Por
muy oscuro que todo esté, el sol siempre vuelve a salir. Quizás sea esta una
estúpida filosofía que nos permita emocionarnos con algo mejor a pesar de los
malos momentos que podamos encontrarnos a lo largo del camino. Admiro a quienes
tienen esa capacidad de emocionarse, y esos otros que se dejan sorprender por
las pequeñas cosas.
El
sol, ese enorme astro que nos proporciona luz y calor, y que a pesar de nuestra
inconsciencia como habitantes del planeta sigue ahí de manera incondicional.
Eso es más o menos lo que alguien importante debe representar en nuestras vidas.
Un
sol radiante e incansable. Lo malo de nuestros soles es que en demasiadas
ocasiones se quedan solos y acaban apagándose. No es culpa nuestra, todo se
acaba. Siempre. Quizás hoy se apaguen más soles que mañana, pero es un dato
irrelevante. Por cada sol que se apague deberían encenderse diez nuevos.
Resulta
una tarea complicada convertirse en alguien así para otra persona. Dar calor
cuando se enfrían las manos y el alma, estar siempre ahí, ser capaz de arrojar
luz cuando se ciernen sobre los pensamientos del otro las tinieblas. Y lo más
complicado, mantenerse a esa distancia prudente en la que sigues cobijando sus
pasos a pesar de que esa persona haya olvidado todos los momentos y comience a
dejarte en la absoluta soledad del espacio.
No
quiero decirles que yo haya sido sol de alguien. Les estaría mintiendo, aunque
supongo que esa es una de las partes buenas que tiene el escribir, que se puede
mentir. Pero, he de confesar que he coincidido con un par de soles, puede que
alguno más, y alguna que otra luz, me atrevería a decir que esta es casi
celestial, que me ayudó a continuar caminando.
El
sol brilla. Te has ido. Ha pasado demasiado tiempo, pero sigues ahí, brillando,
lejos, más de lo que me gustaría, pero sigue ahí tu luz. Esa luz.
Diez. "No permitas que nunca se apague esa luz, Seguirá brillando con la intensidad que tú quieras que brille".
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