Me susurró un puñado de palabras al
oído, puede que fuese algo así como: “no te arrepentirás, confía en mí”. Acto
seguido, colocó su rostro frente al mío y mordió mi labio inferior, me quedé
helado. No sabía qué hacer, así que dejé que ella tomase las riendas de esa
breve aventura que no sabía dónde iba a llegar. Tras el primer mordisco,
jugueteó con sus manos en mi espalda, estaba sentada a horcajadas sobre mis
rodillas, la bendita redención de sus caderas estaba entre mis manos, que
recorrían nerviosas el camino que las cicatrices habían dejado en su espalda.
Se aferró a mi pelo y me besó, apasionada e íntimamente, algo parecido a lo que
eran siempre nuestros encuentros. Abrí los ojos en mitad de aquel fulminante
beso, al contrario que de costumbre, los suyos estaban cerrados. Puede que
estuviese cambiando algo.
Un profundo zumbido cerca de mi oído
derecho me despertó bruscamente. Había sido un sueño. Maldita suerte la mía.
Ahora también me ataca en sueños. Llevo meses sin verla y sus apariciones en
mis sueños no cesan. Quizás la historia, que ya habíamos enterrado, aún no
había finalizado.
Me aterraba que la historia, esa
historia que habíamos forjado con los retazos que dejaban sus miradas y las
palabras que yo callaba, se volviese en nuestra contra y nos convirtiese en
todo aquello que no habíamos querido ser durante esos meses...
Nos encontramos, era inevitable.
Volvió a sentarse a mi lado. Nos miramos, casi sin querer. Ella buscó en mi
espalda eso que hace meses que dejó nada más empezar. Describía unos círculos
concéntricos, creo que trataba de decirme algo que no podía expresar con
palabras. Rehusé sus manos, me encerré en esa inhóspita soledad que me
caracterizaba, Volvió a la carga dejando su mano sobre mi pierna, tan sólo
recorrió un par de veces el estrecho camino que nos separaba, no quería irse.
Una última mirada, furtiva. La vi
alejarse con esa media sonrisa que tantas noches había reposado al lado de mi oído.
Me acerqué a su espalda y la rodeé con mi brazo derecho, envolvía su torso con
mi mano. Se giró, no necesitó articular palabra.
Reposó su cabeza en mi hombro y allí
nos quedamos, ella mirando unas estrellas que parecía que iban a apagarse de un
momento a otro, y yo mirando su rostro, iluminado por la luz de esos pequeños
astros.
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