Las secuelas de una guerra que no quieres librar
suelen ser irreversibles. Es algo así como el peaje inevitable que has de pagar
para circular por la vida. Puede que haya ocasiones en las que las secuelas
apenas sean visibles o que al cabo de un tiempo, no dejen rastro alguno. Esas
malditas consecuencias, me lastran cada día, me impiden acercarme incluso a un
vago recuerdo de lo que fui, pero no me importa, sé que llegarán esos tiempos
mejores en los que tan sólo tenga esos momentos como un maldito recuerdo en
una, espero que para entonces sí, marchita memoria debilitada por el tiempo.
Libramos guerras cada maldito día, contra algunas
enfermedades que nos asolan, contra gente que quiere luchar porque le han
robado su camino o contra nosotros mismos. Y no queda nada, simplemente tratar
de sobrevivir, como sea y anteponiendo lo necesario para continuar aquí. Pero
es una tarea tan ardua, que a veces tirar la toalla se presenta como la única
opción factible para dejar de sufrir y de pelear por algo que cada vez se aleja
más.
Me rodean las indecisiones y las inseguridades, me
atenazan cada vez que decido algo, y ya sólo me queda un pequeño resquicio de
felicidad al que aferrarme para no dejar de luchar. Y siempre encontramos lo
necesario, en el momento menos esperado, y por suerte, siempre viene de
alguien, de una mujer.
Una mujer, irremediablemente perfecta. Unos ojos
parduzcos enmascarados por unos párpados ligeros, son su rasgo más singular.
Unos labios perfectos, sin fisuras a pesar de todas esas sonrisas que me
dedica. Tiene algo roto, eso es cierto, el alma, porque joder cuantas personas
somos capaces de destrozar en el camino que todos seguimos hasta la completa
satisfacción, pues ella, se ha cruzado en demasiados que no eran los adecuados.
Tiene unas clavículas de vértigo, profundas, como sus ojos, y tan sumamente
complejas como todo eso que esconde bajo sus largos cabellos.
Cosió su suerte a mi espalda, jugó todas sus cartas
a esos sueños irreductibles que se acumulan en mis ojeras, y es posible que
jamás hayamos tenido nada más perfecto que esos momentos en los que se dedicaba
a escribir, con esas manos heladas, su nombre en mi espalda. No sorteaba ni una
cicatriz, las marcaba todas como suyas, propiedad de la chica de las tierras
lejanas en los ojos.
Me prometió al oído que mi guerra era la suya, pero
que la más importante, sin duda, era nuestra guerra. “Quédate a mi lado y
luchemos cada noche, rompamos esos malditos planes y juzguemos a la luna cada
vez que salga el sol. No te pienso perder, porque a pesar de todo, eres lo
mejor que me ha pasado jamás”.
La comí a besos. Y ella sólo reía. Aún seguimos así,
riéndonos mientras nos besamos. Aquí, luchando una guerra interminable, la de
mis dedos y sus labios. La de mis miedos y sus esperanzas.
La suya, y por suerte, la mía.
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