Hay heridas que nosotros mismos nos realizamos y que se acaban convirtiendo en cicatrices. Puede que sean las que más duelen, pero, son útiles para recordarnos el largo camino que hemos recorrido y los errores que hemos cometido. También nos recuerda como hemos superado todo, y nos hemos aferrado a lo que fuese necesario para no desistir en nuestro propósito de avanzar.
Queda otro tipo de herida, las que nos hacemos con alguien. Cuando nos lanzamos a la piscina y resulta que no había el suficiente agua. Son bonitas cicatrices, bellos recuerdos de lo que fue o no llego a ser. Es bueno tener cicatrices que te recuerden todo eso. Está bien esbozar una sonrisa de complicidad cuando recuerdas esas cicatrices.
Nunca debes dejar que todas estas heridas que han dejado huella en tu piel te hagan cambiar tu rumbo. Tan sólo puedes permitir que todas estas cicatrices te hagan ser mejor. Disfruta de ellas, recuérdalas, pero jamás vivas de ellas…
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