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2.7.15

Una última mirada

Me susurró un puñado de palabras al oído, puede que fuese algo así como: “no te arrepentirás, confía en mí”. Acto seguido, colocó su rostro frente al mío y mordió mi labio inferior, me quedé helado. No sabía qué hacer, así que dejé que ella tomase las riendas de esa breve aventura que no sabía dónde iba a llegar. Tras el primer mordisco, jugueteó con sus manos en mi espalda, estaba sentada a horcajadas sobre mis rodillas, la bendita redención de sus caderas estaba entre mis manos, que recorrían nerviosas el camino que las cicatrices habían dejado en su espalda. Se aferró a mi pelo y me besó, apasionada e íntimamente, algo parecido a lo que eran siempre nuestros encuentros. Abrí los ojos en mitad de aquel fulminante beso, al contrario que de costumbre, los suyos estaban cerrados. Puede que estuviese cambiando algo.

Un profundo zumbido cerca de mi oído derecho me despertó bruscamente. Había sido un sueño. Maldita suerte la mía. Ahora también me ataca en sueños. Llevo meses sin verla y sus apariciones en mis sueños no cesan. Quizás la historia, que ya habíamos enterrado, aún no había finalizado.

Me aterraba que la historia, esa historia que habíamos forjado con los retazos que dejaban sus miradas y las palabras que yo callaba, se volviese en nuestra contra y nos convirtiese en todo aquello que no habíamos querido ser durante esos meses...

Nos encontramos, era inevitable. Volvió a sentarse a mi lado. Nos miramos, casi sin querer. Ella buscó en mi espalda eso que hace meses que dejó nada más empezar. Describía unos círculos concéntricos, creo que trataba de decirme algo que no podía expresar con palabras. Rehusé sus manos, me encerré en esa inhóspita soledad que me caracterizaba, Volvió a la carga dejando su mano sobre mi pierna, tan sólo recorrió un par de veces el estrecho camino que nos separaba, no quería irse.

Una última mirada, furtiva. La vi alejarse con esa media sonrisa que tantas noches había reposado al lado de mi oído. Me acerqué a su espalda y la rodeé con mi brazo derecho, envolvía su torso con mi mano. Se giró, no necesitó articular palabra.

Reposó su cabeza en mi hombro y allí nos quedamos, ella mirando unas estrellas que parecía que iban a apagarse de un momento a otro, y yo mirando su rostro, iluminado por la luz de esos pequeños astros.

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