pudo de ella, tratando de hacer el menor daño posible, pidiendo perdón, explicando sin dar razones, llorando sin lágrimas…

Ahora estará a dos mil kilómetros de ella, el muro se volvió mar, el mar océano, el océano mundo, y este, universo.

Se fue sin avisar, sin hacer ruido, sin querer, sin poder, sin aprender a esperar. Termino desesperando, y ella… ella… ella terminó llorando. Llorando por no hacer una puerta en aquel muro que les separaba, por no dar una oportunidad. Ahora no le olvida, pero tampoco hace nada, porque en el fondo, el universo que les separaba les volvía a unir cada noche cerrando los ojos…



28.8.13

Alas

Unas alas tatuadas en su espalda con las que soñaba algún día poder volar. Aquella chica, cada noche mientras miraba las estrellas desde su ventana, deseaba ser libre para disfrutar de aquellas alas. Necesitaba librarse de aquella vida que llevaba y dar rienda suelta a la verdadera Inés.

Había un puñado más de tatuajes por su cuerpo, eran parte de ella y no sólo por estar para siempre en su piel, sino porque significaban algo más que las simples letras o dibujos que se veían a primera vista.

Las alas en su espalda. Una frase que rezaba: “Never stay alone” en su brazo derecho. Una pequeña estrella adornaba la parte interior de su tobillo izquierdo. Y unas iniciales en su muñeca izquierda,  completaban, por el momento, el registro permanente de su vida en tatuajes.

Era morena, y llevaba el pelo siempre suelto, aunque a veces se lo recogía en un esperpéntico moño cuando necesitaba concentrarse… Sus ojos eran negros, si pasabas un rato mirándolos te absorbían de tal manera que todo el mundo alrededor desaparecía y sólo quedaba ella, además, eran tremendamente grandes y expresivos. Aunque últimamente, aquellos ojos, pasaban más tiempo cubiertos de lágrimas que de destellos brillantes de felicidad.

No era demasiado alta, y jamás dejaba que las camisetas desvelasen sus alas. Los vaqueros se ceñían a su figura y la acompañaban cada día. Jamás llevaba tacones, las zapatillas eran su más fiel compañía, con ellas deambulaba por las calles y recorría la vida, sin hacer demasiado ruido, sin tener demasiada prisa…

Inés, un día tropezó con aquel chico tan interesante como inesperado. Llevaba el pelo muy corto y hacia un lado, aunque solía cambiarlo dependiendo de su estado de ánimo. Cuando se sentía bien consigo mismo lo peinaba hacia la derecha. Aquellos días era capaz de comerse el mundo, de tragarse a ese tipo inseguro que muchas veces le dominaba y le hacía sentirse mal. Sin embargo, cuando lo peinaba hacia la izquierda, la timidez la vergüenza y el miedo se hacían con él.

Jamás pensó que aquella chica que conocía hace unos cuántos años, podría interesarse por él. Apenas habían hablado un par de veces cuando los juegos de miradas comenzaron a establecerse como una rutina.

Ella le miraba, él apartaba la vista aunque al segundo continuaba contemplándola.
Las miradas derivaron en sonrisas, estas en largas conversaciones que, tras mucho tiempo, culminaron en un leve beso en la boca al despedirse una noche.

Él, llego a casa, no sabía qué hacer. Se colocó frente al espejo, se lavó la cara un par de veces con el agua muy fría para tratar de convencerse a sí mismo de que todo lo sucedido no era parte de un sueño. Cuando logró por fin asegurarse de que todo aquello era real. Comenzó un ritual que llevaba demasiado tiempo establecido en él. Era un continuo, no quiero, no debo, no puedo. ¿Y sí no sale bien? ¿Y si le hago daño?

Hubo un instante en el que una lágrima se asomó en su ojo derecho. Debía parar. Calló. Reflexionó y se fue a dormir.

¿Y si sale bien? ¿Y si le haces feliz? Quieres, debes, puedes…

Inés acabó volando y disfrutando, por fin aquellas alas cumplían su cometido. Libertad. Huir de aquella prisión que ella misma había construido. No voló con él, porque aquel chico, no quiso, y pensó que no debía.
Ella disfrutaba cada día como si fuese el último, él se lamentaba cada día porque jamás fue el primero…



31.7.13

Decisiones...

Nacemos predestinados a estar con nuestra familia. No podemos elegir quiénes serán. Pero desde el momento de nuestro nacimiento, tenemos la capacidad de elegir.

No es hasta que vamos al colegio cuando empezamos a decidir quién nos acompañará en nuestra vida. En ese momento en el que comenzamos a tomar decisiones. Aunque aún en esos instantes, elegir a nuestros amigos es fácil, tan sólo tenemos que preocuparnos de que quieran jugar con nosotros.

Crecemos y llegamos hasta el instituto, ahí comenzamos a seleccionar a aquellos que realmente son más afines a nosotros. Que nos comprenden y que aceptan cómo somos en realidad.
Puedes elegir bien o mal, te equivocarás, pero esa sensación de haber decidido por ti mismo, es algo que nadie te podrá arrebatar.

Decides quién te acompaña en tu vida, puedes errar, y lamentarte o puedes actuar y levantarte. Podría decir tantas cosas, que necesitaría demasiadas palabras. Llega un momento en el que esas personas que tú has elegido para acompañarte a lo largo del camino, se transforman.

Han dejado de ser esos amigos que un momento escogiste, ahora son la familia que tú has elegido. Son parte de ti, son algo que perdurará en el tiempo. No tendrá importancia si están a unos metros o a cientos de kilómetros. Los tendrás ahí.

Puede que no seas el mejor, probablemente no cambies el mundo, pero aunque no lo sepas, ya has cambiado su mundo. Entraste poco a poco o de golpe, pero te mantuviste ahí cuando el viento soplaba con fuerza, cuando las olas atacaban tu barco. Luchaste junto a ellos contra todo, no los pierdas, porque ahora ellos, también son tu familia.

Y recuerda. Estés donde estés, si cierras los ojos, ellos estarán a tu lado. Nunca te abandonarán. Encuentra tus momentos, encuentra los momentos para compartir a su lado, eso os mantendrá unidos. Y ante todo, no los olvides.

Cicatrices

Una cicatriz es por definición una marca que deja una herida en nuestra piel. Casi todos tenemos alguna, de cuando éramos pequeños, o de alguna operación. Pero además de esas que nos acompañarán toda la vida y han dejado huella en nuestra piel, hay alguna otra, que aunque no se vea, también nos marca para siempre.

Hay heridas que nosotros mismos nos realizamos y que se acaban convirtiendo en cicatrices. Puede que sean las que más duelen, pero, son útiles para recordarnos el largo camino que hemos recorrido y los errores que hemos cometido. También nos recuerda como hemos superado todo, y nos hemos aferrado a lo que fuese necesario para no desistir en nuestro propósito de avanzar.

Queda otro tipo de herida, las que nos hacemos con alguien. Cuando nos lanzamos a la piscina y resulta que no había el suficiente agua. Son bonitas cicatrices, bellos recuerdos de lo que fue o no llego a ser. Es bueno tener cicatrices que te recuerden todo eso. Está bien esbozar una sonrisa de complicidad cuando recuerdas esas cicatrices.

Nunca debes dejar que todas estas heridas que han dejado huella en tu piel te hagan cambiar tu rumbo. Tan sólo puedes permitir que todas estas cicatrices te hagan ser mejor. Disfruta de ellas, recuérdalas, pero jamás vivas de ellas…